lunes, 7 de enero de 2019

¡Viva el pecado original!


Por Manuel Rivas

En el mundo hay un proceso de descivilización, una pandemia que afecta al pensamiento, y es el negacionismo. Parecían darse por separado, los negacionismos: el negacionismo de la evolución, el negacionismo del Holocausto, el negacionismo del cambio climático y otros del estilo, como el castizo negacionismo franquista. 

Pero últimamente, con más celebridades y jactancia, se propagan ya, en un pack único, todas las grandes mentiras que conforman el Negacionismo como una ideología de una globalización reaccionaria. Está ahí, gobernando amplias zonas del mundo, el partido de la inhumanidad, con su neoautoritarismo, su neolenguaje y su neoverdad.

Se suele presentar a los negacionistas como extravagantes o chiflados. Una especie de cascarrabias que lo pasan bomba llevando la contraria a hechos probados. Es un error óptico de muchas dioptrías. El cascarrabias es un personaje folk, que enriquece el ecosistema y el patrimonio inmaterial.

Y de ser cascarrabias a intentar ser sublime. Como el filósofo Emil Cioran. Este pensador hizo del abismo un lugar de supervivencia. Para remontar, hay que tener una buena caída. Y Cioran caía siempre en picado: “No creo haber perdido una sola ocasión de estar triste”. Era su manera de volar alto: “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”. Eso sí que es un cascarrabias competente. Nada de tonterías.

Mi padre hablaba de un amigo músico, vocalista en una orquesta de verbenas, pero cabreado con el mundo, que iniciaba la actuación con este grito prepunky, aunque su fuerte eran los boleros: “¡Qué revienten las siete maravillas del mundo!”. De niño, me parecía una barbaridad. Meterse con las maravillas del mundo. ¡Las pirámides de Egipto, los Jardines Colgantes de Babilonia…! Justo uno de los asuntos que más me gustaban en la enciclopedia escolar. Qué cosas decían algunos mayores. Como los que entraban en la taberna de Leonor, cuando televisaban el esperado partido de la selección española, al grito de: “¡Viva Rusia!”. Ahora los recuerdo como entrañables cascarrabias, productores de ironía, al músico reventador de maravillas y a los rusos tabernícolas.

El cascarrabias no pretende imponer su malestar como doctrina. El cabreo existencial puede derivar en un buen género humorístico.

Al contrario, el negacionista es alérgico al humor y se suicidaría antes que reírse de sí mismo. No es raro que se presente con el banderín de lo “políticamente incorrecto”. Ya sabemos lo que ese eufemismo tan correcto suele encubrir: machismo, clasismo, xenofobia y burla de las minorías más vulnerables. El negacionismo no es tampoco un simple reducto de carcamales, es un movimiento moderno: el modernismo reaccionario. De ahí su habilidad para explotar la fascinación acrítica hacia nuevas tecnologías. Tiene una estrategia de poder y dominio, de control de las mentes. Tiene unos intereses que defender. En el caso del negacionismo del cambio climático, gran parte de las “investigaciones” están financiadas por industrias petroleras. Y tiene una ideología, esa suma de conformismo rencoroso, esa aleación de miedo y odio.

El hecho de que Trump, Bolsonaro y otros jefes de Estado sean negacionistas del cambio climático es justamente la prueba de la gravedad del calentamiento global y sus efectos. Son personajes que echan humo por la cabeza. Trump es uno de los principales emisores de dióxido de carbono. Hasta cierto punto es lógico que se oponga a las limitaciones en el uso de los combustibles fósiles como fuente energética e incluso abogue por su incremento. La verdadera razón de su negacionismo es que Trump es en sí mismo un combustible fósil. Desde su entrada, se ha detectado en la Casa Blanca una concentración inusual de gases de efecto invernadero, lo que explicaría las continuas fugas en su equipo y las declaraciones enigmáticas de alguno de sus exasesores: “El ambiente era irrespirable”.

El pionero fue el negacionismo de la evolución. Hay muchos millones de personas en el mundo, incluso con cátedra, que consideran que la única historia verdadera de la creación es la que se cuenta en el Antiguo Testamento. En su literalidad. Y yo ahí estoy de acuerdo, con matices, con un episodio genesiaco. El día en que Eva comió el fruto del árbol prohibido nació la libertad. Lo mejor de la humanidad fue ese acto de desobediencia en el Edén. ¡Viva el pecado original!

© El País Semanal

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