domingo, 26 de noviembre de 2017

Ese prejuicio bienpensante que nos hundió

Por Jorge Fernández Díaz
A las siete y media de la mañana el sonarista pronunció dos palabras frías, y dejó a todos helados: "Rumor hidrofónico". Provenía del noreste, y todavía pasaron unos minutos hasta que lograron descartar por completo que se tratara de una ballena o de un simple cardumen de krill. El comandante ordenó que despertaran a toda la tripulación y la colocaran en sus puestos de combate.

El ARA San Luis navegaba cerca de la isla Soledad bajo una orden cifrada: "Todo contacto es enemigo". Cuando los oficiales se sentaron alrededor de una mesa minúscula para analizar la situación les temblaban las piernas; el blanco venía hacia ellos a gran velocidad, había que preparar los tubos y encontrar la mejor posición de tiro.

El sonarista avisó que oía hélices y explosiones. Tres helicópteros antisubmarinos volaban a ras del mar lanzando cargas de profundidad a ciegas y abriéndole camino a todos los buques de la Royal Navy. El comandante ordenó abrir fuego y entonces el torpedo partió con un temblor y un sonido sobrenatural, pero a continuación cortó el cable de guía a través del cual se lo podía teledirigir. A pesar de eso continuó su carrera de manera autónoma y fue ascendiendo para asegurar el impacto. El problema consistía ahora en que el trazado haría visible la posición del ARA San Luis. En pocos minutos, todos los barcos ingleses desaparecieron del sonar, el torpedo se perdió en el océano y el capitán ordenó evasión a toda máquina. Justo en ese punto, el sonarista anunció: "Splash de torpedo en el agua". Alguien les había lanzado un proyectil. "¡Máxima profundidad!", ordenó el jefe, y en seguida mandó que largaran los "alka selser", señuelos grandes que en contacto con el agua producían burbujas y confundían con sus ecos apócrifos. "Torpedo cerca de la popa", avisó el sonarista. Toda la tripulación apretó los puños y contuvo la respiración. "Nos está persiguiendo -murmuraron entre dientes-. Nos va a reventar". El sonarista añadió: "Torpedo en la popa". Transcurrió un lapso eterno, donde cada uno pensó en el fin, hasta que de pronto la voz metálica del operador anunció: "Torpedo pasó a la otra banda". Los ingleses habían fallado por centímetros.

A partir de ese instante, comenzaría una cacería implacable y desigual: una de las flotas más poderosas de la Tierra contra un solitario submarino argentino con un sistema de tiro defectuoso que los mantendría al borde de la paranoia y no les permitiría desembarcar con comodidad en Malvinas. El ARA San Luis redujo velocidad y se asentó en el fondo del mar, y aguantó que los Sea King le lanzaran explosivos cada veinte minutos durante horas y horas. Después sólo hubo silencio, y el sonar mostró que el área parecía despejada. El San Luis emergió a plano de periscopio y sacó el snorkel y la antena: el ARA Santa Fe había sido hundido en las Georgias. Durante cinco días surcaron ese teatro de operaciones infestado de naves enemigas desatando una verdadera psicosis entre los británicos. Vivieron peligrosas peripecias, y frente al estrecho de San Carlos encararon a dos barcos que venían de hundir al ARA Isla de los Estados: veinte argentinos habían muerto en ese otro naufragio. El comandante volvió a ordenar fuego a una distancia de 5200 yardas; ese torpedo también cortó cable, y todos los tripulantes acompañaron mentalmente su recorrido. Hasta que escucharon un planc escalofriante: tampoco aquel proyectil estaba en buenas condiciones; chocó contra el casco del enemigo pero nunca explotó. El Comando de Operaciones Navales les ordenó entonces regresar aceleradamente a Puerto Belgrano. Y las reparaciones no llegaron a tiempo: el 14 de junio sobrevino la rendición.

Este episodio figura en los libros de historia naval de las naciones desarrolladas como una de las diez más interesantes batallas submarinas del siglo XX. Aquí sus héroes, sin embargo, no sólo fueron olvidados; experimentaron a partir de entonces el estigma social y la más cruel decadencia. Cualquiera de ellos, por más inocente y profesional que fuera, era simbólicamente un remedo de Massera o de Galtieri. Mucho tuvo que ver la mala conciencia de un amplio sector de esta sociedad que apoyó a la izquierda peronista y luego miró para otro lado cuando la masacraban, que celebró la dictadura y la demencial guerra del Atlántico Sur, y más tarde viró y practicó la fe de los conversos, haciendo pagar a justos por pecadores y sin ser capaz de distinguir a los militares democráticos y leales de los genocidas. Ese pacifismo de bar La Paz, ese buenismo facilongo, esa indiferencia suicida y tan argenta, le dieron callado sostén a una dirigencia política analfabeta y sobregirada que llenó de negociados y ñoquis el Estado y demolió el presupuesto de las Fuerzas Armadas buscando equilibrar el déficit fiscal. A los profesionales, en poco tiempo, ya no les alcanzaba ni para comer. Pronto dejaron de servirles un almuerzo en la base o en el cuartel, y para no gastar un centavo de más, les informaron a los suboficiales que podían tomar un segundo trabajo por la tarde. Hasta que el segundo trabajo fue la Marina. O el Ejército. Quince mil militares viven hoy bajo la línea de la pobreza. "El hombre ama a Dios y al soldado sólo ante el peligro -dice el refrán-. Cuando este ha pasado, Dios es olvidado y el soldado, despreciado". Aquellos submarinistas legendarios que deberían estar en los textos escolares se entrenaban con un promedio de 1500 horas de inmersión y con unas diez navegaciones largas, en las que aprendían a convivir con las averías y a desarrollar un instinto de supervivencia. Los nuevos practican con 300 horas de inmersión y en navegaciones cortas. No hay dinero, y todo se degrada: los materiales, las experiencias, los conocimientos, la cultura del detalle. Los aviones no vuelan por falta de mantenimiento o de combustible, o se caen y producen tragedias; los barcos no están operativos, los instrumentales no funcionan, los estándares son bajísimos, las armas resultan obsoletas, los errores humanos se incrementan. La sal no sala y el azúcar no endulza. A propósito de la desaparición del ARA San Juan, varios periodistas se escandalizan estos días frente a inoperancias o gestos rústicos de la Marina como si se tratara de la Armada Francesa. Porque en eso nos convertimos los argentinos: en airadas señoras gordas que convalidamos silenciosamente el desmantelamiento y el prejuicio, y que ahora despertamos a la indignación y a la sorpresa. Tan humanos, tan progresistas.

Que los militares democráticos se profesionalicen y no paguen con su humillación la vieja culpa de los golpistas fue durante años una "preocupación de la derecha". Eso permitió que, como advierte Fabián Calle, un país con la octava superficie del planeta, con jurisdicción sobre una masa acuática en el Atlántico Sur que casi quintuplica su territorio continental, con la tercera reserva mundial de shale y gas y la cuarta de petróleo, y con capacidad de producir alimentos para 400 millones de personas, no pueda controlar sus riquezas naturales, defenderse de los piratas y depredadores, y ni siquiera cuente con posibilidades para patrullar su espacio aéreo. Lo políticamente correcto derrotó a la soberanía nacional (vaya paradoja) y esos mismos "humanistas", mientras atizaban un odio indiscriminado, intentaron resucitar el "partido militar" con un general acusado de atrocidades. Los argentinos alcanzamos el centro del sentido común sólo después de darnos porrazos entre los extremos. Así somos, así nos hundimos.

© La Nación

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