martes, 25 de julio de 2017

¿Isabelita podrá contarnos lo bueno de no tener elecciones cada dos años?

Por Pablo Mendelevich
El último remedio mágico que se ha "descubierto" para que uno no se pase la vida votando a cada rato y los políticos no tengan que estar en campaña permanente consiste en suprimir las elecciones intermedias. Sólo es menearlo, no hay riesgo de que nos despierten una mañana con la buena nueva, porque para dejar de votar cada dos años se requeriría una reforma constitucional y de ella hoy nadie habla.

¡Qué idea revolucionaria, armar el cuarto oscuro sólo cada cuatro años! Lástima que ya está inventada. El tercer gobierno peronista, que llegó al poder el 25 de mayo de 1973 con Cámpora, siguió con Lastiri, continuó con Perón y desaguó en Isabel, funcionó bajo esa regla. Por eso en 1975 no hubo elecciones nacionales. Todos los mandatos habían sido unificados en cuatro años. Pero, bueno, nadie llegó a completarlos. Los mandatos fueron abortados al unísono el 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas tomaron el poder. Claro, aquel gobierno constitucional, con cuatro presidentes, la Masacre de Ezeiza, la guerrilla peronista combatiendo al gobierno peronista, la guerrilla marxista, la Triple A, López Rega y la piedra basal del terrorismo de Estado, seiscientos desaparecidos, el Rodrigazo y todo lo demás no constituye precisamente un modelo de institucionalidad ejemplar.

Si es por votar, la gente lo hizo en 1973 (para presidente dos veces) y debía volver a hacerlo en 1977 (si no se computa un tibio intento de Isabel Perón para adelantar las elecciones y celebrarlas -no se le ocurrió otra fecha mejor- el 17 de octubre de 1976). Digamos que la supresión de las elecciones intermedias no parece haber contribuido a mejorar las cosas. Ni para morigerar la violencia ni para limitar el poder autocrático de Isabel y López Rega, mucho menos para frenar la descomposición que les facilitó la tarea a los golpistas de 1976. En cuanto al origen de la regla, se trató de la Enmienda Lanusse, una reforma constitucional de facto que el tercer gobierno peronista acató. Más aún, la Constituyente de 1994, de mayoría peronista, que descartó una reposición de la venerada Constitución de 1949, tomó muchas ideas de aquella enmienda (por ejemplo, el ballotage -si bien con corte en 45 puntos-, el voto directo y los mandatos de cuatro años), no así la supresión de las legislativas intermedias.

A la luz de la experiencia 1973-76 algo olvidada -en el caso del peronismo olvidada con fervor-, la teoría que ahora se agita encuentra dificultades para verificar su eficacia. El propio presidente Macri se ha manifestado partidario de votar cada cuatro años de modo de no distraerse con campañas y consagrarse a "resolver los problemas de la gente". Pero para las generaciones que tienen tallado en sus arrugas el recuerdo agrio de más de una dictadura, para los millones de argentinos criados bajo la disyuntiva votos o botas, la acción de sufragar no fatiga, redime. O por lo menos reconfortaba cuando renació la democracia. El problema vino con los accesorios electorales, con las incrustaciones, sobre todo las PASO, ese agobio que suma a la contaminación proselitista la perplejidad del elector medio extraviado, a quien el Estado no le explica por qué está obligado a participar en internas de partidos que ni son partidos ni ofrecen internas. En general, las candidaturas ya fueron resueltas a dedo, como pasaba antes. Todavía no se sabe si las PASO son una primera vuelta que imita la elección ejecutiva, una onerosa encuesta nacional, un aperitivo o un simulacro.

Rápidos para hallar soluciones drásticas, muchos políticos, entonces, se hacen eco del hastío pedestre y sentencian: a las PASO hay que suprimirlas. ¿Y la selección de candidatos? ¿Y las internas? ¿Y el sistema de partidos que está en vías de extinción sin que ningún Greenpeace se estremezca? Esos detalles ya se verán a su turno. ¿Detalles?

Lo de la campaña permanente que aflige a los abolicionistas (aquellos que quieren pasar de que se vote tres veces por año a votar dos veces y media por década) en verdad no constituye un comportamiento relacionado con la inminencia de elecciones. Se sabe, es una teoría contemporánea sobre la forma de entender la política y la abonan unos y otros. Desde luego, no es lo mismo la campaña permanente para quien está en el poder que para el que quedó en el llano.

Una regla de oro recomienda impulsar cambios del sistema electoral sólo en años no electorales. ¿Por qué, entonces, se habla del tema en público cuando faltan semanas para ir a las urnas? Probablemente porque las encuestas registran desconfianza en el sistema y se busca descomprimir el descontento con promesas de cambio.

Promesas e imaginación: la vice presidenta Gabriela Michetti habló ayer de votar cada tres años, previa restitución del clásico mandato presidencial de seis. Algunos despotrican contra lo que con forzada familiaridad llaman, como en Estados Unidos, elecciones de medio término. Suena importante, pero habría que recordar que, lejos de ser costumbre, elecciones de medio término acá apenas tuvimos cinco (1997, 2001, 2005, 2009 y 2013), todas diferentes y con efectos posteriores para todos los gustos, incluida la caída de un gobierno (De la Rúa).

Por formato, las de 2017 a lo sumo reconocen un antecedente en las de 2013, primeras legislativas nacionales con PASO. En las ciencias sociales las series son muy apreciadas. No las series del tipo House of Cards, Lost o Narcos sino las de sucesos regulares que les permiten a los académicos estudiar los comportamientos políticos y sociales. Si no hay series, suelen decir, no es posible establecer patrones de conducta, hacer comparaciones, plantear previsiones, sacar conclusiones.

La vida institucional en la Argentina es escarpada y en eso nuestros políticos son coherentes: la siguen escarpando. Casi no tenemos series de nada, aparte de los problemas de medición en materia socioeconómica, luego de que el instituto de estadísticas fuera usurpado para borronear los números desagradables. Basta ver el reloj institucional (la última vez que se sucedieron tres presidentes distintos luego de haber cumplido con puntualidad los respectivos mandatos constitucionales fue en el siglo XIX). Lo políticamente correcto es describir a la democracia argentina como una rutina. Al fin y al cabo, cambiar las reglas sin descansar también puede ser una rutina, otra cosa es que así la democracia mejore.

© La Nación

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