sábado, 31 de diciembre de 2016

Dos batallas homéricas con final incierto

Por Jorge Fernández Díaz
¿Saben cuál es el colmo de un experto internacional en seguridad y delito? Venir a Buenos Aires y que le roben la billetera en un Starbucks. Y luego sufrir un verdadero calvario por distintas comisarías tratando infructuosamente de que le reciban la denuncia. Sucedió hace unos días, la especialista tiene estatus diplomático y es la máxima representante de un organismo regional de primer nivel: venía a interiorizarse sobre el estado de las cárceles bonaerenses, la performance de la policía cordobesa y la situación de la inseguridad ciudadana en la Argentina.

Un descuidista le birló la billetera en un café, y ella estuvo horas y horas en dos seccionales porteñas rogando que tomaran registro del episodio: los oficiales no tenían sistema y pretendían configurar (enmascarar) el asunto como un simple "extravío". La mujer no consiguió su propósito, y la respuesta oficial fue finalmente paradigmática: "Esto ya no es la Federal, señora, ahora quéjese con el gobierno de la ciudad".

Esta pequeña anécdota no sólo revela la célebre negligencia argentina, sino también las tensiones subterráneas que persisten a raíz del traumático traspaso de veinte mil policías al ejido de Rodríguez Larreta: hay disgustos larvados y tal vez un cierto trabajo a reglamento, y el alcalde está obligado moral y políticamente a subsanar con la mayor rapidez ese malestar y esa peligrosa desidia. Curiosamente, la tasa de homicidios descendió a la mitad en Flores, zona caliente donde dos motochorros mataron a un chico de 14 años y los vecinos pidieron a viva voz la inmediata remoción de los responsables policiales. Esa noche sucedieron algunos hechos significativos. Un grupo de barrabravas intentó copar la comisaría señalada y produjo destrozos y golpes de puño, para horror de los propios manifestantes. Y algunos medios kirchneristas se regocijaron bautizando el triste evento como "una pueblada". El Poder Ejecutivo investiga ahora quiénes eran y a quiénes obedecían aquellos provocadores violentos e intimidantes. La apocalíptica cobertura, por su parte, perdió algo de vigor cuando los lacerados habitantes del barrio, después de clamar por la presencia de funcionarios de la Nación, comenzaron a lanzar diatribas contra las complicidades policiales con la delincuencia, contra los narcos de la villa 1-11-14 y contra la justicia de puertas giratorias. Algunos de ellos trataban a Mauricio Macri de blando, pero fustigaban los conceptos troncales de una administración kirchnerista que facultó, en el curso de doce años, el autogobierno mafioso de las fuerzas, la penetración masiva del tráfico y consumo de drogas, el paradójico retiro del Estado de la jungla del crimen, y la consagración de las teorías abolicionistas del inefable doctor Zaffaroni. Algo parecido ocurrió con la tragedia de Mataderos; la viuda del hombre inocente que murió por una bala policial dijo, transida de pena: "Opté por el cambio y el cambio no lo tengo". Frase que regocijó, en principio, a los tiburones cristinistas. El problema es que, a continuación, la mujer reclamó "pena de muerte", medida comprensible pero inaceptable que dejó mudos a los amplificadores. Me refiero a ese mismo izquierdismo trucho y vocinglero que perpetró un vergonzoso apagón de cifras desde 2008, que pretendió tratar la inseguridad como una mera sensación, que negó hasta último momento el boom del narcomenudeo y que consideró el miedo callejero como una "preocupación de los ricos".

Lo contrario de la mano fofa y permisiva con la violencia no necesariamente debe ser la mano dura de los apremios y el gatillo fácil. Nuestro país podría muy bien aspirar a lo que funciona en otras muchas latitudes: una mano firme, legalista y eficaz. La seguridad, como tantos otros asuntos de la vida, no es de izquierda ni de derecha. Esas categorías ideológicas, que en el mundo pierden fuerza (hoy la gran lucha es entre neonacionalismos y repúblicas), se han transformado en verdaderas taras de nuestras elites. Perezosas supercherías de quienes aquí fulminaron la palabra "progresismo", dejaron inermes a los ciudadanos de a pie frente a las balas, son indolentes con la megavenalidad de Estado y protegen a líderes sociales que se corrompen y matonean. Para este cardumen, recortar gastos inexorablemente es "reaccionario", salvo cuando se lo denomina "sintonía fina". No aceptan la necesidad lógica de hacer sustentable la economía nacional, y endeudarse para no recortar les parece, a su vez, un acto nefasto y noventista. Después de denunciar durante un año un ajuste fiscal que la Casa Rosada se negó a producir (para decepción de los monetaristas), anunciaron la primicia mundial de que Nicolás Dujovne venía a aplicar por fin el ajuste "salvaje", extraña forma de tratar la noticia: se lanza cuando no existe y se vuelve a lanzar cuando se la sospecha inminente. Durante doce meses afirmaron que la gradualidad no existía, y en estas semanas se alarmaron por "el fin del gradualismo". Prat-Gay pasó de ser un personero del capital financiero, a un socialdemócrata keynesiano y caballeresco aunque sin duda equivocado. Y Dujovne fue caracterizado como un militante de la ortodoxia, cuando pertenece a una familia dividida a partes iguales entre radicales y desarrollistas.

Un método perverso hace que quienes fundieron el aparato critiquen a quienes lo desarman para arreglarlo, bajo la incuestionable verdad de que provisoriamente el dispositivo empeoró y a veces no funciona. Esto sucede con las finanzas y con las policías: ordenarlas produce en lo inmediato trastornos graves y muchos desperfectos. Los adictos que dejan los estupefacientes o el cigarrillo al comienzo se sienten mucho peor que antes; ametrallar por ello al médico y a los enfermeros no parece muy sensato. Pero claro, la sensatez se perdió hace rato en estas pampas. Cuando el Teatro Colón permanecía cerrado para sus refacciones, esto constituía la evidencia total de la desaprensión por la cultura. Mientras las laboriosas obras se prolongaban, el gobierno de la ciudad estaba destruyendo el patrimonio lírico de la Nación. Cuando lo reinauguró, era la prueba palmaria de que únicamente le interesaban los refinados gustos de la oligarquía.

Una cosa son los prejuicios de la mala fe y otra es la realidad crítica: Cambiemos no ha demostrado todavía que sus terapias puedan ser exitosas y que el aparato dañado vuelve a funcionar. El estancamiento es un laberinto lleno de dudas y de números negros, y una asignatura ardiente: la partida de Alfonso Prat-Gay no puede leerse como un simple problema de egos, sino como la admisión callada de que el tren no ha cobrado velocidad a pesar de las maravillosas profecías del Excel. Y es también evidente que Rodríguez Larreta, en el otro andarivel, no ha hecho carne todavía un dato de magnitud: es ahora el conductor político de ese multitudinario ejército lleno de mañas y vicios que reclamó para sí y que hoy requiere un liderazgo de envergadura. El alcalde tendrá la obligación, como cualquier gobernador sensible, de consolar personalmente a las víctimas y dar la cara en los asuntos policiales. No podrá esquivarle al bulto y esconderse en el Metrobús. Nadie debería lealmente responsabilizarlo por la enfermedad, pero sí por los remedios. Y su flamante policía tiene serios problemas. La experta internacional en seguridad y delito recuperó finalmente sus documentos: no se los devolvieron los uniformados que la pusieron a parir, sino un simple muchacho que se los encontró en la calle.

© La Nación

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