lunes, 23 de julio de 2018

El peligro de banalizar el verdadero significado de "la grieta"

Por Pablo Mendelevich
Aunque se diga que el oficialismo menea una y otra vez el pasado kirchnerista con el propósito de que se estire cierta condescendencia social hacia el presidente Mauricio Macri, a medida que se aleja en el almanaque la república matrimonial los recuerdos se borronean.

Prueba de ello es la desvirtuación que viene sufriendo la palabra grieta, metáfora geológica sugerente de un quiebre sin fondo.

De manera casi imperceptible se empezó a llamar grieta a cualquier diferencia rotunda de opiniones. Hoy se habla, por ejemplo, de la grieta del aborto. O de la grieta de Cambiemos, en alusión a las peleas entre los radicales y Lilita Carrió. Voces feministas dicen que el gran problema de ahora es "la" grieta entre hombres y mujeres.

Con artículo determinado, sin embargo, la grieta no se refería en su origen a divergencias ordinarias, por más trascendentes y más acaloradas que estas fueran. Designaba la partición en dos de toda la sociedad, provocada ex profeso. Esa partición no fue producto de ningún fenómeno natural ni debate ni idiosincrasia, sino que respondió a una decisión política. Hasta hace poco nadie creía otra cosa. Nadie, se entiende, fuera del kirchnerismo, que se esmeró por negar la paternidad de la criatura. "Grieta hubo siempre", repitieron los kirchneristas después de haber batido durante doce años y medio en la Casa Rosada el parche con la patria y la antipatria. Y de gobernar en consecuencia.

"Así somos los argentinos", almidonan hoy, como quien acaba de ver un comercial de cerveza que cancela una polémica fervorosa con un asado fraternal. He aquí los interesados en que se olvide la grieta primigenia, la que involucraba al sistema político. Que el recuerdo se diluya en un sinfín de "grietas" renovables, energizadas con el entrañable temperamento de la sangre italiana.

Pero una grieta original no se la reconoce por la pasión en sangre, sino por tres rasgos. Uno: se la planta desde el Estado. Dos: reparte odios que más tarde serán replicados y contaminarán el ambiente. Tres: su objetivo es adueñarse del juego político con el argumento de que los otros, los que no adhieren, carecen de legitimidad. Ellos no son adversarios, son enemigos. Junto con la deslegitimación se insinúa un derrotero seudorrevolucionario ("acá tenés los pibes para la liberación") y aunque se practican elecciones cada dos años se advierte que no se tolerará "ni un paso atrás". La alternancia sale del horizonte, nadie más merece el poder. El gobierno se adueña de conceptos como patria y pueblo, se apropia de los próceres, administra la verdad única con desprecio activo hacia los disidentes, corteja los bordes de la democracia con ambigüedad. Grieta mediante, todo se partidiza. Antes que nada, el Estado. ¿Agrietados a repetición ya olvidamos que el kirchnerismo gobernó así, que desde su atalaya nacional y popular tachó a los demás de cipayos, probuitres, sojeros de 4x4, caceroleros, gorilas, destituyentes, responsables únicos del colapso de 2001?

Después del colapso, a esta democracia joven a la que es políticamente correcto palmear por robusta pese a que carece de sistema de partidos políticos, de instituciones fuertes y de rutina, el maniqueísmo ramplón de factura rosista-peronista le entró aceitado. El persa Mani, quien nació al sur de Babilonia en el año 215 y terminó clavado en una cruz en 275, fue el fundador de la secta cuyos seguidores creían que Dios era el creador de todo lo bueno y satanás el creador de todo lo malo. Los maniqueos tuvieron el acierto de explicar el universo con encantadora sencillez, lo que generó que esta doctrina nutriera al Imperio Romano y dejara sus huellas no solo en las primeras lucubraciones de San Agustín, sino también entre las raíces conceptuales de los totalitarismos europeos. Está claro que la certeza de que todo se reduce a un litigio entre la luz y las tinieblas corresponde al formato de pares antagónicos, pero entre nosotros a menudo se confunde el maniqueísmo con el proverbial River-Boca, que es como se llama en la Argentina a cualquier reduccionismo tramitado en forma agitada.

Ni toda confrontación binaria es sinónimo de antinomia ni parece bastar una antinomia de posiciones firmes -como hoy la del aborto o en tiempos de Frondizi la que se llamó "laica o libre"- para dividirlo todo para siempre, desde la política hasta los clubes de barrio, los sindicatos, el espectáculo, el periodismo, la literatura, el mundo académico. La historia muestra que las antinomias que sí marcaron épocas fueron las instaladas (desde el poder, invariablemente) por líderes mesiánicos, personalistas, interesados en devaluar a la competencia para perpetuarse. Por cierto, aplastar la pluralidad significa herir a la democracia en una de sus mayores virtudes, la de velar por la representación de las minorías. ¿Cuánto duraron las grandes grietas? La fractura peronismo-antiperonismo rigió la vida argentina desde "Braden o Perón" hasta el abrazo del general con Balbín: casi treinta años.

Pero por entonces no se les decía grietas. Esta certera denominación la acuñó Jorge Lanata para hacer foco en la metástasis, es decir, la expansión del cisma dirigencial al nivel pedestre, a las familias y los grupos de amigos, algo para nada novedoso en la historia argentina. Los Kirchner repusieron respecto de sí la gran antinomia que había puesto a rodar en el siglo XX el coronel Perón, quien a su vez había reeditado el diseño feroz de federales y "salvajes" unitarios del siglo XIX, que terminó en el campo de batalla y precedió a la Organización Nacional.

Las grietas, para peor, se retroalimentan con la reacción del atacado. Además de corrosivo, el odio es un combustible renovable y transferible. Cristina Kirchner consagró su desprecio por la alternancia con el ruidoso desaire del día que debió delegar el mando, pero Macri no respondió con un espejamiento de la grieta capaz de complacer a quienes querían que el presente sonara a una reposición de 1955. Macri no revirtió las grandes estatizaciones si bien hizo cambios parciales en el sistema jubilatorio. No suprimió la AUH, tampoco alteró políticas sensibles del gobierno anterior como la de derechos humanos y ni siquiera retiró el nombre de Kirchner de muchas instituciones u hospitales que todavía lo enarbolan.

Escamoteó esfuerzos, eso sí, para desactivar la grieta por completo, aunque debe admitirse que armonizar el diagnóstico negativo del pasado, corrupción incluida, con una conversión de los kirchneristas en republicanos no era tarea sencilla. Si incentivó la polarización electoral basado en la lección del ballottage fue porque buscó votos no propios refractarios al kirchnerismo. Sin embargo, la doctrina de Cambiemos no es binaria, primero por razones ideológicas y segundo, aritméticas, dado que quien está en minoría en ambas cámaras mal podría tratar a los opositores de enemigos. Negocia o sucumbe.

Hoy sobrevive una grieta subcutánea. Cada cual puede medirla en festejos de cumpleaños. Si se hace necesario excluir o esquivar la política de los temas de conversación en una fiesta hogareña es porque hay grieta. Un remanente demasiado serio como para banalizarlo equiparándolo con respetables opiniones contrapuestas.

© La Nación

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