lunes, 6 de agosto de 2018

La política detrás de los cuadernos

Entre el riesgo de un derrumbe del sistema y otra desilusión. Lava Jato en tiempos de grieta.

Por Ignacio Fidanza
La Argentina quedó tan traumatizada por la política de confrontación que se expandió desde la pelea por la resolución 125, que la denominada grieta se ha convertido en un filtro tóxico que empobreció la capacidad de análisis de algunas de las mejores mentes de uno y otro lado.

Es una muy mala noticia para un país que fue perdiendo la capacidad de enhebrar una mirada estratégica nacional, condición ineludible para iniciar un proceso de despegue que corte el actual ciclo de decadencia que aumenta las frustraciones de una generación a la siguiente.

El vínculo de corrupción y política es tan antiguo como complejo. En democracia, ese fenómeno se concentra en el dinero que el mundo privado destina a financiar campañas de políticos, de los que espera devolución de gentilezas. Desde los bolsos de Baratta y López a los sofisticados Super PAC de la política estadounidense y las masivas "donaciones" de los hermanos Koch, pasando por la apropiación de identidades de beneficiarios sociales de Cambiemos, hasta la manipulación de los fondos del fideicomiso para los damnificados del sismo de López Obrador, el mundo ofrece una certeza: Los escándalos de financiamiento de la política son la regla, no la excepción.

No se trata de ideologías. El Lava Jato del Partido de los Trabajadores de Lula y Dirceu hasta la Caja B del Partido Popular de Mariano Rajoy y Luis Bárcenas, son dos caras de la misma lógica. Revolucionarios y conservadores necesitan dinero para hacer política. No es un tema nuevo y su complejidad -que crece cuando se trata de juzgar a un político en la cima del poder- ya fue abordada en este espacio.

La Argentina quedó tan traumatizada por la política de confrontación que se expandió desde la pelea por la resolución 125, que la denominada grieta se convirtió en un filtro tóxico que empobreció la capacidad de análisis de uno y otro lado.

Algún bien intencionado podrá decir que acaso un límite es evitar el enriquecimiento personal. "Me pueden revisar de arriba hacia abajo, mi declaración jurada es clara, mi vida actual también. Hay diferencias", se enoja María Eugenia Vidal en la intimidad, cuando la contrastan con el escándalo que golpea a su campaña.

Néstor Kirchner habría sumado así a un pecado tolerado por la política, la infamia de la avaricia de la acumulación personal. Millones depositados en bóvedas secretas personales. Enterrando billetes como un Pablo Escobar patagónico. Cristina, según los cuadernos -luego de un largo período de introspección- retomó esa actividad. El matiz, la pausa en el sistema instrumentado por Kirchner, es interesante porque de ser cierto confirma el drama de fondo: la política termina imponiendo su lógica.

De cualquier manera, son diferencias de categoría incomprensibles para el derecho penal. No importa para qué se roba si el acto es típico. Si no estaríamos de nuevo justificando a Robin Hood, en sus infinitas variantes.

Hablemos de política

Entonces, tenemos un problema de financiación de la política y una serie de delitos asociados como manipulación de licitaciones, sobreprecios en la obra pública, blanqueo de dinero, sustitución de identidades y enriquecimiento ilegal de funcionarios.

Desde el punto de vista penal no habría mayor inconveniente. Se investiga, se juzga y se castiga, según los tipos habilitados. El problema es que, por las razones que se quiera -desde la conspiración geoestratégica hasta la venalidad descontrolada- los cuadernos abren la puerta de un proceso de posible alcance masivo, que originado en la justicia termine derrumbando a buena parte del sistema político-económico.

Y ahora sí estamos hablando de política. El caso no se puede analizar sólo desde la mirada moral, porque eso es lo que hacen los Savonarola de la vida, incapaces de absorber el malestar que genera la contradicción de buscar justicia y al mismo tiempo comprometer esa búsqueda, cuando el costo puede ser mayor al bien perseguido.

