jueves, 7 de marzo de 2019

Aquí hay luz

Por Mónica Ojeda (*)

Querida prima: Estas Navidades me contaste que tu novio te pegó. Me lo contaste con vergüenza, como si te sintieras culpable de lo que él te había hecho. “Yo también le pegué de vuelta”, me dijiste. “Se ha ido con otra chica”.

Me enfrié escuchándote, prima mía de los peluches de colores. “Estoy muy triste, como si hubiera perdido algo importante y no sé qué es”. Sentí estalactitas atravesando mi lengua mientras te miraba. “Estoy tomando antidepresivos”. Y te desahogaste en mí (qué palabra tan bella es desahogar: revertir el ahogo, desprenderse de la falta de aire), te abriste como esos duraznos en los que hundíamos nuestros dientes de pequeñas. Y yo te conté que a mí no me habían pegado, pero que me habían amenazado con pegarme y con violarme. Me miraste sin sorpresa alguna, prima mía de los rizos de chocolate.

“Eso es lo que hacen siempre, ¿no?”.

No sabía que una semana después de conocer tu historia mi expareja volvería a buscarme para amenazarme de muerte. Ocho meses pasaron desde el día en el que nos separamos, prima pequeña de los botones de elefante, y desde entonces no había sabido nada de él. Pero una semana después de que me contaras con culpa y vergüenza que tu exnovio te había golpeado, el mío volvió a aparecer. “Avísame cuando esa puta de mierda que tienes por hija fallezca. Quiero ser el primero en saberlo”, le escribió a mi madre. “O, mejor dicho, notifícame cuando ya sea un cadáver. Es importante. No lo vayas a olvidar”.

¡A mi madre!, prima de los terrones de azúcar: la tía más asustadiza que tienes en la familia.

Entonces tuve que buscar un abogado, denunciar, ir al Juzgado de Violencia sobre la Mujer… Todo eso que tú no hiciste porque en Ecuador es aún más difícil que nos crean. Y sin embargo, ¿sabes lo que me dijo el policía que me tomó la denuncia?: “Tu ex ha perdido un poco los papeles”.

“Un poco”, dijo.

Me duele saber que si hubieras ido a la policía, allá en Ecuador, quizá te habrían dicho lo mismo.

“¿Te ha pegado?”, me preguntaron. “No”. “¿Te ha dicho directamente que te va a matar?”. “No”. “¿Te ha dicho directamente que te va a violar?”. “No”. “Entonces, ¿qué estás denunciando?”.

Claro que perdiste algo importante, prima mía de los vestidos de estampados de rinocerontes. Y yo también: el derecho que toda mujer debería tener de sentirse segura y de expresarlo.

“Denuncio que alguien pueda decirme, acercándose mucho a mi cara, que merezco ser violada, que merezco ser golpeada y que soy una sudaca tercermundista; denuncio que ese alguien me haya mandado fotos de extranjería y vídeos orinándose sobre los libros que yo he escrito; denuncio que esta misma persona tenga derecho a escribirme a mí y a mi madre diciendo que desea verme muerta, sabiendo lo que eso significa en el contexto en el que vivimos, y que use ese poder que le da hacerme sentir insegura porque es un hombre blanco y español. Es decir: porque puede”.

Primita mía de los zapatos celestes, quiero decirte que no somos culpables de haber golpeado de vuelta cuando nos atacaron ni de habernos acostado con otros ni de haber mentido por miedo. No merecemos esto por la simple razón de que nadie lo merece.

Quiero decirte que la victoria es de ellos si nos creemos que debemos estar avergonzadas de no ser las víctimas perfectas, puras y santas.

Quiero decirte que podemos volver a sentirnos ­seguras.

Que podremos.

Hoy he regresado a mi piso luego de un mes de vivir con mi novio por miedo a que mi ex descubra mi dirección. Te escribo desde mi espacio, mi territorio emocional reconquistado. Aquí hay luz, prima mía de los lazos amarillos.

De verdad te lo digo: aquí hay luz. 

(*) La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda es autora de la novela 'Mandíbula' (Candaya).

© El País Semanal

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