miércoles, 14 de marzo de 2018

MUERE STEPHEN HAWKING

Fue uno de los más brillantes científicos contemporáneos. Falleció este miércoles, a los 76 años.

Stephen Hawking padecía esclerosis lateral amiotrófica, ELA, pero su mente, 
con un IQ de 204, se mantuvo inmume a esa enfermedad.
Mundo - El físico británico Stephen Hawking, el científico que explicó el universo desde una silla de ruedas y acercó las estrellas a millones de personas alrededor del mundo, ha fallecido esta madrugada en su casa de Cambridge, a los 76 años.

“Estamos profundamente entristecidos por el fallecimiento de nuestro padre hoy”, dicen sus tres hijos, Lucy, Robert y Tim, en un comunicado publicado a primera hora de la mañana del miércoles. “Era un gran científico y un hombre extraordinario cuyo trabajo y legado sobrevivirá por muchos años. Su coraje y persistencia, con su brillo y humor, inspiraron a personas por todo el mundo. En una ocasión dijo: ‘El universo no sería gran cosa si no fuera hogar de la gente a la que amas’. Le echaremos de menos para siempre”.

Hawking pasará a la historia por su trabajo sobre los agujeros negros y la relatividad, así como por los populares libros divulgativos de los que fue autor, entre ellos el popular Breve historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros, publicado en 1988 y que ha vendido más de diez millones de copias.

Perfil del genio

Nació en Oxford en 1942. Sus padres, Frank e Isabel, un médico biólogo y una activa política laborista, le pusieron allí a salvo de los bombardeos nazis. Luego vivieron en St. Albans, al norte de Londres, donde Frank Hawking era Director de Parasitología del Instituto Nacional de Investigación Médica. Además de Stephen, los Hawkings tenían a Philippa, Mary y un hijo adoptivo, Edward. Según este, “parecíamos los Munsters”: Wagner sonaba a toda pastilla en la casa, el padre criaba abejas en el sótano y una abuela pianista aporreaba en el ático. La familia leía junta y en silencio, debatía la existencia de Dios e iba de vacaciones en un carromato de vendedor de crecepelos. Se les consideraba una gente culta y excéntrica, que, si se rompía el vidrio de una ventana, no se acordaba de cambiarlo. En cuanto a Stephen, era frágil pero chulito. Tenía carisma. Sus compañeros le llamaban “Einstein” por sus aficiones intelectuales. Como estudiante era normal, sin más.

La fiesta de Oxford

Fue al Colegio Mayor Universitario de Oxford, alma mater de su padre, para estudiar matemáticas y física. Se integró muy bien. Llevaba el pelo largo, era famoso por su ingenio y no se mataba a trabajar. Pero ciertos datos mostraban que era de otro planeta. Su tutor, Robert Breman, lo explicó así: “Tuvo que hacer un esfuerzo para rebajar su nivel al de la clase”. Jugaba al bridge por las noches y durante el día timoneaba al equipo de remo con gritos autoritarios. Fueron tres años de buena vida a pesar de lo cual obtuvo el título en Ciencias Naturales con honores.

El dolor de Cambridge

1962. Su siguiente paso fue Cambridge, donde eligió el enfoque más difícil y menos práctico de la física: la cosmología. Pronto se dio cuenta de que, por haber vagueado en Oxford, sus matemáticas fallaban. Comenzaba a aclararse en la jungla numérica cuando se le agudizó cierta torpeza corporal… El diagnóstico fue esclerosis lateral amiotrófica, ELA. Un mal degenerativo incurable que atrofia los músculos voluntarios: el corazón, el aparato digestivo y los órganos sexuales funcionan; el cerebro también; pero se pierde la capacidad de hablar y de moverse. Los enfermos mueren pronto, casi siempre por asfixia, al fallarles los músculos respiratorios. Hawking, que tenía veinte años, se sumió en la depresión.

Pero era un vitalista. En enero de 1963 reapareció en su vida Jane Wilde, una joven estudiante de lenguas de St. Albans. El padre de Hawking aconsejó una boda temprana: debían tener hijos lo antes posible, porque Stephen podía morir en cualquier momento. Se casaron en julio de 1965. A Stephen, aquello le dio energías para enfrentarse a un doctorado de tres años, más tiempo que el que la enfermedad le concedía.  Por suerte, la física teórica era uno de los pocos campos que no exigía más herramienta que la mente. Se volcó en el estudio. “Comencé a trabajar por primera vez en mi vida”. Logró doctorarse en 1966. El nacimiento de su hijo Robert le enfrentó al reto de mantener una familia, así que empezó a dar clases en Cambridge. En 1980 ganaría la cátedra Lucasiana de Matemáticas, la misma que tuvo Newton.

Adelante con todo

Su espíritu combativo se negaba la derrota, pero la enfermedad no cejaba. A principios de los setenta, se sentó para siempre en una silla de ruedas y empezó a farfullar. En 1985, hubo que colocarle un tubo respirador en la garganta y una sonda de alimentación. Se acabó el habla, incluso el farfulleo. Quedó inmóvil por completo, encerrado en su cuerpo. De esa cárcel le sacó el informático Michael Woltosz con un software diseñado para su suegra impedida: el programa Equalizer que permitía seleccionar palabras en una pantalla; estas podían pasar a un ecualizador y salir convertidas en esa voz robótica, con acento yanqui, que caracteriza a Hawking y que tanto juego ha dado en el mundo.

Como aún podía mover un dedo, un alumno le diseñó un interruptor para el software. Con determinación, Hawking logró producir 10 palabras por minuto, muy poco si se compara con el habla normal (100 palabras), pero muchísimo si la otra opción es el silencio. En 2003 ese interruptor manual fue sustituido por otro infrarrojo de baja potencia incorporado a los lentes. Al comienzo lo controlaba con parpadeos, después con movimientos de mejilla.

La esclerosis solo respetó los 204 IQ de su prodigioso cerebro. Y así siguió en globo y en vehículos de gravedad cero, incluso se ha permitido dos divorcios: el primero de Jane, su esposa/salvavidas y madre de sus tres hijos, Robert, Lucy y Timothy, que acabó cansada de la absorbente situación conyugal. Y después de Elaine Mason, su segunda mujer, una enfermera demasiado enérgica, se dice.

© El País y Agensur.info

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