lunes, 6 de agosto de 2018

“Viendo a la gente…”

Por Nelson Francisco Muloni

Mientras el murmullo de los desatinos anda socavando la piel de cada jornada, uno piensa, a veces, que alguna rareza esconde la esperanza. Eso de andar viendo a la gente levantarse, salir a hurgar el escondrijo del pan para desayunar el frío con el anhelo del salario para la casa, salario chamuscado, casi fortuito, es extraño, conmovedoramente extraño.

Quizás sólo haga falta imaginar, apenas, que las cosas van a cambiar. Para bien. Aunque, a sabiendas de que hace demasiado que las cosas no cambian en nuestra rosa de los vientos, nos guardamos la imaginación. O la ilusión. Quién sabe.

Pero, hay que ver a la gente. Trasegando los aires de sus ropas, más allá de los descuajeringues de la modernidad, hay siempre un destello de denodado esfuerzo por ser. La gente mira, también -aunque las progresías basculares se entretengan con la polémica digitalizada creyendo que la revolución pasa por el teclado de una computadora-, cómo va la vida. Cómo se cuecen las habas de la cotidianeidad o cómo se macera el hambre mientras en las gargantas, crece el vino generoso de cada día.

Y claro, la gente sufre, además.

Esa esperanza que, por su rareza, empalidece los dolores, es fustigada casi como en letanía perversa. Las facciones luchan por sus propios intereses mientras los gobiernos las cortejan. Y allá, en los montes, por ejemplo, cae reventada una maestra. Que enarbolaba esa rara esperanza. O muere de caquexia un niño wichi. Como podría suceder (como sucede) en las torpes urbes colonizadas por la inmoralidad y la hipocresía. Y por esas facciones, casi demenciales.

Pero la gente está. Como dice Juan Gelman en Violín y otras cuestiones (1956):

Viendo a la gente andar, ponerse el traje
el vestido, la piel y la sonrisa
comer sobre los platos dulcemente
afanarse, correr, sufrir, dolerse
todo por un poquito de pan y de alegría,

y esa coma en el verso que anuncia a la gente, es la pausa para mirar hacia el horizonte, a través de la vidriera de todos los días. Porque la gente no es la correría de los pillos ni el andamiaje de la corruptela. La gente, claro, es todavía, la del saludo brillante como el sol, la del abrazo y el beso generosos, la de los abuelos en las veredas, la del sufrimiento, la del temor y, otra vez, la de la esperanza. Quizás vana. Quizás torpe. Pero eterna. Y esa es la dolorosa belleza de la vida. Y otra vez Gelman:

qué hermoso, digo gente, qué misterio
vivir tan castigado
y cantar y reír,
¡qué asunto raro!

Y esa es la dolorosa belleza de la vida. La de humedecer la tierra antes de las heladas. La de mirar la mesa sin mantel o la de arañar los cimientos y el asfalto para encontrar la felicidad. “¡Qué asunto raro!”

© Agensur.info

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