sábado, 12 de enero de 2019

La invasión populista

Por James Neilson (*)
Para consternación de los convencidos de que el escenario político occidental seguiría dominado por centristas un tanto aburridos que, si bien carecían de las cualidades atribuidas a los “grandes hombres” de otros tiempos, parecían ser menos peligrosos, acaba de irrumpir un grupo de personajes que son muy distintos.

Uno puede decir muchas cosas acerca de Donald Trump, Matteo Salvini. Jair Bolsonaro, Viktor Orbán entre otros, pero a nadie se le ocurriría calificarlos de aburridos. 

Pocos días pasan sin que pronuncien barbaridades que enfurecen a la buena gente y que, desde luego, los ayudan a mantenerse en el candelero. El epíteto preferido por quienes aluden a tales políticos es “populista”, a veces acompañado por “ultraderechista”, pero tales manifestaciones de desdén ya no los perjudican.

Todos estos “populistas” son explícitamente reaccionarios. Quieren volver el reloj veinte, treinta o más años atrás. No son los únicos que fantasean con regresar a tiempos presuntamente menos problemáticos que los que corren.

Es que una ortodoxia, la reivindicada por los más indignados por el renacer del “populismo” en lugares en que muchos lo creían en vías de extinción, está muriendo. Será reemplazada por otra cuyo perfil aún es borroso, de ahí la incertidumbre que se ha difundido por buena parte del planeta, pero que con toda seguridad será muy diferente.

Hasta hace muy poco, palabras como “desarrollo” y “progreso” tenían connotaciones positivas. Motivaban esperanza. Se suponía que, andando el tiempo, cada vez más personas disfrutarían de los beneficios posibilitados por los avances económicos, tecnológicos e incluso sociopolíticos que se realizaban. El período así supuesto duró un par de siglos, pero ya pertenece al pasado. En buena parte del mundo, se ha difundido la sensación de que las sociedades más avanzadas se han acercado al final de un camino y que no hay más opción que la de intentar encontrar uno nuevo.

Desgraciadamente para el gobierno de Mauricio Macri que apostó a “la normalidad” justo cuando los países que en opinión de virtualmente todos la encarnaban, como el Reino Unido y Estados Unidos, la abandonaban, nadie está en condiciones de decirnos lo que será “normal” mañana.

Si bien no se equivocaban por completo aquellos optimistas que, hasta ayer no más, mantenían su fe en el progreso –desde los años setenta del siglo pasado, centenares de millones de chinos consiguieron salir de la miseria ancestral–, en buena parte del mundo occidental está consolidándose la convicción de que se trataba de una ilusión y que para la mayoría es más que probable que el futuro sea peor, quizás mucho peor, que el presente. Es por lo tanto comprensible que en docenas de países hayan surgido movimientos populistas liderados por personajes que quieren regresar a épocas que a su juicio eran mejores o, por lo menos, más seguras que la actual.

Es muy fácil mofarse de las pretensiones en tal sentido del norteamericano Trump, el brasileño Bolsonaro, el italiano Salvini, el húngaro Orbán y los demás, pero cubrirlos de insultos ha resultado ser contraproducente para los defensores del orden establecido que está bajo ataque. Sólo ha servido para llamar la atención a la brecha que separa al hombre común de “las elites” juzgadas responsables del estado del mundo.

Mal que les pese a los acostumbrados a llevar la voz cantante, en sociedades democráticas les es necesario tomar en cuenta las opiniones, por irracionales o retrógradas que les parezcan, de quienes conforman la mayoría.

Todos los dirigentes populistas deben el poder que han conquistado a través de las urnas a su voluntad de criticar con vehemencia a menudo escandalosa la ortodoxia reivindicada por los “políticamente correctos” que están atrincherados en las universidades, los medios periodísticos más influyentes y diversas agrupaciones culturales y que suelen mirar por encima del hombro al resto del género humano.

Trump y sus émulos dan a entender que el pueblo raso ha sido víctima de una serie de experimentos perversos emprendidos por ideólogos que están resueltos a transformar todo, desde la configuración demográfica de los países en que operan hasta la relación del hombre con la mujer, tema este que es de primera importancia para los preocupados por el impacto reciente del feminismo militante, un fenómeno que vinculan con “el marxismo cultural” que, según ellos, está detrás de todo cuanto no les gusta del mundo moderno.

