sábado, 22 de octubre de 2016

Trump, el ‘bad hombre’, y el fin de Estados Unidos

Por Diego Fonseca

Sinteticemos el futuro con el pasado reciente: en los tres debates presidenciales, Hillary Clinton acabó calmada y saludando al público, mientras Donald Trump culminaba una nueva rabieta escoltado solo por su familia en los fondos del proscenio, un marginal en exposición.

En el último, Clinton mantuvo la horma institucional con un discurso controlado, consciente de que un presidente juega su imagen con cada palabra y gesto. Trump, para quien no hay mayor autoridad que su testosterona, llevó la deshonra al extremo: después de mentir, conspirar e insultar sin filtros, dijo que si pierde la elección presidencial del 8 de noviembre, ya sabrá el diablo si acepta el resultado electoral. El hombre que ha insuflado ánimos a miles de deplorables es capaz de escupir sobre el sistema democrático y, tal vez, salirse con la suya (God bless America).

Dos Estados Unidos estaban claros antes del primer debate y dos quedaron retratados en piedra y para la historia tras el último. Trump es el producto de un extenso y amplio fracaso del sistema político e institucional de Estados Unidos, del mismo modo que Clinton es uno de sus más acabados —e imperfectos— productos. Quien gobierne los próximos cuatro años, y por mínima supervivencia planetaria esa debiera ser Hillary, dirigirá la mayor democracia del mundo en un equilibrio tan delicado que caminar sobre la cuerda floja entre dos rascacielos parecerá el inicio del entrenamiento.

Los Estados Unidos de Clinton aún pueden sostener la promesa. Con todas sus fallas, Clinton está preparada para gobernar. El tamaño de su victoria determinará la profundidad de sus reformas en salud, migración, banca y educación, pero, en cualquier caso, habrá proyecto: una nación con una narrativa orientadora, un destino. Nada de eso significa que gobernará con comodidad: Clinton será votada a ceño fruncido, negada por una porción perniciosa de la sociedad y estará vigilada por votantes que piden cambios significativos de gestión pública en Washington. Aun así, es la última herramienta y esperanza de que el sistema político pueda corregirse a sí mismo y continuar el trabajo de Barack Obama en la modernización y liberalización de sociedad y cultura.

Los Estados Unidos de Trump, en cambio, son un rugido, Sauron –como el personaje de J. R. R. Tolkien en El Señor de los Anillos— o un llamado al combate: el fin de una nación tal como la conocíamos.

¿Puede haber paz tras su siembra de uvas de ira? ¿Cómo se desmovilizan millones de votantes furiosos a quienes ha hecho todo por convencer de que, si no triunfa, es porque hubo fraude? Trump como candidato no ha sido capaz de elaborar propuestas y es improbable que su gobierno sea más que una peligrosa improvisación. Pero sería ingenuo creer que después de la posible derrota de Trump terminará la rabia. Los Estados Unidos no eran perfectos, pero ahora lo son menos, pues han demostrado que un ignorante jactancioso puede llegar a centímetros de la presidencia. Trump ya hizo del mundo un lugar peor. Sus imitadores no tardarán en tomar impulso.

En los ocho años que van del Tea Party a Trump, el Partido Republicano perdió el presente y enajenó su futuro. La ignorancia y el desinterés por comprender un mundo más complejo crearon un nuevo actor político en Estados Unidos, incapaz de lidiar con las instituciones, que demanda soluciones determinantes e inmediatas y no tiene respeto por ideas distintas al American Way of Life del dominio blanco del siglo XX.

Ese nuevo actor político, un votante iracundo, es la bestia que Trump soltó y que merodeará al gobierno de Clinton. No quiere diálogo: quiere obediencia y acción. Trump ha hundido los cimientos del primer partido de la derecha racista europea en el continente americano, un tercio del electorado que supone a Estados Unidos dominado por los agentes locales de una oscura conspiración global. Ese nativismo recargado de xenofobia y odio racial obligará al Partido Republicano a la búsqueda de una nueva alma como una derecha moderna capaz de ofrecer propuestas económicas inteligentes. ¿Tomará una, dos generaciones?

No: los Estados Unidos de la democracia liberal no existen más. Están desafiados por una sociedad hipertensa. La promesa del Sueño Americano es una pesadilla negra. La educación pública, regida por los estados y no el gobierno federal, está afectada por serios problemas de calidad formativa y presupuestaria. El modelo de salud parece diseñado para matar de estrés financiero a las familias; los bancos, los millonarios y Wall Street tienen una gran vida sin responsabilidades sociales; millones de personas trabajan demasiado duro en pos de una promesa que no se cumple.

En América Latina sabemos cómo la frustración es caldo de cultivo para aventuras autoritarias. La polarización política mina los lazos societarios y en nada de tiempo —Argentina, Venezuela, Ecuador, sume y siga— ya no hay acuerdos mínimos y la barranca se hace cercana. Muchos de nuestros presidentes han actuado como políticos de trinchera antes que estadistas: cuando debían curar heridas, hundieron el dedo en la llaga.

Clinton —la probable, necesaria presidenta— puede demostrar que se preparó a conciencia. Es el adulto en la sala capaz de reeducar al kindergarten de Trump. No es simple: deberá ocuparse del país, y, en esa misión, ayudar a que la oposición recupere el centro, curándose del veneno del agente naranja. Para beneficio de todos y sobre todo como antídoto al odio en los Estados Unidos.

Diego Fonseca es escritor argentino que actualmente vive en Phoenix y Washington. Es autor de "Hamsters" y editor de "Sam no es mi tío" y "Crecer a golpes".

© The New York Times / Reproducido por Agensur.info con la debida autorización

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