sábado, 23 de marzo de 2019

Dos modelos en conflicto

Por James Neilson
Desde hace varios años, los preocupados por lo que está sucediendo en el país atribuyen una proporción sustancial de sus desgracias a la persistencia de “la grieta”, es decir, de la distancia al parecer insalvable que se ha abierto entre los partidarios nac&pop de Cristina y los demás. No suelen aludir a otra grieta que tal vez les sea menos evidente pero que es mucho más importante porque se basa en intereses creados muy poderosos. 

Se trata del abismo que se da entre los resueltos a defender el orden tradicional que consolidó Juan Domingo Perón hace tres cuartos de siglo, por un lado y, por el otro, los que aspiran a reemplazarlo por uno que sea más moderno, más flexible y mucho menos corporativista.

Quienes se aferran al viejo modelo no se creen conservadores. Antes bien, se suponen progresistas y tratan a los decididos a desmantelarlo como reaccionarios que fantasean con regresar a un pasado feudal. Es que en América latina, políticos que procuran frenar la evolución de sus países respectivos en nombre de “lo nuestro” suelen dominar el lenguaje progre y no vacilan en descalificar a sus adversarios llamándolos neoliberales. Es lo que están haciendo peronistas presuntamente racionales como Miguel Ángel Pichetto, Juan Manuel Urtubey y Sergio Massa, kirchneristas, y ciertos radicales, además de intelectuales de diverso tipo, militantes todoterreno y profesionales de la protesta, en un esfuerzo desesperado por mantener las cosas más o menos como están.

Si bien hay señales de que el orden corporativista local, luego de sobrevivir a docenas de crisis graves, está en vías de desintegrarse porque ha resultado ser incompatible con los tiempos que corren, los muchos que tienen motivos para defenderlo pero intuyen que tienen los días contados esperan prolongar su vida un rato más bajo el pretexto de que necesitan más tiempo en que prepararse para hacer frente a los desafíos que les aguardan.

He aquí la razón por la que la eventual candidatura presidencial de Roberto Lavagna ha despertado tanto interés entre los integrantes del “círculo rojo”, el nombre que se ha dado al poder en las sombras que tanto molesta a Mauricio Macri. Muchos hombres de negocios quieren al ex ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner no sólo porque comparte sus ideas sobre la viabilidad del modelo tradicional, sino también porque lo creen capaz de triunfar en un hipotético ballottage contra un presidente que, se lo habrá propuesto o no, se ha erigido en el enemigo principal del statu quo que muchos empresarios sueñan con perpetuar, lo que les ahorraría un sinfín de dolores de cabeza.

Desde el punto de vista de estos, Macri es un traidor al sector en que se formó; esperaban que, una vez en la Casa Rosada, entendiera que le convendría aliarse con el empresariado que efectivamente existe pero, para indignación de muchos, insistía en tratar de someterlo a las tan antipáticas “reformas estructurales” de que hablan los teóricos del Fondo Monetario Internacional.

Para colmo, el Presidente no ha levantado un dedo para proteger a miembros emblemáticos del empresariado acusados de colaborar con la asociación ilícita kirchnerista. A diferencia de Macri, Lavagna parece convencido de que un operativo manos limpias o lava jato en la Argentina tendría consecuencias tan tétricas como tuvieron los originales en Italia y Brasil, donde contribuyeron a paralizar economías que hasta entonces crecían a un buen ritmo. Será por tal motivo, y no sólo porque quiere congraciarse con los compañeros, que Lavagna dice: “No voy a hacer campaña en torno a la corrupción”.

El que, a pesar de todo lo ocurrido en las últimas décadas, tantos personajes influyentes se opongan con tenacidad a cambios que a primera vista deberían merecer su aprobación es lógico. Aunque la Argentina corporativista ha sido un país terriblemente cruel para el grueso de sus habitantes, no lo ha sido para la minoría significante que está acostumbrada a manejarla. La conforman los miembros vitalicios de la clase política, sindicalistas ídem, empresarios grandes y chicos que dependen del mercado interno y por lo tanto de las barreras proteccionistas que les regalan gobiernos de distintos colores y otros que se las han arreglado para ocupar un nicho cómodo. Todos temen que no les iría tan bien en un país “modernizado” y por lo tanto más abierto y, tal vez, más meritocrático, ya que los vínculos personales y de familia importarían menos.

