miércoles, 11 de abril de 2018

MEMORIA / GUETO DE VARSOVIA

Doscientos niños camino de la muerte

Familias sacadas de sus casas en el gueto de Varsovia. De los 375.000 judíos que vivían
en la ciudad en 1939 solo sobrevivieron ocultos unos 10.000.
Por José Segovia

Estos días se celebra en Polonia el 75º aniversario del levantamiento del gueto judío de Varsovia contra las tropas nazis. Encerrados en el interior del muro, hambrientos, rodeados de ratas y sabiendo que antes o después serían masacrados, los judíos que todavía no habían sido enviados a los campos de exterminio se alzaron en armas contra sus opresores. 

El 18 de enero de 1943, las tropas alemanas que se adentraron en el barrio hebreo fueron rechazadas por un puñado de partisanos. Los judíos sabían que Heinrich Himmler había decidido exterminarlos. No tenían nada que perder y decidieron defenderse con las pocas armas que les había proporcionado la resistencia polaca. Para sorpresa de los mandos alemanes, ese puñado de combatientes recuperó el control del gueto.

Mientras los alemanes solicitaban refuerzos, los judíos comenzaron a cavar cientos de refugios subterráneos que se comunicaban unos con otros a través de las canalizaciones de desagüe. El 19 de abril, a las siete de la mañana, el general de las SS ordenó a sus hombres entrar en el gueto de Varsovia. Tres semanas más tarde, los judíos fueron masacrados.

Aquel drama comenzó en 1940, cuando un decreto nazi instó a concentrar a todos los judíos en el gueto de Varsovia, un barrio destartalado en el que ya estaba asentada una numerosa comunidad hebrea y familias polacas con pocos recursos económicos. En tan solo dos semanas, los 150.000 judíos fueron obligados a trasladarse a él, mientras que los 80.000 polacos que vivían en el barrio hebreo fueron instalados en otras zonas de la capital.

La vida tras la alambrada

De inmediato, las SS pusieron alambradas de espino para bloquear la salida del gueto de Varsovia, en cuyo interior malvivían hacinadas 460.000 personas en 1941. En un intento de proseguir su rutina diaria, el Consejo Judío instaló una imprenta que editó libros y periódicos, puso en marcha una orquesta sinfónica y organizó un teatro que representó obras clásicas.

La Casa de los Huérfanos de Janusz Korczak, un activista social, escritor, pediatra y pedagogo que renunció a una brillante carrera científica para dedicarse al cuidado de niños abandonados, también puso en escena pequeñas obras teatrales y de marionetas. Korczak fue uno de los pioneros de la corriente pedagógica denominada ‘la educación moral’ y sus ideas pueden ser rastreadas en los métodos modernos para la educación de los niños discapacitados. Tras la ocupación nazi de Polonia, Korczak fue enviado a Varsovia, donde escribió Diario del gueto (Janusz Korczak, publicado en España por Seix Barral), en cuyas páginas el autor desvela cómo fue el día a día en el sitiado barrio judío de Varsovia.

Entre los motivos recurrentes de su diario destacan la muerte, el suicidio y la eutanasia. En las horas más duras sopesaba el proyecto de dar muerte (practicar la eutanasia) a los bebés y a los ancianos del gueto judío condenados al exterminio, pero terminaba rechazando esa opción por «considerarla un homicidio respecto a los débiles y a los enfermos y un asesinato con alevosía respecto a los inconscientes», escribió Korczak, que siempre llevaba consigo unas píldoras letales para quitarse de en medio en el momento que considerara oportuno, aunque nunca las utilizó.

El frío y el hambre de los niños

En marzo de 1942, el pediatra anotó en su diario la situación límite que se vivía en el gueto, donde campaban la hambruna, el tifus y la mortandad infantil. Korczak lamentaba que los pequeños de la Casa de los Huérfanos ya no reaccionaban al frío ni al hambre. «Para matar de hambre a un niño, hacen falta al menos unos cuantos días; para matarlo de frío, bastan unas horas». En 1941, Korczak fue encerrado en la terrible prisión de Pawiak por exigir a las autoridades alemanas que devolvieran un cargamento de patatas destinado a los pequeños. Meses después fue arrestado de nuevo por negarse a llevar el brazalete que distinguía a los judíos.

El 18 de julio de 1942, la Casa de los Huérfanos ofreció una representación teatral en la que los pequeños interpretaron el drama El cartero del rey, de Rabindranath Tagore, una obra que narra la historia de un niño enfermo que muere soñando que corre por el campo. Korczak dijo que era necesario que los pequeños aprendiesen a aceptar la muerte con serenidad. Sin duda, el pediatra tenía muy claro cuál iba a ser el final de sus «hijos», como llamaba a los 200 huérfanos a su cargo.

