jueves, 5 de julio de 2018

La justicia de Rafael Correa

Rafael Correa
Por Thalía Flores y Flores

Las imágenes se suceden una tras otras y hasta las voces son audibles, identificables. Apenas la jueza de Garantías Penales de la Corte Nacional, Daniella Camacho, acogió el pedido del fiscal general (e), Paúl Pérez Reina, y dictó orden de prisión preventiva contra el expresidente Rafael Correa, recordé la justicia de la última década y por mi mente empezaron a pasar los luchadores sociales perseguidos, los indígenas amedrentados, los periodistas llevados ante la Supercom. Y la Ley Mordaza.

Recordé que a los maestros les quitaron sus ahorros; a los médicos les procesaron, a los estudiantes del Central Técnico les apresaron. Que Manuela Picq fue arrastrada por las calles y luego deportada; que a la pequeña hija de Martha Roldós le apuntaron con una pistola en la cabeza. Y que Cléver Jiménez y Fernando Villavicencio debieron internarse en la selva para no caer en las garras de una justicia contrahecha. Que las universidades fueron asediadas y sus autoridades deshonradas, de la manera más infame.

Quiero detenerme y no puedo; mi consciencia se impone a mi deseo y escucho lamentarse a los colegas del diario HOY llevado a la quiebra de la forma más ruin, y recuerdo a los directivos de El Universo sentenciados por un artículo de Emilio Palacio, periodista sojuzgado y obligado a exiliarse. E imagino a aquellos ignominiosamente encarcelados y me produce indignación saber que quiénes propiciaron y condujeron estas injusticias hoy se sienten vulnerados en sus derechos y hablan de persecución. Y se ratifica aquello de que el poder resulta insano si no se lo administra a consciencia y con ética.

Tras 10 años de ejercer el poder total, Rafael Correa enfrenta, hoy, sus propios demonios. La Interpol tiene pedido de difusión roja para localizarlo, capturarlo y extraditarlo. Lo han emitido jueces que fueron seleccionados en su época, aplicando recursos de los Códigos que él mismo promovió que se aprueben.

Pero Correa no está siendo procesado por los sobornos de Odebrecht que corrompió a muchos de su entorno y tiene preso a su ex vicepresidente Glas. Tampoco por los cuantiosos sobreprecios de la refinería de Esmeraldas, el despilfarro en el Aromo o el fiasco de Yachay. Mucho menos por los aeropuertos a donde no llegan vuelos y peor por la enorme deuda pública cercana a los USD 60 000 millones, que rebasa el 40% del PIB que permitía la ley, cuando el país tuvo los mayores ingresos por el precio del petróleo; ni por haber mal usado los dineros de los jubilados del IESS, por el caso Duzac o el 30S que tanto dolor y lágrimas causó.

Está procesado por presunta participación en los delitos de asociación ilícita y secuestro del exlegislador Fernando Balda, que habría sido planeado en las más altas esferas del poder y con recursos públicos cuando ejercía la Presidencia. Víctima de sus excesos, devenido en ídolo de bisutería, Correa enfrenta a la justicia que él ideó.

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