miércoles, 13 de marzo de 2019

La estela del ratón

Por Isabel Coixet
Estás sentada en el sofá, viendo una película en el televisor. Una buena película que ya has visto. Puede ser una película musical de Jacques Demy. O una película con Catherine Deneuve que no sea de Jacques Demy. Son las dos de la mañana y no te decides a ir a dormir hasta que la película no se acabe porque las películas hay que terminarlas, sean como sean. Como los libros y los platos de lentejas.

Y entonces, por el rabillo del ojo, detrás de los cables del televisor, ves pasar, como una exhalación, algo gris, pequeño y trágico. Un ratón que se ha colado por el patio y que debe de haber estado una décima de segundo en tu campo visual.

Al principio cierras los ojos. Aun con los ojos cerrados ves al ratón. Los abres, encoges las piernas. Sueltas el aire que tenías retenido. Suspiras. El ratón, que ya debe de haberse perdido otra vez por el patio, pasa una y otra vez en tu imaginación. Una vez que lo has visto, ya no puedes dejar de verlo. Catherine Deneuve llora en la pantalla vestida de Courrèges, pero tú sólo ves al bichito gris que en tu mente es ya prácticamente un monstruo de tamaño descomunal. Jurarías que puedes oír sus patitas arañando el suelo.

La película se acaba y te quedas con las piernas encogidas en el sofá, sin atreverte a levantarte. Por tu cabeza, pasan todos los mejores y los peores escenarios posibles: es un ratón aislado, minúsculo, prácticamente microscópico que ya está muy lejos y nunca volverá. O también: te teme tanto como tú a él, ¡mucho mucho más; está aterrado! O: es sólo uno de los muchos ratones que están preparando una invasión de tu casa mientras se reproducen incesantemente. Parece que ya estás oyendo sus espantosos chillidos que se expanden por todos los rincones.

Ahora te mueves despacio, muy despacio. Son las tres de la mañana y te vence el cansancio. Pero cada paso que te aleja del sofá te cuesta un tremendo esfuerzo. Cuando te levantas, la vista se va hacia los rincones, y tras cada cable y cada enchufe te parece ver algo que se mueve. Intentas no mirar al suelo. La luz del baño te devuelve una cara angustiada que, en otras circunstancias, te hubiera hecho hasta reír, pero no hoy. Hoy no.

Consigues ponerte el pijama. Llegar a la cama. Leer. Pero no te concentras, aunque el libro te pareciera no hace tanto (¿ayer?) tremendamente interesante. Cada crujido de la cama te hace dar un respingo. Cada sonido es un dolor. El libro se cae de la cama y no te atreves a cogerlo. Intentas recapitular, sin éxito, la película que acabas de ver. Las otras películas del director, de la actriz. Te vencerá en algún momento el sueño, te vencerá. La estela del ratón es desde hace mucho tiempo tan nítida en tu cabeza como la primera vez que la viste. Como una verdad resplandeciente y cegadora, cuya evidencia no deja lugar al menor resquicio de duda. Cuando la has visto, será imposible que finjas que nunca estuvo allí.

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