domingo, 11 de septiembre de 2016

Cambiemos, ante su máximo desafío: la mafia

Por Jorge Fernández Díaz
En algunos templos católicos y evangélicos hay cadenas de oración por su vida, y cientos de mujeres humildes le piden al paso que se cuide, la besan y le estrechan la mano: "Cuando la abro, muchas veces encuentro un rosario", dice ella, reconfortada e inquieta. Durante la campaña electoral, esas mismas mujeres le explicaban que estaban muy agradecidas por los planes sociales del kirchnerismo, pero también que aquel insumo les resultaba insuficiente, sobre todo si luego a sus hijos los asesinaban en las calles, caían en la droga o ingresaban en el narco.

Ese inconformismo dramático y popular, tan difícil de entender desde los razonamientos pequeñoburgueses de Palermo Progre, cambió precisamente la historia: empujó el triunfo de Vidal, derrumbó la corporación peronista y le prestó el sillón de Rivadavia a Mauricio Macri. La secuencia demuestra algo que tal vez la coalición gobernante no ha internalizado: fue votada principalmente para combatir a las mafias. El macrismo y sus socios radicales tienen especialistas de altísimo nivel en macroeconomía, pero carecen de la misma cantidad y calidad de expertos en materia de seguridad y en lucha contra el crimen organizado. Podemos intuir que, por imposición de la realidad internacional y por algunas impericias propias, la recuperación tardará y desdichadamente no será explosiva. Es muy probable que el macrismo sea juzgado entonces por un tema de agenda para el que no se ha preparado muy bien y que sólo ha encarnado plenamente la dama en peligro por la que rezan los pobres en las parroquias del conurbano.

La gran pregunta es: ¿de qué hablamos cuando hablamos de mafia? Y la respuesta todavía produce escozor y una cierta incredulidad: en los últimos treinta años, la Argentina fue consolidando progresiva y silenciosamente una cultura mafiosa y violenta, cruzada por el tráfico, la coima y el delito amparado; un fenómeno de mil cabezas unificado por el Estado, ese preciado botín, ese gran articulador de bandas internas y externas. La caricatura reduce la mafia a los distribuidores de drogas peligrosas; la inseguridad, a la pobreza extrema, y la corrupción, a los cristinistas encausados. Pero se trata de un régimen mucho más complejo. Hay un vínculo directo entre mafia, corrupción, inseguridad y déficit fiscal. "La mafia es mafia por sus relaciones con los políticos", aporta el sociólogo e historiador italiano Francesco Forgione, que conoce nuestro país porque somos uno de los principales exportadores de cocaína del mundo, y el presidente Macri acaba de revelar que Abad y Gómez Centurión descubrieron una sobrefacturación de 14.000 millones dólares. Por supuesto que no es lo mismo un narcopolicía que un funcionario coimero, pero se trata de dos criaturas de la misma cadena alimentaria: ambas fabrican dinero ilícito, lavan en las mismas cuevas y utilizan el refugio estatal para uso privado, algo que fue tolerado y protegido por el otrora gran partido de poder. Arriba cunde entonces la cleptocracia, y abajo hay gente haciéndose su agosto o mirando para otro lado. Son un ejército de ocupación con miles y miles de generales, sargentos y reclutas. Y el Estado como organización está infestado por esa milicia orgánica: la nueva administración tendría que hacer tantas denuncias judiciales que esa tarea le consumiría toda la energía y el tiempo; no habría horas para gobernar ni para dormir. Existen personas probas y eficientes en la función pública, pero llama la atención la cantidad impresionante de ventanillas armadas para el robo, oficinas dedicadas al financiamiento partidario, entramados históricos y bien aceitados, y múltiples redes de venalidad en las que participan jueces, fiscales, espías, policías, sindicatos, laboratorios. Y empresarios eminentes, algunos incluso que se rasgan las vestiduras pidiendo "reglas de juego claras" y después sobornan burócratas sin el menor escrúpulo. Báez y Jaime sólo son la punta del iceberg, un pedacito de hielo con una montaña oscura y abismal que acecha bajo la superficie. "El Estado estaba loteado -admitió Macri el lunes-. Vialidad, por ejemplo, se transformó en un ámbito dominado por una mafia."

Los nuevos habitantes de la gestión pública se sienten de algún modo usurpadores: la fuerza política que prohijó esta catástrofe pudo gobernar en parte gracias a su capacidad para pactar, administrar y a veces servirse de las prácticas mafiosas. Los comisarios corruptos de la bonaerense esperan todavía que Vidal se rinda y pida una tregua, como hicieron tantos antecesores, y que les devuelva la autonomía de los negociados a cambio de una paz ficticia. Tantas veces escucharon la siguiente frase: "Hacé lo que quieras, pero no me pidas plata y no me incendies el distrito". Muchos de esos comisarios a lo largo de su carrera han visto hocicar a los machos alfa, y decenas de cabecillas del paco van presos (se duplicó el decomiso), pero de inmediato son reemplazados por otros jefes: la distribución no se cortó y, por lo tanto, el comercio sigue produciendo una renta extraordinaria. "No lucho contra un grupo de personas, sino contra un sistema", dice la dama de los rosarios, que no sólo combate a la policía corrompida y a sus socios narcos, sino también a los carteles de la obra pública y de los proveedores truchos, a las mafias penitenciarias y a otros rebusques millonarios: el "rey del juego clandestino" fue allanado la semana pasada en Morón por un grupo de élite; le encontraron 15 sobres con más de 770.000 dólares, confesó que eran para la policía y se quejó porque "el poder político anterior nos dejaba actuar" (sic).

La gran duda que asalta a Vidal en la alta noche es si la sociedad tendrá la paciencia necesaria para una mutación de largo aliento. Porque si prima la tentación cortoplacista, volverá a tomar las riendas la Asociación Parches y Purgas, y habrá de nuevo improvisación constante y la falsa creencia de que más cámaras y patrulleros solucionarán este problemita, y entonces continuarán subterráneamente los usos y costumbres que hacen posible la extorsión, el miedo, la adicción y la muerte. La gobernadora admite que cuenta con algo a favor: los intendentes del nuevo peronismo ("renovado" y renovador) han depuesto, en esta materia inflamable, sus tensiones y discrepancias, y la están acompañando en su guerra personal.

La conflictiva provincia de Buenos Aires no está aislada; situaciones endémicas y similares perviven en muchos otros conurbanos del país. Por eso el gobierno nacional debería liderar de algún modo esta perestroika, que aún no ha comenzado. Los servicios de inteligencia siguen produciendo todos los días acontecimientos turbios y sospechosos, perviven en la Justicia bolsones de deshonestidad y connivencia, y más allá de algunos planes no aparece todavía un programa integral. El sugestivo desplazamiento de Gómez Centurión en medio de una maniobra opaca, y el inexplicable bochorno de los 250 kilos de pseudoefedrina "encontrados" en Ezeiza sugieren que el Ministerio de Seguridad, la AFI y la Aduana no sólo no actúan en línea, sino que participan en presuntas internas de una gravedad inusitada. Esos tres organismos son cruciales para la batalla contra los gangsters de camisa y corbata, y este escándalo conspira, por lo tanto, contra la imagen de Cambiemos, algunos de cuyos gerentes tienen más vocación para los números que para la limpieza. Les convendría recordar aquella vieja sentencia de Joan Báez: "Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella".

© La Nación

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