Los prohombres del “círculo rojo” saben prosperar en el país que conocen y, como es natural, son reacios a enfrentar los riesgos que les supondría operar en un mundo hipercompetitivo. Aunque sería probable que muchos lograran superar las dificultades que les aguardarían si se llevaran a cabo las reformas que tienen en mente los halcones macristas, en el fondo preferirían que todo siguiera como antes.

A los voceros del empresariado les gusta dar a entender que están a favor del “capitalismo moderno” y por lo tanto quisieran que la Argentina tuviera más en común con la Alemania actual o Estados Unidos, digamos, que con la España franquista o el país de Perón, pero una cosa es la teoría y otra la dura realidad. Al darse cuenta de que Macri podría serles mucho más peligroso de lo que habían sido los Kirchner, cuya oposición al capitalismo era meramente retórica, pero a sabiendas que el regreso al poder de Cristina podría ser desastroso para virtualmente todos a causa de la previsiblemente negativa reacción internacional, empezaron a buscar una alternativa que estuviera en condiciones de mantener a flote el buque en que viajan. Para ellos, el piloto de tormentas indicado resultó ser Lavagna; es un peronista, pero no tanto, un moderado sin ideas raras, un hombre que, creen, sería capaz de restaurar lo que para ellos es la normalidad o por lo menos abstenerse de tomar medidas drásticas que podrían perjudicarlos.

Los estrategas de la mesa chica macrista quieren que el eje de la campaña electoral siga siendo el contraste entre el futuro promisorio que ellos dicen estar posibilitando y el pasado representado por Cristina. Son renuentes a hablar mucho de los cambios que les gustaría concretar. Suponen que en un país tan conservador como la Argentina, uno en que se continúa debatiendo en torno a acontecimientos de cuarenta o más años atrás como si se tratara de algo que sucedió ayer, la mayoría se sentiría asustada si le informara que será forzoso hacer una hoguera de muchas prácticas arcaicas que obstaculizan el desarrollo porque de lo contrario no habría forma de dejar atrás un presente sombrío. Mal que a muchos les pese, para que el país por fin encuentre una salida del berenjenal frustrante en que se ve atrapado, tendría que recuperar en un lapso muy breve buena parte del terreno que perdió en el transcurso de más de medio siglo.

Cuando es cuestión de ofrecerle a la ciudadanía algo más que promesas de mejoras por venir, los macristas son aficionados, acaso por estar tan convencidos de las bondades técnicas de lo que están haciendo que no les parece necesario decir mucho más. En cambio, los kirchneristas, como tantos otros peronistas, sí son expertos en movilizar a la gente con relatos que, por extravagantes que sean a juicio de los escépticos, sirven para brindar la impresión de que, con la ayuda emotiva de sus simpatizantes, la sociedad en su conjunto está acercándose a una meta utópica.

Puede que haya sido engañosa, además de ridícula, la “epopeya” K, pero fue en buena medida gracias a ella que Cristina logró minimizar los costos políticos de una recesión que amenazaba con eternizarse hasta tal punto que, de haberse presentado en 2015, pudo haber ganado. Asimismo, aunque a esta altura muy pocos realmente creerán que las denuncias de corrupción que llueven sobre su cabeza son inventos de una máquina propagandística extraordinariamente eficaz, el relato en que desempeña un papel protagónico le ha permitido conservar el apoyo de muchos millones de personas.

De contar con un buen relato propio, los macristas estarían en condiciones de superar mejor los obstáculos que les esperan en los próximos meses o, quizás, años. Puede que ser la menos mala de las opciones disponibles sea suficiente para que Macri se anote un triunfo en octubre o noviembre sobre los candidatos de una oposición dividida y desorientada que, en vez de decirnos lo que haría en el caso de que uno de los suyos ganara, se limita a hablar pestes de la gestión del gobierno actual, dando a entender que todo lo malo se debe a su ineptitud o peor.

Así y todo, aun cuando, para desconcierto de los convencidos de que la mayoría siempre vota con el bolsillo, Macri superara el escollo electoral, la carrera de obstáculos que ha emprendido seguiría por varios años más, ya que tendría que enfrentar la oposición no sólo de los kirchneristas, la izquierda, los “luchadores sociales”, los sindicatos, el peronismo “racional”, la intelectualidad progresista y los amigos de Jorge Bergoglio, sino también la del grueso del empresariado. Aunque desde hace muchísimo tiempo la Argentina ha sido un país inhóspito para los partidos declaradamente conservadores, ello no quiere decir que el conservadurismo le sea ajeno. Por el contrario, a juzgar por la resistencia generalizada a dejar atrás el pasado y seguir adelante, es el país más conservador del mundo occidental.

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