miércoles, 4 de julio de 2018

Contra el tiempo: un elogio de la pausa y la quietud

Por Julieta Venegas (*)
Siempre pensé que  la canción “El Corrido del Caballo Blanco” se trataba simplemente de lo que cuenta, y ya. Es una historia sobre un hombre y su caballo que hacen un viaje desde el sur de México hasta el norte del país; salen desde la ciudad de Guadalajara, al suroeste, pasando por Nayarit, Sinaloa y Sonora, hasta llegar a Baja California, a Tijuana, Rosarito, para morir en Ensenada.

El jinete, por supuesto, es muy noble, pues en realidad se trata de José Alfredo, el compositor de la canción. En mi imaginario infantil se trataba de alguien que estaba huyendo de alguna situación complicada. Me imaginaba cualquier cosa: que se había robado a la novia, o que lo andaban persiguiendo por haber hecho algo.

Lo bueno de los corridos es que te cuentan una historia y te puedes imaginar cualquier cosa, sin necesidad de saber si es verdad o no. En el caso del “Caballo Blanco”, un clásico en nuestro repertorio familiar, en realidad se trata de un auto que José Alfredo usó para cumplir con una gira en el norte del país. Se ve que lo quería mucho, porque lo inmortalizó en la forma de un caballo en esa canción. Pienso ahora en lo divertido que debió haber sido para él escribir un corrido para su auto, donde pudo plasmar todas las aventuras que debió vivir en su compañía, en una historia simple y tan memorable como la de la canción.

José Alfredo viajaba mucho. Cuando su carrera arrancó, ya no se detuvo más. Todos querían cantar sus canciones, y hasta películas hizo. No sé lo que era trasladarse en esas épocas, lo pienso viajando con todo el glamour, cuando los aviones eran elegantes y se fumaba sin parar. Ahora las cosas son muy distintas, viajar es un tipo de tortura moderna a la cual todo el mundo se entrega con felicidad.

He viajado siempre, y cada vez me gusta menos. El trámite, las horas de espera, las líneas de aduana, el salir, el tráfico. Para cuando llegamos al hotel no tengo ganas más que de meterme a la habitación a esperar a que llegue la hora del show mientras leo un libro o escucho algo de música. Nunca fui una gran viajera, y en todos estos años no me he vuelto más curiosa por conocer lugares nuevos, ni es algo que agregaría a los viajes que ya me toca hacer por la profesión que elegí. Nunca me lo cuestioné: siempre estuve dispuesta a cualquier cosa con tal de subirme a un escenario a tocar mis canciones. No era algo que me molestara, pero con los años se va convirtiendo en lo que menos me interesa sobre todas las otras cosas hago para tocar música.

Si lo piensas un poco, moverte de un lugar a otro es un poco antinatural. No estamos hechos para subirnos al cielo y movernos de una ciudad a otra; en todo caso, hacerlo naturalmente sería por tierra. Como el caballo blanco, recorreríamos los kilómetros de este mundo, en barco, en tren, o en auto, porque nuestro cuerpo está en un lugar nuevo, pero nuestra mente sigue en casa, en donde tiene sus rutinas y sus amores.

A mí lo que me gusta es vivir cada lugar como si fuera mi casa. Si llego a una ciudad nueva, me gusta vivirlo de la manera más natural posible. Ir al súper, caminar por las calles, como si fuera una de esas personas que veo por ahí. Hasta me gusta ver la ropa que traen las mujeres en cada ciudad, en cada país, según la temporada y según las modas, y es mi manera de mimetizar con ellas. Sentirme, como si pudiera, una de ellas. Vivir esas vidas desconocidas, que me imagino aburridas o entretenidas, pero en todo caso distintas a la mía. Esa normalidad es algo que siempre me gustó. Siempre he visto a las personas como a través de una pecera, y me gustaría ser como ellas. Me pregunto lo que deben estar planeando por el día, lo que hacen de sus horas. Si conviven con alguien, si trabajan, si están en casa, cuáles son sus pasatiempos.

Cuando les digo a mis amigos músicos que ya no quiero viajar, se ríen de mí abiertamente. Otras veces se hace un silencio incómodo, en donde nadie sabe cómo decirme la verdad: de esto vivimos, inocente amiga, no hay manera de ganar dinero si no haces una gira. Y eso es en cada disco, y un disco cada tres años como mínimo. A mí me encanta hacer canciones, y me encanta hacer discos, pero el paquete completo me empieza a pesar, lo siento como una sentencia. Cada dos años: disco, gira. Terminas, para hacer más canciones. Otro disco, otra gira. Eso es más o menos lo que llevo haciendo durante casi dos décadas. Un poco más, un poco menos, porque llevo más años donde puedo decir que la música es mi profesión. Y antes de hacerlo regularmente, eso de las giras y los discos, era mi único sueño.

Ahora veo a todos mis amigos sin ninguna envidia cuando los veo viajando sin parar, una noche en Madrid, una noche en Buenos Aires, y a lo que sigue. Además, ahora estamos tan presentes en las redes sociales que no hay tiempo para desconectarnos. Contamos nuestros días, como si de eso dependiera el vivir.

Hace poco leí a Luciano Concheiro, un historiador mexicano, que escribió un libro muy lindo llamado Contra el Tiempo. Ahí habla acerca de apreciar y defender los instantes, esos instantes en donde cada momento vale por lo que es, y detenemos todo. Habla de este mundo en donde ahora todos somos comerciables, productos, y en donde la rapidez tiene que ver con el capitalismo. De alguna manera el vivir a través de las redes sociales es parte de lo mismo, porque voluntariamente quitamos toda posibilidad de imaginar a los demás, o que nos imaginen a nosotros. Estamos presentes todo el tiempo.

Me gusta la idea de salirte del todo de la vorágine, aunque eso te haga sentirte excluido. Es una manera de frenar, y eso da más tiempo para hacer reflexión sobre la vida. En mi caso, necesito un poco de ese tiempo. Estoy desarmando todo lo que conocía hasta hace muy poco. Todo empezó con un pequeño empujón, y de la mejor manera posible. Eso ha traído una gran necesidad de cambiar cosas de mi vida. Hace solo unos meses, no lo habría imaginado.

(*) Compositora y cantante mexicana

© Eterna Cadencia

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