sábado, 23 de septiembre de 2017

LEGADO POLÍTICO / Huracanes

Por Carlos Ares (*)
Y al fin, todo lo que esperamos poco a poco será. Pero en el mientras tanto, nublados, acá estamos, tratando de dar un paso, luego el otro, y así. Un pie avanza, tiembla, tantea, ¿será verdad esta vez que el piso de la razón resiste? El otro pie se arrastra, se pone a la par. El torso, inclinado por el peso de la mochila de deseos, se endereza. Ahí vamos. Lentos, tranquilos. Evitando el ojo por ojo de la supuesta calma, reparando, colocando dedo por dedo, reclamando a la Justicia que los condene para quedar, al menos, mano a mano.

Somos parte de un cuerpo social amoratado por los incesantes azotes temporales de discursos alucinados. Latigazos de locura que se calientan al hervor de dogmas y consignas. Las voces de los fanáticos soplan siempre vientos asesinos. Recuerden. Aquí habló, y mandó a matar, López Rega. Aquí habló, y mandó a matar, Firmenich. Aquí habló, y mandó a matar, Videla. Aquí habló, y mandó a matar, Santucho. Aquí habló, y mandó a matar, Massera. Aquí habló, y mandó a matar –ya en democracia–, Gorriarán Merlo. Aquí desapareció, sin explicación, sin responsables, Julio López. Aquí desaparece todavía, sin explicación, sin responsables, Santiago Maldonado. Aquí hay, todavía, sin explicación, sin responsables, demasiada muerte rondando a mujeres solas, a pibes que vuelven de estudiar, a gente indefensa. Y se escuchan, todavía, demasiados discursos que justifican la violencia.

Es necesario ponerles cara y nombre a quienes, girando ciegos sobre sí mismos, provocaron desastres que dejaron un tendal de ruina y miseria. Seineldín, Aldo Rico, Cavallo, Menem, los Yoma, Spadone, Vicco, Ricardo Jaime, De Vido, José López, los millonarios dirigentes sindicales, Cavalieri, Barrionuevo, Pedraza, el Caballo Suárez, el Centauro Andrés Rodríguez, los Moyano, el “servicio de inteligencia de los militares” Gerardo Martínez.

La historia reciente debería contarse y medirse por la categoría criminal que alcanzaron y su capacidad de devastación. ¿Qué fue Aníbal Fernández durante casi 15 años en la política argentina? Aquí pueden ver, sobre un mapa de la provincia de Buenos Aires, a la altura de Quilmes, cómo se fue formando al amparo de Ruckauf y de Duhalde. Es, en principio, un típico puntero de la zona, un azote tropical que sopla y reparte dinero ajeno. Observen su desplazamiento. Se concentra, prófugo, en el baúl de un auto. Conspira en 2001, alienta los saqueos, llega al poder y a su paso se desatan el tráfico de drogas, el triple crimen y las mafias que se consolidan en toda la Provincia.

Basta con ver los territorios inundados para entender. Esto es lo que queda después de un Duhalde, un Aníbal, un Scioli, un Felipe Solá, todos fenómenos de altísimo poder en términos de destrucción de esperanzas. Casi como el Insfrán estacionado sobre Formosa desde hace tanto. Las pocas obras en pie al final de cada período de corrupción intensa se pagaron cinco, diez, veinte veces su valor. Ese estado de desolación dejan también los tremendos Alperovich, que atraviesan la realidad de Tucumán, o los Menem en La Rioja.

Hay una variedad de inclasificables dentro de estos desastres, como el imprevisto Boudou. Nadie lo tenía en cuenta. No daba ni para brisa y acabó siendo una poderosa ráfaga de mierda surgida desde las cloacas del poder. ¿A qué nivel de la escala mortífera deben considerarse los huracanes mesiánicos, activos y potentes demoledores de conciencias críticas que ocasionalmente se duplican y suceden en ciertas zonas del país? El caso de los Kirchner en Santa Cruz y los Rodríguez Saá en San Luis.

Nuestra naturaleza política es feroz. Pero aquí estamos cada día. De cara a lo que hay. Barriendo basura, mentiras, saltando los troncos dogmáticos caídos en los barriales, soportando el mal olor de la mugre que flota en las aguas de las denuncias, maldiciendo por su nombre a cada uno de los que dejaron su tendal de vidas sin vivir y así, haciendo pie en vaya a saber dónde, en qué amigo, qué hijo, qué mujer, qué padres, qué ejemplo, el cuerpo asoma, respira y, a pesar de todo, creemos en que lo que hacemos es lo que esperamos y en que, poco a poco, todo se verá más claro. 

(*) Periodista

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