El modo de pensar de tales personas fue expresado muy bien por Damara Alves, la ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos del gobierno de Bolsonaro, cuando dijo que “en Brasil, ahora niño viste de azul y niña de rosa”. O sea, lo que quieren las nuevas autoridades brasileñas y sus equivalentes de otras latitudes es que se restauren los roles tradicionales para que los hombres vuelvan a ser hombres como los de antes y las mujeres sean mujeres como Dios manda.

En opinión de quienes adhieren a la ortodoxia saliente, la postura de los contrarios a lo que llaman “la ideología de género” es propia de trogloditas. Así y todo, para incredulidad de muchos feministas, cuenta con el apoyo de una proporción significante de sus “hermanas” que, cuando del papel de la mujer en la vida se trata, comparten los puntos de vista nada progresistas de Evita Perón. Para ellas, “machismo” no es sinónimo de “misoginia” sino más bien un antónimo.

Trump, Bolsonaro, Salvini y los muchos que los apoyan creen que hace tiempo su propio país –cuando no el mundo occidental en su conjunto–, emprendió un rumbo que lo llevaría hacia un abismo y que hay que cambiarlo antes de que sea demasiado tarde.

Atribuyen lo que ha ocurrido a varias causas: la globalización, es decir, a la irrupción de China como una gran potencia comercial capaz de encargarse de sectores industriales enteros; la inmigración irrestricta desde el mundo subdesarrollado; cambios culturales que creen destructivos porque, entre otras cosas, han contribuido a reducir drásticamente la tasa de natalidad de segmentos de la población, en especial los conformados por “blancos”, que hoy en día están sufriendo una crisis que amenaza con ser terminal.

También dan por descontado que la “autocrítica” apasionada de todo lo hecho por generaciones anteriores que se puso de moda hace medio siglo ha tenido consecuencias desmoralizadoras al socavar la capacidad de los países occidentales de superar las dificultades que todos enfrentan.

Puede que sea poco sofisticado el análisis que hacen los populistas del origen de los problemas que afligen tanto a los países del “Viejo Continente” como a los creados en otras partes del mundo en el transcurso del casi medio milenio de supremacía europea, y que los remedios que proponen sean demasiado rudimentarios, pero ello no quiere decir que sea viable el orden contra el cual se han alzado. A menos que los europeos logren revertir las tendencias demográficas de las décadas últimas, países como Italia, Grecia, Alemania, España y Rusia tales como los conocemos habrán dejado de existir bien antes de llegar a su fin el siglo XXI.

De más está decir que, para los más jóvenes, no es nada reconfortante la conciencia vaga de que con toda probabilidad les aguarda un futuro que podría ser muy pero muy sombrío. No extrañaría, pues, que en los meses próximos muchos más, angustiados por el fracaso de gobiernos centristas, se sintieran atraídos por los movimientos extremistas de derecha o izquierda que están brotando por doquier al hacerse evidente que los políticos moderados no tienen la menor idea de cómo impedir la depauperación de franjas cada vez más anchas de la población.

En Italia, Francia y otros países europeos, se ha desplomado el apoyo por el socialismo tradicional y el conservadurismo tibio que solía acompañarlo; lo mismo podría suceder en Alemania, Holanda y sus vecinos, en parte por motivos económicos pero también a causa del malestar provocado por la inmigración descontrolada de millones de personas de creencias y costumbres que son incompatibles con las aún mayoritarias y que, para colmo, por lo general carecen de la preparación académica y las aptitudes que les permitirían desempeñar funciones útiles en una sociedad tecnológicamente avanzada.

Los movimientos populistas se nutren de la hostilidad que tantos sienten hacia “las elites” globalizadoras. Mientras persistía la confianza en que la evolución de la economía local produciría beneficios tangibles para casi todos, muchos estaban dispuestos a aceptar que el nacionalismo era una emoción atávica que acaso era tolerable cuando era cuestión de celebrar algo tan inocuo como un triunfo deportivo, pero al entrar el mundo en una etapa en que los acostumbrados a un buen nivel de vida han comenzado a sufrir los rigores de la austeridad, el deseo de sentirse miembro de una comunidad coherente está haciéndose más urgente.

Para estos, la nación o, si se prefiere, la patria, seguirá ofreciendo un refugio en tiempos duros. Por mucho que los comprometidos con la globalización o variantes regionales como la Unión Europea protesten contra la “xenofobia” de quienes se aferran a las viejas identidades nacionales, todo hace prever que en los años próximos tales sentimientos continúen intensificándose en todos los países del mundo.

(*) Periodista y analista político,  ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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