domingo, 25 de septiembre de 2016

El país más normal

Por James Neilson
Extraño destino el de la Argentina. Luego de décadas de brindar la impresión de ser un país resuelto a depauperarse por razones que fronteras afuera nadie entendía, se ha dotado de un gobierno comprometido con un ideal que es llamativamente prosaico: la normalidad. Según Mauricio Macri, en adelante la Argentina respetará las reglas de la llamada comunidad internacional, comportándose como los países serios, pero sucede que ya no hay ninguno que merecería calificarse de “serio” o “normal”.

Aun cuando Hillary derrote a Trump en las elecciones presidenciales, Estados Unidos continuará sufriendo una severa crisis de identidad que lo mantendrá paralizado, mientras que en Europa, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España, Suecia, Holanda y los demás parecen estar en vísperas de cambios traumáticos. En todos lados, distintas variantes del populismo avanzan con rapidez. Los más pesimistas prevén una etapa acaso larguísima de estancamiento generalizado que atribuyen al cortoplacismo que es la característica más notable de los gobiernos democráticos actuales. Es como si el mundo entero estuviera argentinizándose.

Así las cosas, habrá sido un acierto por parte de los macristas elegir “la normalidad” como su objetivo prioritario. En una época tan problemática como la nuestra en que muchos sienten nostalgia por lo que hasta hace poco creían permanente pero que, para su desconcierto, resultó ser una ilusión pasajera más, a la Argentina le conviene ser considerada una especie de isla de sobriedad en que, para la envidia ajena, viejos principios recién desenterrados han recuperado su vigencia. También le conviene a Macri. Lejos de perjudicarlo, su propio estilo un tanto pedestre, nada pretencioso y despojado de sutilezas, lo ayuda. A diferencia de muchos otros líderes latinoamericanos, parece tener los pies firmemente puestos sobre la tierra, lo que, en tiempos movedizos en que la inestabilidad propende a generalizarse, es toda una ventaja.

En las semanas últimas, Macri ha podido aprovechar una serie de oportunidades para difundir un mensaje muy sencillo; la Argentina se ha curado del mal populista y está por reanudar la marcha ascendente que interrumpió hace más de medio siglo para ir en busca de atajos. Después de la reunión del G-20 en Hangzhou, vino el “mini-Davos” en casa, o sea, en el Centro Cultural Kirchner, seguido por una visita triunfal a la bolsa de Wall Street, donde fue recibido con aplausos, varios encuentros con medios financieros influyentes británicos y estadounidenses, una sesión con Bill Clinton y sus amigos –lo que podría ocasionarle algunos disgustos si en noviembre gana el Donald– y, para rematar, el discurso de rigor, por fortuna breve, que pronunció ante la Asamblea General de la ONU, en que tocó muchos temas que son caros a la progresía occidental. Habló escuetamente del cambio climático, la igualdad de género, pobreza cero, los derechos humanos, la convivencia pacífica, lo enriquecedora que es la diversidad y, claro está, el desafío planteado por los refugiados “de Siria o de sus países vecinos”, además de una alusión, para consumo interno ya que en el exterior hay muchos conflictos que son un tanto más significantes, a lo bueno que sería solucionar “amigablemente” el problema casi bicentenario de las Malvinas. Dice que la primera ministra británica Teresa May está dispuesta a iniciar conversaciones en torno al asunto.

Macri ya ha logrado convencer a los poderosos del mundo de que no es Cristina. Es algo, pero para que sirva para desencadenar la avalancha de inversiones con la que sueña, sería necesario convencerlos de que la Argentina ya no es el país que, durante doce años, se arrodilló dócilmente ante el kirchnerismo, tolerando con ecuanimidad un nivel de corrupción realmente extraordinario y permitiendo que personajes como Guillermo Moreno y Axel Kiciloff manejaran la economía de tal modo que la llevaban hacia una catástrofe equiparable con la provocada por los chavistas venezolanos.

Para frustración del gobierno macrista, muchos inversores en potencia se resisten a creer que en los meses últimos la sociedad argentina haya experimentado una metamorfosis milagrosa. Aunque saben que la mayoría ha reaccionado con estoicismo frente a los intentos por restaurar un mínimo de orden, sospechan que sólo se trata de un intervalo, después del cual todo volverá a la deprimente normalidad local. El escepticismo que sienten puede entenderse. Son conscientes de que en cualquier momento los temibles sindicatos peronistas podrían rebelarse contra “el ajuste”, como suelen hacer toda vez que hay un intruso en la casa de Perón. Asimismo, el que un “moderado” con aspiraciones presidenciales como Sergio Massa haya propuesto suspender las importaciones por algunos meses les habrá brindado motivos suficientes como para postergar por un período similar las decisiones concretas que tendrían en mente, mientras que no les habrá impresionado gratamente la actitud asumida por la Corte Suprema ante el tarifazo energético.

