martes, 1 de agosto de 2017

FOUCAULT COMO UNA OBRA DE ARTE

Michel Foucault: una vida con "una coherencia bella, con coraje y hegemonikon".
Por Luis Diego Fernández

"Foucault es Nietzsche 100 años después", dijo Tomás Abraham. Y es cierto.

El 25 de junio de 1984 Paul Michel Foucault -hijo de una burguesa familia católica de Poitiers- muere en París. En el hospital de La Salpétriére. Irónicamente, el establecimiento que había analizado brillantemente en la Historia de la locura. 25 años luego de su muerte muchas cosas se han dicho o escrito. Tal vez la constatación más evidente hoy -que las pasiones se han aquietado- sea que debemos estudiar el pensamiento de Michel Foucault. 

Su vigencia es radiante y radical -sólo basta ver el auge de la filosofía biopolítica italiana, todos herederos de su matriz de análisis. Y aún queda mucho Foucault por descubrir: de los 13 cursos de que dictó en el College de France solo han visto la luz 8; es decir, restan todavía 5 tomos por leer.

Quizá el mejor ejercicio para pensar a Foucault sea replicar su método en la Historia de la locura o el Nacimiento de la Clínica: pensar lo mismo desde lo otro. El "afuera" de la razón. O bien como se postula en Las palabras y las cosas -algo así como "La crítica de razón pura" del siglo XX-: viendo las condiciones de posibilidad de su existencia.

En principio, debemos decir lo que no fue Foucault: 1) Foucault no fue de izquierda -pese a una breve afiliación al PC parisino, esto queda claro-, 2) Foucault no fue ni un téorico del poder, ni un historiador, ni un sociólogo, 3) Foucault no pensó "el poder", 4) Foucault no fue un "posmoderno. Foucault fue moda o divulgación (periodistica), pero ya no lo es. Foucault fue apropiado por la "teoría literaria" y por los "estudios de género", pero ya no lo es. Resulta que Foucault, y hoy lo podemos ver claramente, fue, básicamente, un filósofo, y uno bien clásico. Un filósofo, al modo de los estoicos o epicúreos -y esto lo definió claramente su gran amigo Paul Veyne. Foucault siempre adscribió al proyecto inaugurado por Immanuel Kant -algo que queda registrado en el artículo del Diccionario de filósofos que el propio pensador escribió bajo seudónimo. Esto eso es un principio ilustrado, moderno: el estudio de las condiciones de posibilidad de conocimiento, en su caso, en el marco de una analítica de la finitud. Por otro lado, Foucault, contrariamente a lo que se cree, fue un filósofo de la subjetividad. El apotegma de la "muerte del hombre" lanzado en Las palabras y las cosas es la continuidad de la "muerte de Dios" nietzscheana. Pero esa "muerte" era la piedra de toque para pensar otra subjetividad, ya liberada del sueño antropológico de la modernidad. Foucault no fue un filósofo sistemático en sentido estricto, pero si observamos toda su obra linealmente podemos ver claramente dos períodos muy nítidos: 1) de 1954 a 1969, lo que se conoce como la fase arqueológica, 2) de 1969 a 1984, el período genealógico -que también puede desdoblarse en un tercer período final ético. Ambos con largas pausas en el medio. Tres períodos, tres libros centrales: Las palabras y las cosas (1966), Vigilar y castigar (1975), Historia de la sexualidad (1976-1984). Tres períodos, tres temas: 1) saber, 2) poder, 3) placer. A grandes rasgos, si en un su fase inicial Foucault desgrana lúcidamente el saber a través de los sistemas de enunciados -el archivo-, en la segunda, vemos la ligazón de ese saber -"verdad" histórica- en relación con la genealogía del poder, pero un poder productivo, un poder multipolar, que crece de abajo hacia arriba, un poder micro. Bien lejos de la lectura freudo/marxista del poder represivo y en manos de unos pocos. Será el propio filósofo quien nos diga que la lectura sistemática de Nietzsche lo despertó del "sueño dogmático" de las 3 H: Hegel, Husserl y Heidegger. Algo muy propio de la zeitgeistparisina.

La vida de Foucault fue una obra de arte. Como Sócrates, vivió una vida filosófica: con una coherencia bella, con coraje y hegemonikon. Consecuente con el principio que expuso en El uso de los placeres y La inquietud de sí, son célebres las anecdotas que se repasan en sus tres biografías más importantes -Didier Eribon, David Macey, James Miller: su dandismo, el Jaguar que manejaba en Suecia, sus experiencias sadomasoquistas en los saunas gay de California, el ácido en el Death Valley en 1975, su curiosidad por el budismo zen, su apasionamiento por la revolución iraní de Khomeini, sus batallas dialécticas con Jean Paul Sartre -"el representaba todo lo que yo odiaba"-, su amistad con Gilles Deleuze, su elegancia, su hedonismo, su derrumbe final a causa del SIDA. Pero más allá de las instancias biográficas, la distancia nos va a otorgar más plenitud para leer y colocarlo en el gran banquete de los filósofos como un clásico de la historia de la filosofía.

Es evidente: Michel Foucault fue, junto a Martin Heidegger y Ludwig Wittgenstein, el filósofo más grande del siglo XX. Y su legado sólo tenía un misión: hacernos más libres, mostrarnos que las cosas, las relaciones, nuestra identidad, es producto de determinadas circunstancias que siempre se pueden modificar, resistir desde "dentro". Y moldear nuestra existencia como marcas en la arena.

© Eterna Cadencia / Agensur.info

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