domingo, 19 de marzo de 2017

Francisco cumple cuatro años

Por James Neilson
El papa Francisco, que ya está en el quinto año de su pontificado, sabe muy bien que proponerse modernizar una institución cuya autoridad depende en buena medida de su antigüedad entraña muchos riesgos. A juzgar por lo que ha hecho hasta ahora, cree que para lograrlo tendría que hacer pensar que está dispuesto a suavizar las enseñanzas de la Iglesia para que sean más simpáticas, pero sin ir tan lejos que el catolicismo termine convirtiéndose en una ONG benévola manejada por personas de convicciones fluctuantes. 

Lo que sí es evidente es que Francisco discrepa con el papa emérito Benedicto XVI que no oculta su convicción de que en una época tan confusa y tan hedonista como la nuestra, lo que la Iglesia necesita es más rigor.

El dilema que enfrenta el jefe actual de la Iglesia Católica no es nuevo. Desde hace dos milenios, todos los obispos de Roma han vacilado entre privilegiar lo mundano –en ocasiones lo hicieron con entusiasmo escandaloso–, por un lado y lo espiritual por el otro. Es por tal motivo que, al iniciar su gestión, los papas eligen llamarse por un nombre que refleja sus aspiraciones; Francisco se ha concentrado en presentarse como un hombre bueno comprometido con el amor universal, una empresa en que ha disfrutado de mucho éxito.

Es legítimo suponer que sus esfuerzos en tal sentido no hubieran contado con la plena aprobación de San Pedro, el primer papa según la tradición católica, que esperaba que la institución que fundaba sirviera como una roca firme en un mundo que en aquel entonces estaba tan convulsionado por tormentas como estaría en los dos mil años siguientes y que, tal y como están las cosas, no nos defraudaría en el futuro. Cuando Jesucristo le cambió el nombre al apóstol Simón Bar Jonás ordenándole continuar su obra, optó por uno griego que significa piedra. Aunque Benedicto XVI, es decir, Joseph Ratzinger, el papa número 225, coincidía con Pedro, ya que suponía que a la Iglesia Católica le convendría aferrarse a las presuntas verdades eternas que representaba, su sucesor Jorge Bergoglio entiende que sería mejor procurar adaptarse a los tiempos que corren aunque sólo fuera de manera superficial.

Como pudo preverse, la aparente flexibilidad papal le ha merecido el aplauso de una cantidad de progresistas no creyentes pero ha molestado a muchos fieles, comenzando con los de la curia romana, que son reacios a resignarse a lo que toman por relativismo. Lo que quieren son órdenes tajantes y claras que los ayuden a orientarse en el valle de lágrimas en que nos encontramos, no mensajes melifluos, para no decir “líquidos”, del tipo que suelen confeccionar políticos deseosos de congraciarse con los votantes en vísperas de una elección.

Si bien algunos siguen asegurándonos que es tan grande la autoridad moral de Bergoglio que, gracias a sus esfuerzos, el Vaticano se ha erigido en una auténtica potencia espiritual, la verdad es que su influencia real es escasa. Sus diatribas en contra del capitalismo, o sea, contra el único sistema económico que es capaz de producir los bienes que todos salvo un puñado de anacoretas quieren, sólo impresionan a aquellos populistas de izquierda que por lo común no soñarían con tomar en serio las pretensiones teológicas de la Iglesia. Asimismo, a muchos les parece perversa la prédica papal a favor de una política de fronteras abiertas para que decenas, tal vez centenares, de millones de africanos y asiáticos no cristianos se trasladen a Europa. La atribuyen a su adhesión a lo que los españoles llaman “buenismo”, el credo facilista de quienes están más interesados en llamar la atención a sus propias virtudes que en pensar en cómo atenuar problemas angustiantes sin provocar otros todavía peores.

Para aquellos cristianos, entre ellos muchos católicos, que aún sobreviven en países mayormente musulmanes pero que temen ser las próximas víctimas mortales de una campaña de limpieza religiosa despiadada que ya ha diezmado a muchas comunidades, de las cuales algunas se remontan a los primeros años del cristianismo, el pontificado de Bergoglio ha sido un desastre. Acostumbrados a estar rodeados de personas de valores muy distintos de los imperantes hoy en día en Buenos Aires o Roma, comprenden que es peor que inútil que el líder de la mayor confesión cristiana intente apaciguar a los musulmanes lavándoles los pies o invitando a algunos a vivir en el Vaticano, brindando así una impresión de pusilanimidad extrema. Algunos obispos en países como Siria e Irak, donde las matanzas sectarias son rutinarias, han protestado contra el silencio que imputan a Francisco, pero sucede que, como buen progresista, no quiere hacer pensar que está dispuesto a discriminar entre cristianos y musulmanes, lo que, por ser cuestión del máximo líder cristiano, es bastante raro.

