lunes, 10 de octubre de 2016

Mauricio Macri y el papa Francisco juegan al ajedrez

Por Román Lejtman
A mediados de marzo de 2014, el Papa recibió una llamada desde Londres. Era la Reina de Inglaterra, que tenía que contarle una intimidad a Su Santidad. Francisco atiende el teléfono y sonríe complacido por el pedido de Isabel II. La Reina no quería caminar mucho por los laberintos del Vaticano y le había propuesto hacer su encuentro de estado en un lugar sin escaleras y con pocos pasillos que recorrer. 

Francisco aceptó la sugerencia y ordenó que la cita se hiciera en Il Fungo (el hongo), un estudio cercano al Aula Pablo VI que ya utilizó con Raúl Castro y François Hollande. En ese lugar, con escaso protocolo y quizás una sonrisa, el Papa recibirá al presidente Mauricio Macri, que activó todos los canales políticos y diplomáticos para evitar un nuevo desencuentro con Francisco.

Nunca la relación entre Macri y Jorge Bergoglio fue fluida. No se trata sólo de una mirada diferente sobre el mundo y sus circunstancias. No conectan y sus entornos han hecho poco para suavizar una relación que ya escapó a los límites de la Capital Federal y sus tertulias políticas. Este choque de culturas y gestos seculares tuvo su puesta en escena cuando el Papa recibió al Presidente en la Biblioteca del Palacio Apostólico. Fueron 22 minutos que ninguno de los dos olvidará.

Desde ese momento, los entornos hicieron su faena. Jaime Durán Barba y Gustavo Vera se transformaron en cruzados que soslayaron la alta política y la diplomacia para promover una oleada sinuosa que superaba los puentes que se intentaban construir entre la Casa Rosada y el Vaticano. Fue una época oscura, plagada de conspiraciones y malos entendidos.

A principios de julio, la relación empezó a encarrilarse, tras una conversación reservada que Macri tuvo con Francisco desde Bruselas. El Papa lo había elogiado en una nota publicada en La Nación, y el Presidente devolvió las gentilezas antes de partir a Berlín, adonde tendría una cumbre con Ángela Merkel. "Estoy feliz, se acabaron los chismes y los chismosos", le comentó Macri a este periodista, cuando le preguntó sobre la nota y su llamada al Vaticano.

Pero el Presidente no acertó. Hubo una nueva crisis diplomática causada por la donación fallida a Scholas Occurrentes, y una nueva ola de "chismes y chismosos" que operaban a los dos lados del Océano Atlántico, desnudando así la ausencia de un back channel que una a Olivos con Santa Marta. Ni Macri ni Francisco tienen un correo secreto –fiable y entendido- que comunique, alerte y aconseje en momentos de compleja situación política.

Sin embargo, como ambos jefes de Estado conocen el giro de sus entornados, ya se mueven con cautela frente a hechos que parecen un nuevo casus belli. Y esa cautela primó cuando llegó a Buenos Aires la información que aseguraba que el Papa no visitará la Argentina en 2017. Las explicaciones de Francisco –lógicas si se conoce de diplomacia—fueron presentadas como un nuevo gesto de frialdad ante Macri y su administración pública, que tiene una cercana relación con la Comisión Episcopal y un puñado de obispos que escriben y hablan todos los días al Vaticano.

"No podía venir, ni aún después de las elecciones en la Argentina", se atajó un obispo, cuando le pregunté sobre el anuncio de Francisco.
–¿Por qué?
–Por Chile. Hay elecciones y el Papa no viene sólo a la Argentina. Siempre se incluye Uruguay y Chile. No había forma. En diciembre, tiene que estar en Roma. Por razones obvias.
–¿Hay ruido de nuevo?
–Vos sabés que no. No habla Durán Barba, no habla Vera. Los extremos contenidos, y la línea diplomática hablando el mismo idioma. Todo está mejor que en febrero.

Francisco y Macri juegan al ajedrez a la distancia. El Presidente irá con su familia y ya no propone una fría relación protocolar. El Papa respondió con un escenario más distendido y aguarda el momento de subir sobre sus rodillas a Antonia, la hija menor de Mauricio y Juliana Awada. La audiencia fluirá, y su tiempo será un detalle menor, si se cree en la información que se filtra en Balcarce 50 y el Vaticano.

Por ahora, es una cuestión de fe.

© Infobae

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