lunes, 12 de marzo de 2018

Literatura y levitación

Por Guillermo Piro
Un amigo me cuenta que cada vez que empieza un libro se le presenta el siguiente escenario. Durante los primeros días se sumerge en una lectura apasionada. Luego, con el correr de los días y las páginas, se encuentra frente a una encrucijada: la pérdida de interés o el deseo de que no termine nunca. Cualquiera sea la dirección en la que finalmente se dirija, el efecto es el mismo: abandona el libro. La pregunta que me hace, entonces, es: ¿dónde terminan los libros?

Teresa de Ávila, cuando era niña, era una gran apasionada de las novelas de caballería. Solía sumergirse en esas historias con mítico abandono, y leyendo se olvidaba del mundo. Su apasionamiento llegaba al punto que si no tenía un libro entre las manos prácticamente no le parecía estar viviendo. Pero debía leer a escondidas de su padre, porque para una mujer del siglo XVI la lectura era considerada una actividad poco recomendable. Pero Teresa de Avila sabía hacer algo más: levitaba, pudiendo quedar hasta media hora flotando en el aire. Naturalmente, también tuvo que mantener eso en secreto, porque era algo que no solo no se recomendaba a las mujeres del siglo XVI, sino incluso ahora, en pleno siglo XXI, la cosa no sería vista con buenos ojos.

Hay un nexo entre los dos dones de Teresa de Avila, la literatura y la levitación. José de Cupertino, famoso en el siglo XVII por su capacidad para levitar, hablaba de algo que ocurría contra su voluntad (al parecer, se puso a levitar delante del Papa, cuando tenía expresamente prohibido volar en público). (Estoy hablando de cosas serias, no de tonterías como las de Oliverio Girondo y sus mujeres volantes, por favor no me interrumpan con pavadas.) Las trayectorias de los santos levitadores se cruzan en los cielos de la Europa cristiana, donde el vuelo era considerado un estado de gracia. Pocas horas de viaje en avión y los santos se hubiesen encontrado en la India, donde la levitación es uno de los siddhis, una de las perfecciones que un yogui puede adquirir con ascética práctica. Es decir, en la India están convencidos, desde hace milenios, de que se puede aprender a volar. Bien, ¿y esto qué tiene que ver con la lectura? Tiene que ver. Resulta que la fórmula más común que usamos para describir el ingreso al mundo imaginario de una novela, término acuñado por S.T. Coleridge, tiene una curiosa resonancia yogui: willing suspension of disbelief, es decir “suspensión voluntaria de la incredulidad”. Por “suspensión”, Coleridge se refiere a la interrupción momentánea, pero la palabra indica también levitar. Willing suspension es el arte de quien ha sido adiestrado, con disciplina, en la levitación: en su propia habitación, cuando nadie lo ve, o entre las páginas de una novela.

El fenómeno de la levitación en Europa se interrumpe con la llegada del Iluminismo. Hasta Peter Pan en los Jardines de Kensington y esta sentencia de J.M. Barrie: “La razón por la que los pájaros vuelan y nosotros no está en el hecho de que ellos tienen una fe ciega, porque tener una fe ciega quiere decir tener alas”. Así llegamos a la pregunta del comienzo: ¿dónde terminan los libros? Tengo dos respuestas, una hinduista y otra cristiana. El libro termina en el punto en que la concentración yogui se acaba y uno pierde su siddhi y ya no puede mantenerse en suspensión voluntaria. El libro termina cuando, en pleno vuelo, se siente el miedo de caer, abandonado por la gracia. Como Pedro cuando Jesús le pide que camine sobre las aguas: asustado por la violencia del viento, está a punto de ahogarse. “Hombre de poca fe –le dice Jesús–, ¿por qué has dudado”.

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