martes, 21 de marzo de 2017

La terquedad presidencial (II)

Por Ernesto Tenembaum

El experimento económico y social que conduce Mauricio Macri atraviesa en estos días su momento más delicado. La imagen presidencial no encuentra su piso, la conflictividad social crece, el conflicto docente se extiende, casi no pasan cuarenta y ocho horas sin que numerosos grupos de personas protesten en las calles. 

Este contexto ha provocado que múltiples intelectuales y partidarios de Cambiemos denunciaran un plan de desestabiización contra el Gobierno, "un clima destituyente". En este escenario tal vez resulte un aporte, marginal e irrelevante por cierto, preguntarse cuánto de él se debe a un factor subestimado por el análisis político dominante: esto es, la evidente terquedad presidencial.

Puede sonar agresivo utilizar esos términos, pero solo para quienes no conocen una vieja historia. En inglés, la palabra terco se traduce como stubborn. El término stubborn conservative desde hace treinta años hace referencia, en teoría económica, a la necesaria terquedad de un Gobierno que quiere hacerse creíble. Solo que todo esto atrasa un poco. Desde hace años que los think tanks conservadores debaten sobre estas cosas, al punto que parece haber un consenso que, hasta el más terco de los tercos, debe al mismo tiempo ser inteligente. Hay textos clásicos donde se recomienda a los ‘conservadores obstinados’ manejar el déficit con opciones de tiempo inconsistentes. (http://isites.harvard.edu/fs/docs/icb.topic500592.files/Persson%20Svensson.pdf.).

La raíz del conflicto docente es un buen ejemplo para entender esta dinámica. El clásico River-Boca argentino divide las aguas, en este caso, entre quienes creen que los alumnos no tienen clase por culpa de Mauricio Macri o quienes están dispuestos a dar la vida, al menos en twitter, para demostrar que la culpa es de Roberto Baradel. Estos últimos tienen un punto fuerte: hay una evidente asimetría entre los motivos de la medida de fuerza -un aumento salarial- y el método para ejercerlo -un paro extenso, sin matices, que daña la educación pública y agranda la brecha con la privada-. Pero, ¿Macri no tiene nada que ver? ¿El stubborn conservative, no juega algún rol en la tensión actual y en los daños colaterales del conficto?

Un elemento central en la negociación es la oferta original del 18% a los docentes, o lo que diera la inflación de 2017. Ese número tiene un impacto que excede por mucho al mundo de la educación pública y se explica por una razón sencilla: el presidente del Banco Central, Federico Sturzzenegger, dispuso que en 2017 la inflación no debe superar el 17%, y por eso el Gobierno no puede dar más aumento. Así las cosas, parece ser que el Banco Central no solo recuperó la independencia perdida en la década pasada sino que ahora los roles se invirtieron: la Casa Rosada se somete a él. Pero todo es aún más curioso, porque esa resolución del Banco Central es acompañada por una sucesión de aumentos de tarifas dispuestas en otro lado y que dificulta aun más el cumplimiento de metas de inflación y de políticas salariales acordes.

Un Gobierno que hubiera prometido una reducción muy importante de la inflación entre 2016 y 2017, con cierto margen de ambigüedad, tendría hoy margen para negociar: ofrecer inicialmente el 18% y, tal vez, terminar en un 22. Y no está claro que eso sería malo para el país: se trataría de cambiar algunos puntos de inflación por otros de crecimiento. ¿Cual sería el terrible drama de bajar la inflación del 40 al 21 y no al 17?

Estas dudas no son latiguillos kirchneristas, progres o keynessianos sino que afligen el alma de muchos economistas cercanos al Gobierno, algunos de ellos funcionarios, que observan con perplejidad el crecimiento de una tensión innecesaria. Hay que ser un soldado, para no preguntarse -al menos eso, preguntarse- por qué esa cifra, el 17%, es inamovible y si no se trata de una de esas ideas absurdas que, cada tanto, se defienden como verdades bíblicas. Este es el marzo más caliente desde 2008, cuando otra Presidenta defendió como un dogma una curva de retenciones que era negociable. Sus partidarios se ponían rabiosos ante cualquier sugerencia de moderación. Ocho años después, totalmente fuera de contexto, la misma Presidenta asumió que fue un error. Cada cual debería hacer sus parecidos y diferencias.

