sábado, 5 de mayo de 2018

FUNCIÓN SOCIAL DE LA VIRTUD

Un texto de José Ingenieros

La honestidad es una irritación; la virtud es una originalidad. Solamente los virtuosos poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita a seguir sus huellas, incorporando a la honestidad trivial lo que fue antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.

Hemos distinguido al delincuente del honesto. Insistimos en que su honestidad no es la virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en derechez, en coraje, a las prácticas rutinarias que libran de la infamia o de la cárcel.

Ser honesto implica someterse a las convenciones corrientes; ser virtuoso significa a menudo ir contra ellas, exponiéndose a pasar como enemigo de toda moral el que lo es solamente de ciertos prejuicios inferiores. Si el sereno ateniense hubiera adulado a sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada por su condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si pudiéramos vivir entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos tropiezos y caídas; pero es cobardía, viviendo entre atartufados, rebajarse al común nivel por miedo a atraer sus iras. Hacer como todos puede implicar avenirse a lo indigno; el proceso moral tiene como condición resistir al común descanso y adelantarse a su tiempo, como cualquier otro progreso.

Si existiera una moral eterna -y no tantas morales cuantos son los pueblos- podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios del valor se transforman: el bien de hoy puede haber sido el mal de ayer, el mal de hoy puede ser el bien de mañana. Y viceversa.

No es el hombre moralmente mediocre -el honesto- quien determina las transformaciones de la moral.

Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores, apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican perfecciones inaccesibles al hombre común. En eso consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que implica la santidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la transformación de las costumbres: conservaríamos los sentimientos y pasiones de los primitivos seres humanos. Todo ascenso moral es un esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte condescendencia para con el pasado, ni simple acomodación al presente.

La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales e intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en las sociedades que en los individuos. Ha podido afirmarse que, si resucitase un griego o un romano, su cerebro permanecería atónito ante nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, el hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaríanse en gran parte a las palpitaciones del sentir moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la filosofía: los sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren leves oscilaciones, porque los atributos biológicos de la especie humana varían lentamente. Nos fuerzan a sonreír los conocimientos infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos parecen honrados por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como ahora, los hombres ejemplares, aunque de ideas opuestas, practicaban análogas virtudes frente a los hipócritas de su tiempo. El fondo varía poco; lo que se transmuta incesantemente es la forma, el juicio de valor que le confiere fuerza ética.

Hay, sin embargo, un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que antes fueron virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento histórico coexisten virtudes y prejuicios; el talento moral practica las primeras; la honestidad se aferra a los segundos. Los grandes virtuosos, cada uno a su modo, combaten por lo mismo, en la forma que su cultura y su temperamento les sugieren.

Aunque por distintos caminos, y partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar al hombre: son igualmente enemigos de los vicios de su tiempo.

Los virtuosos no igualan a los santos; la sociedad opone demasiados obstáculos a sus esfuerzos. Pensar la perfección no implica practicarla totalmente; basta el firme propósito de marchar hacia ella. Los que piensan como profetas pueden verse obligados a proceder como filisteos en muchos de sus actos. La virtud es una tensión real hacia lo que se concibe como perfección ideal.

El progreso ético es lento, pero seguro. La virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan a imitar alguna parte de las excelencias que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que nuestros abuelos, sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos.

Sobre las necesidades perennes de la especie, organízanse conceptos de perfección que varían a través de los tiempos; sobre las necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de virtud más útil a su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en las variaciones reales de la vida social; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que se alejan, sin cesar, hacia el infinito.

Cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana engendra una virtud, una norma de talento moral. Hay filósofos que meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida en los laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus hijos. El hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las leyes por temor a las penas que amenazan a quien las viola, guardando la honra por no arrastrar las consecuencias de perderla.

De El hombre mediocre (CAPÍTULO III-IV – LOS VALORES MORALES)

Selección y transcripción: Agensur.info

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