domingo, 9 de julio de 2017

Un planeta agrietado

Por James Neilson

Puede que haya algunos que creen que, si no fuera por la célebre grieta que tanto ha dado que hablar, la Argentina sería lo que políticos tan distintos como Néstor Kirchner y Mauricio Macri calificaron de un “país normal”. De ser así, se equivocan. En el mundo que nos ha tocado, no hay nada más normal que las grietas. 

Todo país significante tiene por lo menos una que es mucho más ancha y profunda que la versión local que, según los angustiados por las reyertas cotidianas, hace insoportables muchas reuniones familiares.

En comparación con las grietas que dividen a los norteamericanos, británicos y franceses, la que hace casi imposible un diálogo civilizado entre los kirchneristas más fanatizados y sus adversarios es muy poca cosa. La preocupación que ocasiona entre los biempensantes puede imputarse a la noción difundida de que, para prosperar, lo que el país tendría que hacer es superar sus “antinomias”.

Se trata de una aspiración que a través de los años han compartido, cada uno a su manera, militares, sindicalistas, peronistas, radicales y nacionalistas, pero que, por fortuna, les resultó inalcanzable. Si bien para funcionar una sociedad necesita contar con cierto consenso básico acerca de las reglas del juego, la virtual unanimidad con la que sueñan los asustados por las diferencias es propia de sistemas totalitarios.

A primera vista, las grietas que están proliferando no sólo en el mundo musulmán, donde son abismales, sino también en los países más ricos e influyentes son menos peligrosas que las de antes, cuando, con el apoyo fervoroso de intelectuales prestigiosos, comunistas, fascistas y nazis se proponían destruir las democracias pluralistas para reemplazarlas por sus utopías particulares en que no habría lugar para muchas diferencias.

Con todo, aun cuando los totalitarios no planteen una amenaza inmediata, saben que está aproximándose a su fin el prolongado período de armonía relativa que siguió al colapso del imperio soviético. En todas partes está intensificándose la sensación de que la democracia liberal – el “modelo” preferido de los tiempos que corren que se ha instalado en docenas de países a lo ancho y lo largo del planeta–, no ha sido capaz de satisfacer las expectativas presuntamente razonables del grueso de la población y que por lo tanto sería forzoso cambiarlo.

No viene al caso el que nadie haya logrado pensar en una alternativa claramente mejor, a menos que uno se sienta atraído por el sistema marxista-neoliberal improvisado por la dictadura china. Lo que importa es la frustración de quienes se sienten atrapados en un orden que no los favorece. Por ser el rencor el ingrediente clave de todas las rebeliones ideológicas contra el statu quo que tanto sufrimiento han causado, sería difícil subestimar la significancia de lo que está sucediendo en los países rectores. Al perder los europeos occidentales confianza en el orden que fue creado por sus antecesores, debilitan a quienes están procurando emularlos en sociedades cuyos dirigentes, con escasas excepciones, adoptaron hace poco la democracia por razones pragmáticas, por suponer que los ayudaría a resolver sus problemas más urgentes.

Cuando Raúl Alfonsín nos aseguró que “con la democracia se cura, se come y se educa”, olvidó agregar que tendrían que transcurrir muchos años antes de que tales promesas, que a su entender eran inherentes al orden político que con tanta pasión reivindicaba, comenzaran a convertirse en realidades, razón por la que el grueso de la población no tardó en sentirse tan defraudada que votaría por el regreso del peronismo, un movimiento cuya adhesión a los valores democráticos era, y sigue siendo, cuestionable. Puesto que de por sí la democracia dista de ser una panacea universal, en etapas problemáticas les resulta fácil a los autoritarios convencer a los insatisfechos de que el sistema los está privando de lo que en buena lógica debería ser suyo y que por lo tanto hay que descartarlo.

En la actualidad, los tentados a buscar atajos no previstos por las reglas democráticas incluyen a los reacios a permitir que ganen elecciones personajes como Donald Trump. Aunque tales progres no irían tan lejos como el caudillo venezolano Nicolás Maduro, el que hace poco juró estar dispuesto a defender la “revolución bolivariana” con las armas si resultaran insuficientes los votos, no ocultan su deseo de construir barreras institucionales para mantener bien separados el poder por un lado y la voluntad popular por el otro y de tal modo cerrar el camino a intrusos como el Donald. Es lo que hicieron los artífices de la Unión Europea, de ahí el escaso interés de los “burócratas de Bruselas” y sus aliados en llevar a cabo reformas destinadas a reducir el “déficit democrático” que, para indignación de los populistas, minimiza el riesgo de que el proyecto sea afectado por las veleidades de la plebe.

