lunes, 17 de octubre de 2016

Día de la Lealtad, sin líder ni hoja de ruta

Por Pablo Mendelevich
Por primera vez en su historia el peronismo celebra hoy el llamado Día de la Lealtad sin líder ni hoja de ruta. Se lo puede decir de otra manera: el primer 17 de octubre fuera del poder después del gobierno más largo que haya habido desde Rivadavia no encuentra al peronismo ni muy unido ni tan disperso, más bien en transición hacia un posicionamiento y una organicidad todavía inciertos, con el sueño común de retomar en algún momento el poder. 

Recuérdese que es también inédito, desde que existe el peronismo, que no gobierne un peronista, ni un radical, ni un militar. Lo que está en veremos, justamente, es el tipo de oposición que se consagrará a partir de las dos corrientes actuales, la negociadora y la intolerante.

Esta indefinición general del movimiento creado en 1945 paradójicamente parece inocular más fervor que otros años a la gran efeméride. Más actos, quizás, más solicitadas y, sobre todo, más dispersión discursiva. Un poco es desquite. Cuando mandaba, Cristina Kirchner entronizaba a su difunto esposo, no a Perón ni al 17 de octubre ni a la Marchita ni al bombo. Ella oscilaba entre un ideologismo de autor -el cristinismo, que no pasó de La Cámpora- y un peronismo con Perón ninguneado y Evita "setentizada" y robusta. Literalmente: la hizo esculpir gigante dos veces para ponerla en el edificio de Obras Públicas con la estética del Che Guevara de la Plaza de la Revolución, mientras ignoraba la ley (no una, hay dos leyes) para hacerle de una buena vez un monumento a Perón. El desenlace fue digno de Esopo: por fin el monumento lo impulsó y lo inauguró, hace un año, Mauricio Macri.

Hay constataciones de que por entonces el liderazgo principal del peronismo lo ejercía Cristina Kirchner, a la sazón el presidente argentino que mayor poder concentró. Con su dedo índice ella lo puso a Daniel Scioli (antes de las PASO que su propio gobierno había inventado para profundizar la democracia) de candidato presidencial. El gobernador perdió, aunque consiguió un decoroso segundo lugar, salvo en la cultura victoriosa del peronismo, donde suele considerarse a la derrota prima de la traición y se tiene la vé dibujada con dos dedos como un acto reflejo frente al fotógrafo. El hecho de que el tercero también fuera peronista - Sergio Massa - no refuta el liderazgo cristinista, que de modo indirecto quedó registrado en las urnas. Y que se desmoronó ni bien ella volaba a Río Gallegos en un avión de línea y Macri se hacía cargo de la fiesta de la sucesión y, lo que es más importante, del Estado.

Muerto Perón, varias veces coexistieron líderes peronistas diversos (Cafiero y Saadi en los ochenta, Menem y Duhalde en los noventa, Kirchner y Duhalde hacia 2005, entre otros), pero la situación actual es diferente: no hay líder principal. Ni siquiera asoma uno. Entre las frases más repetidas en los actos de hoy está la que dice que "hay que volver a Perón". Se sobreentiende, al primer Perón. A falta de definiciones, emociones, evocaciones.

El 17 de octubre está relacionado con el más puro verticalismo peronista. Pese a algunos esfuerzos historiográficos, en 1945 Eva Duarte aun no tenía actuación política pública. Le cupo a Cipriano Reyes, no a Evita, un papel fundamental en el armado de aquella jornada histórica.

Pero al considerar la fecha como fundacional, el peronismo sí rinde homenaje a la verdad. Ese miércoles la concentración en Plaza de Mayo de un sector social marginado que nunca antes había accedido a la cosa pública (ni había pisado la Capital) marcó un hito, que se coronó cuatro meses después cuando, contra los pronósticos en boga, el coronel Perón le ganó por 9,89 puntos porcentuales a la Unión Democrática.

La parte menos rigurosa de la historia de ese día sacralizado por el peronismo no es esa sino la que se refiere a un Perón que le hizo frente al gobierno de facto a favor de la clase obrera. Interpretación que no explica cómo fue que a las once de la noche, cuando la multitud llevaba horas en la plaza pidiendo por Perón, éste apareció en el mismísimo balcón de la Casa Rosada junto con el general Farrell, quien presentó a su amigo y camarada con el mejor talante. Le cedió el micrófono al "hombre que supo ganar el corazón de todos". Farrell era el presidente de la Nación, aunque el peronismo nunca lo llamó dictador como a los presidentes de otras dictaduras, beneficio tal vez atribuible a que hasta diez días antes del 17 de octubre Perón había sido su vicepresidente. Además de ministro de Guerra y secretario de Trabajo. Hombre fuerte e ideólogo, incluso, de la segunda dictadura, la llamada Revolución del 43.

Los hechos que desencadenaron la trascendente jornada del 17 arrancaron el día que Perón cumplió 50 años, 8 de octubre de 1945, cuando renuncia a los cargos. Sólo se entienden a partir de la superioridad intelectual y política de Perón respecto de sus pares, sumidos en divisiones y desconciertos frente al manejo que él hacía de las masas y ante su ostensible capacidad para subyugarlas. Los desencuentros castrenses lo llevaron a Martín García y luego lo sacaron de Martín García, so pretexto de que la humedad del Delta le había deteriorado la salud.

Entre 1946 y 1955 el 17 de octubre fue feriado nacional. Ya que la verdadera importancia de los hechos se refiere al ingreso de las masas marginadas en la historia, es extraño que el nombre que le pusieron a la jornada no aluda a semejante proeza sino a los códigos internos del movimiento peronista. Se supone que la lealtad es al líder. Es decir, a lo que ahora el peronismo busca para encarar una nueva metamorfosis.

© La Nación

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