jueves, 27 de septiembre de 2018

Increíblemente maleducados

Por Carmen Posadas
Me encantan las películas de niños, en especial las de dibujos animados, Ice age en todas sus entregas, Hotel Transilvania en las suyas, también las de Pixar o Disney. 

Las he descubierto ahora con mis nietos y disfruto tanto o más que ellos cuando vamos al cine. Pero no. No crean que he hecho una regresión a la infancia ahora que está tan de moda. 

No pienso decir eso de que «en realidad soy una niña encerrada en un cuerpo de mujer» o que «antes de tomar una decisión importante consulto siempre con la niña que llevo dentro».

Hace mucho tiempo ya que aprendí a sacar a pasear a la mía solo cuando conviene y, desde luego, jamás la dejo al mando de la nave (léase mi vida) so pena de que se comporte como lo que es, una novata sin carnet, y más de un estropicio me ha hecho ya la criatura.

De ahí que, si me gustan las películas infantiles, es por otra razón bien distinta. Porque tienen unos guiones tan inteligentes que admiten al menos dos niveles de lectura o interpretación. Así, mientras los más pequeños se ríen con las aventuras de los vampiros de Transilvania o con los personajes de Frozen, los mayores lo hacemos con otro humor más elaborado que consiste en ver reproducidas y con mucha verosimilitud actitudes y comportamientos de nuestra sociedad actual.

Resulta interesante y a la vez muy sintomático descubrir cómo retratan las relaciones familiares y los roles que atribuyen al padre, a la madre, a los abuelos y también a los hijos. Por esta regla de tres, las abuelas de las pelis ya no son viejecitas encantadoras de pelo algodonoso que tejen bufandas o preparan tartas de manzana. Son tías marchosas que van a la discoteca con maromos veinte años más jóvenes que ellas o ligan por Internet. Nada que objetar a este retrato. Como abuela que soy, me identifico bastante más con este modelo que con la de Caperucita.

También comprendo el nuevo estereotipo de madre que dibujan. Por eso ahora, en películas como Los Increíbles, cuya protagonista es una familia de superhéroes, la fuerte, la lista y a la que los hijos miran como referente de autoridad es la madre. Nada que objetar tampoco. Al fin y al cabo ocurre así –y me atrevería a decir que (casi) siempre ha ocurrido– en la mayoría de las familias. Lo que me cuesta más comprender es que, para hacer ver que la madre es el personaje fuerte, se pinte al padre como un memo integral que, cuando le toca quedarse al cuidado de los niños porque la señora Increíble debe ir a salvar al planeta, no da pie con bola.

El señor Increíble no solo no sabe cambiar pañales o preparar papillas (obvio), sino que es incapaz de ayudar a su hijo de seis años con sus deberes de aritmética. Pero, miren, qué quieren que les diga, tampoco tengo demasiadas objeciones a este nuevo retrato. Nosotras las mujeres hemos soportado estoicamente en el cine y hasta hace muy poco topicazos según los cuales éramos tan bobas y débiles que, cada vez que veíamos un ratón, nos trepábamos a una silla pegando grititos.

Lo que me alarma más son los estereotipos de hijos que retratan, precisamente porque son demasiado reales. La familia Increíble tiene tres hijos, un bebé y luego un niño de unos siete años y una chica como de catorce. Estos dos últimos tratan a sus padres exactamente igual que los niños de carne y hueso. «¿Eres imbécil, papá?» es lo más suave que le dice la superadolescente a su superpadre, que agacha la cabeza como pidiendo disculpas. Superniño tampoco lo trata mucho mejor por haberse olvidado de comprar sus cereales favoritos. Y mientras una y otro chillan, despotrican y le cierran la puerta en las narices, yo me pregunto en qué momento empezó todo y los padres –y madres– se convirtieron en los tontos de la familia. Y me alarma, pero no tanto porque como abuela cebolleta que soy me chirríe que los niños actuales sean tan increíblemente maleducados, sino porque pienso que los que saldrán perdiendo serán ellos. Donde las dan las toman y quien no tiene modelos cercanos a los que respetar y admirar tiene también todas las papeletas para que no lo respeten en el futuro.

© XLSemanal

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