Detrás de todas las grietas se encuentran políticos ambiciosos que aprovechan en beneficio propio el rencor de quienes se creen, con razón o sin ella, víctimas de sociedades que son estructuralmente injustas. Fue merced a la exasperación de los muchos norteamericanos que se sentían despreciados por las elites costeras progresistas que, para estupefacción de los convencidos de que su candidatura no era más que una aventura publicitaria extravagante, Trump pudo mudarse a la Casa Blanca erigiéndose en lo que sus compatriotas llaman “el hombre más poderoso del mundo”. Una mayoría de los británicos optó por el Brexit al persuadirse de que abandonar la Unión Europea les permitiría liberarse no sólo de burócratas extranjeros que nadie eligió sino también de una actualidad decepcionante. Por los motivos parecidos, en Francia la nacionalista furibunda Marine Le Pen y el trotskista Jean-Luc Mélenchon sumaron más de cuarenta por ciento de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales que culminaron con el triunfo de Emmanuel Macron.

En la Argentina, el populismo mayormente peronista, cuya variante más agresiva y, hay que decirlo, más irresponsable se ve representada hoy en día por Cristina y sus adláteres, se alimenta del mismo malestar existencial que amenaza con desatar convulsiones sociopolíticas y económicas en los países líderes. Sin embargo, a diferencia de Estados Unidos y las potencias europeas que están saliendo de un largo período en que casi todos creían que para la mayoría el futuro sería mucho mejor que el presente, la Argentina ha experimentado más de medio siglo de fracasos dolorosos y por lo tanto podría ser menos proclive a confiar en quienes le ofrecen soluciones mágicas.

En sociedades pluralistas, las grietas suelen ser innocuas con tal que los partidarios de una alternativa determinada no se atribuyan el derecho a hacer uso de la violencia para obligar a los demás a aceptarla. Así las cosas, no sorprendería demasiado que las protestas cada vez más frecuentes protagonizadas por jóvenes resueltos a silenciar por los medios que fueran a personas acusadas de simpatizar con Trump, presagiaran una serie de disturbios callejeros masivos como aquellos de medio siglo antes, en tiempos de la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles de los negros, que provocaron un tendal de muertos.

La situación en Europa es aún más desalentadora, si cabe, que la imperante en Estados Unidos; el terrorismo islamista, el resurgimiento del nacionalismo y el creciente malestar socioeconómico, se han combinado para hacer una mezcla explosiva que en cualquier momento podría estallar. Hasta ahora, los europeos han hecho gala de un grado realmente extraordinario de tolerancia ante los ataques yihadistas, pero hay señales de que el clima está cambiando. Los italianos no quieren mantener abiertos los puertos para naves de rescate para que desembarquen más inmigrantes indocumentados, pero sus socios de la Unión Europea, encabezados por la vecina Austria que acaba de militarizar la frontera con Italia, se resisten a ayudarlos a manejar lo que para ellos es una situación límite. Los más intransigentes son países ex comunistas como Polonia, Hungría y la República Checa, que, aleccionados por la experiencia de Francia, el Reino Unido y Suecia, no quieren dejar entrar a los musulmanes.

Si bien en la Argentina no faltan encapuchados pertrechados de palos dispuestos a dar batalla contra policías y gendarmes, aquí el panorama es mucho menos inquietante que en los países que tradicionalmente han simbolizado la “normalidad”. La comunidad musulmana se estableció bien antes de cobrar fuerza el yihadismo en las tierras ancestrales, de suerte que son ajenos a los europeos los conflictos que están agitando y podrían tener un desenlace trágico. Aunque las estadísticas nos dicen que el estado de la economía nacional, y en consecuencia las penurias de quienes menos tienen, son llamativamente peores que en los países europeos más desarrollados, ayuda a conservar la paz social el que sean menos exigentes las expectativas del grueso de la población. No fue tan ridícula como muchos suponen la afirmación de Aníbal Fernández de que “en la Argentina hay menos pobres que en Alemania”; es mucho más denigrante ser pobre en un país riquísimo de lo que es en uno en que, según las pautas del norte de Europa, la mayoría está al borde de la indigencia.

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