No sólo en Nueva York, sino también en otras localidades en que los líderes políticos se congregan con la esperanza de formar relaciones que, andando el tiempo, podrían resultarles beneficiosas, Macri se ha esforzado por ubicarse en el centro del mapa ideológico al expresar opiniones muy parecidas a las reivindicadas por Barack Obama acerca del cambio climático, según ambos “el desafío más grande de la humanidad”, y los refugiados mayormente musulmanes que están huyendo de los conflictos salvajes que están desgarrando Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen y Libia, con repercusiones dolorosas en otras partes del mundo islámico.

Sin embargo, en Estados Unidos y Europa sectores ciudadanos cada vez más amplios se resisten a compartir tales prioridades progresistas, en buena medida porque las soluciones propuestas costarían muchísimo dinero sin que haya garantías de que tendrían los resultados deseados, o, como en el caso de los inmigrantes, documentados o no, por suponer que tendrían un impacto muy negativo en la vida de los crónicamente rezagados. Para algunos, combatir el cambio climático requeriría el desmantelamiento de buena parte de la industria moderna y, como acaban de recordarnos los atentados islamistas en Nueva York, New Jersey y una ciudad de Minnesota, mientras que es lindo hablar de convivencia multicultural, en ocasiones la realidad puede ser muy fea.

Cuando Macri habla de la eventual recepción e integración social de refugiados procedentes del Oriente Medio y, es de suponer, África del Norte, piensa en la asimilación exitosa de las comunidades sirio-libanesas que tanto han contribuido al país, pero mucho ha cambiado en el transcurso de las décadas últimas. En el pasado no muy lejano, los únicos interesados en el fanatismo yihadista eran historiadores especializados; en la actualidad, preocupa mucho a todos los gobiernos, incluyendo a aquellos que, como el estadounidense, insisten en que no hay vínculo alguno entre el “terrorismo internacional” y un culto religioso determinado.

Pues bien: asegurar que entre los acogidos por el país en el marco del programa esbozado por Macri no haya topos islamistas, como aquellos que ya han perpetrado atrocidades en Europa, no sería nada fácil. Tampoco lo sería encontrar a familias sirias que sinceramente preferirían un futuro argentino a uno alemán o sueco. Mientras que muchos refugiados querrían esperar hasta que haya terminado la confusa guerra civil para entonces regresar a su país natal, razón por la cual se resisten a distanciarse demasiado de Siria, otros podrían ver en la Argentina nada más que una vía de acceso a Estados Unidos o el norte de Europa. Si bien no hay motivos para creer que Macri sólo haya pensado en los eventuales beneficios que le reportaría congraciarse con el establishment occidental, la verdad es que sorprendería que muchos refugiados, o los emigrantes económicos que se las han arreglado para engrosar las filas de quienes están trasladándose a Europa, optaran por probar suerte en la Argentina.

Macri y quienes lo rodean no se equivocan cuando dan por descontado que el país debería de verse beneficiado por la voluntad evidente de sus homólogos de otras latitudes de tratarlo como el hombre que está liderando una revolución anti-populista en América latina. Todo CEO sabe que una buena imagen vale muchísimo dinero, razón por la que tantos países gastan miles de millones de dólares o lo que fuera para mejorar la propia. Pero, huelga decirlo, desde el punto de vista de los empresarios y financistas que podrían decidir el éxito o el fracaso del proyecto macrista, la imagen de la Argentina no depende sólo de la impresión dejada por el jefe de Estado en los cónclaves internacionales. A menos que la economía pronto levante cabeza lo bastante como para privar a los revoltosos, y a políticos más habituados a sacar provecho de las dificultades que a procurar atenuarlas, de pretextos para declarar terminado un experimento a su juicio exótico para entonces proclamar la necesidad de resucitar el orden corporativista y populista ya tradicional, Macri será recordado como un “liberal” extranjerizante que cometió el error imperdonable de intentar diluir las sacrosantas esencias nacionales.

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