lunes, 6 de marzo de 2017

Crisis, reclamo social y caradurismo político

Por Gustavo González
Corren tiempos complicados para ella. Conserva buena imagen, pero los docentes amenazan con horadarla poniendo en vilo, una vez más, el comienzo de clases. Y en el medio, la marcha convocada por la CGT.

Ella dice estar cansada de sentirse “rehén” de los docentes (“No puede ser que cada año sea un parto el inicio de clases por la discusión salarial”), y carga contra el ausentismo de los maestros “que van cada muerte de obispo (al trabajo) o agarran cuanta licencia tienen a mano”. 

En relación con los reclamos de la CGT, ya había arremetido contra sus líderes asegurando que “no representan el interés de los trabajadores”.

En fin, Cristina Fernández estuvo muy enojada en los últimos años de su mandato con la central obrera en general y con los docentes en particular. En una de las últimas huelgas, hasta instó a sus fieles a usar una remera que decía “Yo no paro”.

Hoy los tiempos siguen complicados, pero ella ya no gobierna la Argentina.

De hecho, les indicó a sus seguidores que, en lugar de ir a alentarla a Tribunales el próximo 7 de marzo, mejor vayan a la marcha cegetistaconvocada para protestar por la situación económica, el mismo reclamo de base que le hacían a ella cuando estaba en la Casa Rosada.

¿Qué cambió en tan poco tiempo para que ahora Cristina y muchos líderes peronistas pasen de criticar los reclamos sindicales a acompañarlos con fervor patriótico?

Hay múltiples respuestas, pero la más simple y directa es que hace unos meses ellos estaban en el poder y ya no lo están. El peronismo suele desafiar la máxima aristotélica de que no se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.

Los peronistas K (esa mutación del PJ que sucedió al menemismo) podrían responder con Nietzsche que no hay nada más hipócrita que pretender no serlo, pero lo que dicen no es eso, sino que durante la década ganada era injusto hacer paro y ahora es necesario para frenar un modelo económico que genera pobreza.

El de la pobreza es un tema delicado para el kirchnerismo porque, como se recuerda, en los últimos años el Indec había dejado de medir ese índice. Seguramente, dado que en el relato de la revolución kirchnerista no había pobres, no tenía sentido que el Indec gastara tiempo y recursos en andar midiendo lo que no existía. De hecho, la última medición K data del segundo semestre de 2013 y mostraba que en el país había sólo 4,7% de pobreza. Que fue lo que llevó a Aníbal Fernández a afirmar que había menos pobres que en Alemania.

Por lo tanto, cuando se estudia la curva de la pobreza nacional, al llegar a la década ganada es necesario completarla con fuentes privadas.

Las cifras oficiales del país dicen que la pobreza fue creciendo desde los 70 (en el 74 era del 8%) con picos durante la hiperinflación de Menem (más del 40%) y la salida de la convertibilidad (alrededor del 50%). Con Néstor Kirchner tocó un piso del 25% entre 2006 y 2007. Luego se pierden las estadísticas del Indec y quedan estudios como los de la UCA, que indican que Cristina Kirchner entregó su gobierno con el 29% de pobres.

A mediados del año pasado, la misma UCA señalaba un incremento que llevaba la línea al 32,6%, algo más que el 32,2% que marcó el nuevo Indec en septiembre.

Con estas cifras, el kirchnerismo tendría la base para decir que la suba de más de tres puntos en el índice de pobreza es inadmisible y es el contexto que justifica que se haya pasado de repudiar las marchas de la CGT y los paros docentes a alentarlos.

Claro que detrás de esos tres puntos hay familias que sufren la falta de condiciones dignas de vida, pero llama la atención que muchos de los que critican fueron parte de quienes dejaron el gobierno con el 29% de pobres. Lo hicieron tras gobernar casi 25 de los últimos 27 años. El 92% del período.

La realidad se complica un poco más cuando la mayoría de los sindicalistas que antes eran criticados y ahora son apoyados por el peronismo también son peronistas que votaron a peronistas durante esos 25 años.

Es que, para bien y para mal, la Argentina hizo al peronismo y el peronismo hace a la Argentina.

Pero en cualquier caso, es muy difícil argumentar que el justicialismo no tuvo algo que ver con la producción de pobres y marginales y explicar su actual indignación de observador neutral frente a la grave situación social.

No se trata de unos versus otros. Esa falsa grieta sobre la que bailan, cómodos, kirchneristas y macristas y la parte de la sociedad adiestrada en los debates intelectuales. Se trata de millones de personas que se quedaron afuera del sistema y pierden las esperanzas de volver a ingresar.

Ellos ni tienen tiempo de indignarse por el caradurismo político de unos o la incapacidad de otros, ni les importan las chicanas, la levedad de los jueces ni el oportunismo electoral.

Porque para los millones de pobres que la Argentina arrastra desde hace décadas hay una sola gran grieta: la que separa a los que tienen más comida que apetito de los que tienen más apetito que comida.

© Perfil.com

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