Ese mismo mes, el presidente del Consejo Judío del gueto, Adam Czerniaków, escribió en su diario que las autoridades alemanas le habían afirmado que todos los judíos iban a ser trasladados al este, aunque nada le dijeron sobre el destino que les esperaba. «A las cuatro de esta tarde hay que entregar a un contingente de 6000 personas. Y esta -como mínimo- será la cuota diaria». Las autoridades alemanas amenazaron a Czerniaków con fusilar a su esposa si los habitantes del gueto se negaban a la deportación.

El presidente del Consejo Judío se suicidó. Los alemanes pusieron en su lugar a Marek Lichtenbaum, quien dio órdenes a la Policía judía de apoyar a los alemanes para facilitar el traslado de sus compatriotas a una muerte segura. En los primeros diez días, los nazis deportaron al campo de exterminio de Treblinka a 65.000 judíos. «Se dijo a los miembros de la Policía judía que, si no entregaban a cinco personas cada uno -cinco cada día-, sus seres queridos ocuparían el lugar vacío», escribe Laurence Rees en su libro El Holocausto.

El 4 de agosto de 1942, Korczak, los educadores de la Casa de los Huérfanos y 200 pequeños fueron obligados a salir de su refugio. El pediatra hizo que se vistieran con sus mejores galas. Los SS los condujeron en fila india hacia la Umschlagplatz, desde donde salían los trenes hacia los campos de la muerte. Aquel paseo fue uno de los grandes mitos de la guerra, no siempre relatado de manera fidedigna. Algunos testigos afirmaron que los niños iban cantando y con banderas, tal y como lo reflejó el cineasta polaco Andrej Wajda en su película. Otros aseguraron que no hubo banderas ni tampoco cantos. Solo un silencio terrible y agobiante.

Himmler ordenó al general Stroop que borrara la más mínima huella hebrea de la capital polaca. El 23 de abril de 1943, sus hombres, apoyados por vehículos acorazados, arrasaron el gueto edificio por edificio, matando a todos los resistentes que encontraron por el camino. Tras sofocar la rebelión el 16 de mayo de 1943, Stroop ordenó la demolición de la sinagoga de la calle Tlomacka, cuyas ruinas simbolizaron el fin de los judíos en Varsovia.

Calcinados en los refugios subterráneos

Los poquísimos miembros de la Organización Judía de Combate que sobrevivieron a la masacre se refugiaron en las cloacas. Los que pudieron huyeron de la ciudad.

Unos 7000 judíos murieron en el ataque alemán y otros 6000 se calcinaron o asfixiaron en el interior de los refugios subterráneos que ellos mismos habían construido. El resto, unos 40.000, fueron enviados a Treblinka, un campo de exterminio en el que fueron gaseados la mayor parte de los 460.000 judíos del gueto de Varsovia entre 1942 y 1943.

Una vez resuelta la limpieza étnica en la capital polaca, los alemanes se enfrentaron a la sublevación de sus habitantes, cuya esperanza era expulsar a los nazis antes de que llegara el Ejército Rojo, evitando de esa forma que los soviéticos sustituyeran a los alemanes como fuerza de ocupación en la ciudad. El 1 de agosto de 1944, los combatientes de la resistencia polaca y miles de soldados de la Región de Varsovia salieron victoriosos tras entablar varios combates con unidades de la Wermacht y de las Waffen-SS.

Pero todo fue un espejismo. Cuatro días después, los nazis tomaron la iniciativa. En tan solo 48 horas asesinaron a unos 60.000 hombres, mujeres y niños. La noche del 2 al 3 de octubre, los rebeldes se rindieron y a renglón seguido los alemanes laminaron la ciudad, volando la mayoría de los monumentos, iglesias, escuelas, bibliotecas y otros edificios emblemáticos de Varsovia.

La destrucción total de Varsovia

Durante los dos meses de combates, los polacos apenas recibieron ayuda de las potencias occidentales. Tras ordenar frenar el avance del Ejército Rojo, Stalin se limitó a observar desde la barrera como los SS acababan con la resistencia polaca. A continuación, la poderosa maquinaria bélica soviética hizo huir a los alemanes, que ya no dejaron de retroceder hasta llegar a Berlín, donde les esperaba el apocalíptico final del Tercer Reich.

Los soldados soviéticos se conmovieron al entrar en la ciudad y comprobar la enorme devastación que las tropas alemanas habían causado tras el alzamiento de Varsovia. Desde aquel momento, Polonia pasó a ser una nación satélite de la URSS.

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