A los especialistas en historia económica, les cuesta encontrar en tiempos recientes un país en el cual la inflación haya caído de un 40% a un 17 en solo un año. Sin embargo, esa utopía obliga a contener salarios, reduce el consumo, demora el crecimiento, empuja los gremios a las calles, reedita los clásicos enfrentamientos argentinos, contribuye a una dinámica en la cual los chicos pierden días de clase e, incluso, pone en cuestión las perspectivas electorales oficialistas.

Parece una cuestión de honor.

Negro el 17

Algo parecido ocurrió con los cortes de calles de la semana pasada. La sucesión es conocida por quienes están bien informados. En diciembre, luego de que los pronósticos sobre bonanza en el segundo semestre quedaron desautorizados, toda la dirigencia política acordó una ley de emergencia social, que debería asistir con $ 10.000 millones a los sectores caídos en la indigencia. Era dinero que llegaría a los barrios marginales, golpeados por los efectos de la política económica.

Esa ley fue aprobada casi por unanimidad y representó un momento de distensión con las organizaciones sociales. Cuando el miércoles, varias organizaciones sociales tomaron el centro, esa ley -votada por Cambiemos- no había sido reglamentada aun por el Presidente. Fue cuestión de segundos. Apenas el Gobierno se comprometió a reglamentar la ley, los piquetes se levantaron. Tal vez, de haberlo hecho antes, Patricia Bullrich no tendría hoy que fundamentar la necesidad de enfrentar cortes de calle con la policía. No solo eso: ese dinero, en las villas, hubiera sido reactivante.

La terquedad presidencial puede ser producto de una formación demasiado dogmática o limitada, una preocupante evidencia de inseguridad personal -todo es tan frágil que no conviene mover ni una ficha-, una cuestión de convicciones firmes, una tontería o una estrategia. En cualquier caso, lo cierto es que, en los últimos días, Macri intenta transformar el vicio en virtud. De repente, algunos de sus asesores sostienen, curiosamente, que el conflicto social puede ser un alivio y no un castigo para el Gobierno. "Hay una mitad de la población que, si tiene que optar entre los gremios que paran el país y nosotros, va a optar por nosotros. Estas situaciones galvanizan a favor y en contra. No necesariamente vamos a crecer en imagen o en aprobación, pero la percepción de un Gobierno asediado por un kirchnerismo irracional, nos va a favorecer". Tal vez tengan razón. O no. Pero esos razonamientos, una vez más, contribuyen a explicar el conflicto.

La terquedad se expresó también el sábado en uno de las mejores entrevistas que se le hayan hecho a un Presidente desde 1983. Cuando Mirtha Legrand le señaló que cometía muchos errores, Macri trató de explicar que hay errores de distinta magnitud. "No es demasiado grave equivocarse en cambiar la fecha de un feriado...", dijo. ¿Y dejar subir el dólar a 16 bajo el argumento de que eso no dispararía ninguna inflación porque los precios ya se calculaban a ese nivel del tipo de cambio? ¿Y hacerlo sin prever contingencias pese a que propios y ajenos le habían advertido lo que sucedería? ¿Y equivocarse al diseñar un plan económico duro con la convicción de que ello sería compensado por inversiones masivas, que no llegaron? ¿Y anunciar mal la eliminación del Ahora 12 provocando otro derrumbe en el consumo? ¿De qué magnitud son esos errores?

Ese añejo animal político llamado stubborn conservative, tal vez debería ser más preciso a la hora de aplicar su terquedad. Al lado de este problema, el así llamado golpe de estado kirchnerista parece ser uno de segundo orden, apenas una inoportuna reminiscencia de Carta Abierta.

Entre tanto, quizá los votantes de APTRA deberían ser más amplios y considerar la inclusión de Mirtha Legrand en la terna donde se postula al mejor periodista del año.

Está visto: a los 90 aún se pueden dar lecciones.

© El Cronista

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