A veces, Bergoglio se asevera atribulado por lo que dice es “la tercera guerra mundial en pedacitos” que según él ya está en marcha. Procura ubicarse por encima de las luchas así calificadas, asumiendo una postura de neutralidad emotiva. Con todo, se habrá dado cuenta de que a esta altura los llamados conmovedores a la paz no sirven para mucho. Por el contrario, en vista de que detrás de la conflictividad creciente que está agitando al mundo musulmán y, no lo olvidemos, al Oriente extremo, donde los norcoreanos amenazan con desatar una guerra nuclear contra Estados Unidos, Corea del Sur y el Japón, está la sensación de que las potencias occidentales se han vuelto tan ensimismadas que ni siquiera están preparadas para defenderse, ha sido negativo el impacto psicológico del pacifismo pontifical. De haberse familiarizado más con la historia reciente no sólo de ciertos países europeos y latinoamericanos sino también del resto del mundo, entendería lo riesgoso que es limitarse a ver todo a través del prisma occidental.

Para Bergoglio, un hombre de cosmovisión peronista, la llegada inesperada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha planteado un gran desafío. Aun cuando, luego de un comienzo tumultuoso, El Donald se conformara con ser un presidente republicano normal, al papa le sería difícil manejar la relación con el multimillonario neoyorquino, pero comprende que cometería un error imperdonable si cayera en la tentación de sumar su voz al coro que lo está denunciando con la esperanza de que sus compatriotas pronto encuentren la forma de desalojarlo de la Casa Blanca. Mientras tanto, el santo padre tendrá que conformarse con pronunciar las ambigüedades principistas que son su especialidad, lo que a buen seguro decepcionará a los muchos admiradores laicos que están festejando las reformas aperturistas, mayormente verbales ya que en términos concretos ha cambiado muy poco, que ha ensayado para conformar a los hartos de la dureza de la Iglesia frente a los considerados pecadores sexuales.

Desgraciadamente para la Iglesia Católica, entre los pecadores se hallan muchos sacerdotes, obispos e incluso arzobispos que, cuando se creían impunes, aprovecharon la autoridad que les brindaba su condición para violar a jóvenes. Si bien Bergoglio, lo mismo que sus antecesores inmediatos, jura sentirse asqueado por la pederastia clerical y se afirma resuelto a sancionar a los culpables, algunos referentes de la lucha contra los abusos, como la irlandesa Marie Collins que hace poco abandonó la comisión correspondiente formada por el Vaticano, lo critican por su resistencia a hacer del tema una prioridad. Le convendría cambiar de opinión; en los tiempos últimos, nada ha contribuido más al desprestigio de la Iglesia Católica que los centenares de casos de pedofilia que se han denunciado y, más aún, el encubrimiento de los violadores por parte de sus superiores que los han tratado no como los delincuentes que son sino como enfermos merecedores de compasión.

De todos modos, aunque la popularidad de Bergoglio, basada como está en su estilo campechano porteño y su capacidad para actuar como si fuera un hombre común, un cura de barrio buenísimo a quien no le gusta demasiado llevar ínfulas, complace a los demás jerarcas católicos que entienden que en una edad en que las comunicaciones se han hecho ubicuas e instantáneas la imagen de una institución determinada depende mucho de la personalidad pública del jefe de turno, a muchos les preocupa lo que creen es su propensión a maniobrar como si fuera un político populista. Consciente del riesgo así supuesto, Bergoglio se resiste a desempeñar un papel visible en el melodrama argentino. Como no pudo ser de otra manera, le ha incomodado mucho la voluntad indisimulada de ciertas facciones locales de tratarlo como el líder natural de la resistencia al macrismo, pero puesto que el Gobierno es partidario del capitalismo liberal que según Bergoglio es responsable de casi todos los males que sufre el género humano, no le será dado impedir que los líderes de las protestas callejeras hagan flamear la bandera papal. No es que los piqueteros, kirchneristas, sindicalistas y otros quisieran reemplazar la devoción al “dios dinero”, que muchos adoran con fanatismo, por la contemplación de “la vida eterna” como quisiera el Papa, pero parecería que a sus seguidores más humildes les reconforta suponer que cuentan con el respaldo del todopoderoso.

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