Estamos hablando de límites, de manipular las reglas, algo habitual en situaciones extremas ¿Quién hace esa tarea ingrata, amoral? La política. En la crisis de las subprime el ideario neoliberal imponía dejar caer a todas las instituciones que no pudieran afrontar sus deudas, el mercado se autodepuraría. El derrumbe de Lehman Brothers funcionó de vacuna hasta para los republicanos más libertarios. Visto el desastre global que generó, los siguientes Lehman Brothers fueron rescatados del efecto de sus propios actos, a costa de miles de millones de dólares del Estado. No hubo ley pareja, hubo perdedores y ganadores elegidos casi a dedo, hubo política.

Así funciona la democracia más grande de Occidente. Lo vemos todo el tiempo. Avanzan contra algún intocable, se detienen contra otro. A algunos les muestran los dientes, a otros los mandan a prisión. Todo es legal. Hay instituciones, reglas, el sistema ajusta, pero no explota.

El proceso que inician los cuadernos es muy funcional para un sector del establishment que no quiere que Cristina Kirchner vuelva al poder. El inconveniente es que también enreda a muchos de los que tienen esa aspiración. Techint es la empresa modelo del macrismo, al que pobló de funcionarios. Isolux hizo negocios sospechados con la familia del presidente. Javier Sánchez Caballero era su amigo y está preso por el presunto pago de coimas que hizo a través de la empresa que fundó su padre. Y así.

¿Qué hacer entonces? ¿Se priorizan unas investigaciones sobre otras? ¿Se le da más cobertura a algunos nombres y se reduce el protagonismo de otros? ¿No sería acaso contrario a la pretendida depuración que se busca? ¿Hay corruptos malos y buenos?

Ese es un nivel del problema que enfrentamos. Pero hay otro más profundo, que se podría generar incluso si estuviéramos ante una justicia imparcial.

Si el juez Claudio Bonadío es Sergio Moro y los cuadernos son el Lava Jato, nada de lo que viene será agradable. Bajo la promesa de una purificación que al final será beneficiosa, Brasil ingresó en la peor recesión de su historia, sumó millones de desempleados, perdió una posición de liderazgo global, cayó un gobierno electo democráticamente y ahora está a las puertas de coronar como presidente a un populista de extrema derecha. No fue el único caso: Italia emergió de las pestes del sistema que derrumbó el Mani Pulite, con Berlusconi de primer ministro. No son presunciones: el mercado ya tomó nota de la inestabilidad que abre este proceso que puede ser muy funcional, como todo lo contrario.

¿Se pide entonces la impunidad de una casta de políticos aprovechados? La pregunta, que en distintos formatos se repite por estas horas, revela la tragedia que vivimos.

No es con pensamientos binarios como mejor se resuelven situaciones que ponen en tensión valores de importancia como justicia, estabilidad política y prosperidad económica. Es posible ajustar sistemas desequilibrados, introducir correcciones, sin cargarse la estantería en el camino, para que el esfuerzo produzca una mejora, no una plaga bíblica. Claro, no es tarea para fanáticos, sino para hombres de Estado.

Pero cuidado, no es el único riesgo, porque esto es la Argentina. Fue en este mismo país donde irrumpieron las famosas cajas de la corrupción, los sobornos del Senado ¿Y qué pasó? ¿Sabemos que fue aquello? ¿Qué cambio después de meses y meses de afiebrada cobertura, de espectaculares confesiones y pruebas históricas? ¿Por qué no hubo condenas de importancia? ¿Falló la justicia? ¿Fue todo un extraordinario montaje de manipulación de la opinión pública? ¿Estamos ante una situación similar?

No lo sabemos, pero parece sensato ir con cuidado, evitando esa pulsión por las soluciones mágicas que nos van encadenando ilusiones y desencantos.

© LPO

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