jueves, 4 de agosto de 2016

LOS FILÓSOFOS DEL FÜHRER

Hitler, como siniestro malabarista, creó un corpus filosófico que justificó el régimen nazi

Por Jaime Fernández-Blanco Inclán

La revolución nacionalsocialista que terminaría convirtiendo Alemania, y con ella a media Europa, en un páramo humeante, consiguió atraer para sí a algunas de las figuras más importantes de la filosofía alemana, a la vez que tomó elementos del pensamiento de las mentes más privilegiadas de su cultura.

Hitler, como un siniestro malabarista, tomó lo que quiso de los filósofos más importantes de su patria, dando como resultado un cóctel explosivo, destinado a darle la justificación moral y teórica en la que sustentar su régimen.

Una de las bases del pensamiento de Hitler era la violencia. La fuerza como motor del mundo, el miedo como arma de dominación. Hitler otorgó a la violencia un carácter moral: la gente desea el miedo. Desea un líder fuerte que personalice ese miedo, que les guíe y les inspire la emoción que desean, respeto. Sus ideas se basaban en ese supuesto: la existencia de un guía para seres inferiores que dictara el destino de una nación y la filosofía se convirtió en la puerta de entrada para la nazificación de la sociedad.

Hitler no era estúpido. Su interés por la filosofía era meramente contextual. Se trataba de una herramienta con la que educar a las masas en la ideología nacionalsocialista. Se vio a sí mismo como el filósofo líder, una mezcla de teórico, organizador y ejecutor que llevaría, por fin, a Alemania al puesto que le había designado la historia. La filosofía sería el bastón que le ayudaría a llevar a la práctica el sueño retratado en Mein Kampf: El dominio del mundo por parte de la raza aria.

Las influencias

Hitler no fue un hombre excesivamente cultivado. Sus lecturas eran parciales y tenía tendencia a abandonar libros y autores si no los comprendía o no se adecuaban a sus ideas. Por ello, no puede juzgarse a los siguientes pensadores como ‘protonazis’ a pesar de su papel.

Durante su ‘nazificación’ personal, uno de los filósofos que más influyeron a Hitler fue Immanuel Kant (1724-1804). El de Königsberg se alzaba como el filósofo más importante de la historia de Alemania, el más grande moralista de la ilustración. Kant, el príncipe de la razón, era un hombre de la modernidad que renegaba del dogmatismo y las ideas preestablecidas del pasado, que consideraba supersticioso y lleno de prejuicios. Asociaba eso con el irracionalismo, lo cual iba intensamente relacionado con las nociones caducas de la religión, especialmente la más antigua de todas: el judaísmo. Como dijo en La religión dentro de los límites de la razón: “El judaísmo no es propiamente una religión, sino una simple unión de una masa de hombres de una determinada tribu”. Si el más grande filósofo de Alemania cargaba contra los judíos, Hitler tenía una legitimación para hacer lo mismo. Así, del filósofo tomó el líder nazi sentencias aisladas que influirían profundamente en su pensamiento.

No fue el único pensador que mostró reticencias hacia los judíos. Paul Lagarde (1827-1891), el erudito bíblico alemán, retrató a los judíos como un grupo social similar a una vulgar fulana: una panda de oportunistas que solo eran alemanes cuando les venía bien, siendo extranjeros si podían sacar algo de ello. Consideraba su mera existencia incómoda y abogaba por que no se les permitiera vivir con los alemanes. Teorías que también casaban con otro grande del pensamiento alemán, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), que no veía otra manera de otorgar derechos cívicos a los judíos que “cortarles a todos la cabeza y reemplazarlas por otras nuevas, de manera que no quedara una sola idea judía”. También aportó otros principios, como sus fuertes valores militares y la idea de que los alemanes eran un pueblo excepcional, digno de ser preservado sobre los demás.

Su continuador, G. W. F. Hegel (1770-1831), aportó otro granito de arena: “El templo de la razón es más sublime que el templo de Salomón. Ha sido edificado racionalmente, en absoluto a la manera de los judíos”. Relegó a los hebreos fuera de la civilización. Una raza inferior con un dios inferior. Por si fuera poco, también ofreció otra idea que casaba a las mil maravillas con los sueños del joven de Braunau am Inn: el progreso humano nace del conflicto, y es necesario un estado fuerte que sea capaz de afrontarlo.

El triunvirato nazi

Pero los tres pilares que sustentarían al nacionalsocialismo eran, sin duda, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche y Charles Darwin. De ellos se valdría el caudillo nazi más que de ningún otro.

Schopenhauer fue uno de los primeros filósofos que abogó por la voluntad como elemento superior a la razón humana, una idea que compartió con Nietzsche y que era tremendamente atractiva para Hitler. Más aún, antisemita declarado, escribiría: “Ahasverus, el judío errante, es la personificación de la raza judía (...) en ningún lugar en casa y en ningún lugar extraño (...) afirmando su nacionalidad judía tenazmente, viviendo parasitariamente en otras naciones. La mejor manera de poner fin a esta tragicomedia consiste en matrimoniar al judío con el gentil de manera que en poco más de un siglo no sepa dónde está su morada”.

La gran influencia filosófica de Hitler fue, sin embargo, Nietzsche, al que leyó profusamente durante su estancia en la prisión de Landsberg, tras el Putsch (Golpe) de 1923, en el que los nazis trataron de tomar el poder por la fuerza. Ambos tenían muchas cosas en común: disfrutaban de la soledad y sentían que eran diferentes, especiales; a los dos les había marcado a fuego la experiencia de la guerra (de un modo positivo) y compartían adoración por la filosofía de Schopenhauer y el romanticismo de Wagner. No es de extrañar que, antes de tomar el poder, Hitler visitara con asiduidad el museo de Nietzsche en Weimar, donde la hermana del filósofo, Elizabet, daba con gusto acceso a los archivos allí guardados al futuro líder de Alemania.

Pero la unión explosiva vino de sus concepciones filosóficas. Contra la frialdad de la razón, Nietzsche proponía el poder de las emociones y la imaginación, un elemento creativo hecho de fuerza. Además, Hitler tradujo el amor del filósofo por la cultura antigua, que él adaptó a la raza aria y los mitos paganos nórdicos. Como Nietzsche, odiaba el cristianismo por ser una religión de débiles, promoviendo una filosofía basada en la fortaleza y el dominio. El ubermensch, el “caballero blindado con la mirada fija”, sería el ideal que trataría de emular Hitler, un caudillo que acabara con la democracia y pusiera en marcha el ideal nietzscheano: un mundo de perfección, alejado del igualitarismo, donde los más fuertes aplastan a los más débiles. Hitler reinterpretó el superhombre con la raza aria. Una tergiversación que resultaría fatal para la historia.

Y si Nietzsche y compañía dieron las alas teóricas que necesitaba Hitler para formar su discurso, las enseñanzas prácticas y científicas que le permitirían defenderlo se las dio Charles Darwin. El naturalista inglés y su idea de la selección natural fue todo lo que necesitaban los nazis para sustentar moralmente sus actos, claro que antes habría que darles el punto de vista adecuado. De esto se encargaría Ernst Haeckel (1834-1919), quien interpretó las tesis de Darwin para la nación alemana. En su obra Los enigmas del universo, defendía que todas las ventajas evolutivas habían sido consecuencia del conflicto, la lucha y la supremacía de los más aptos, que identificaba, obviamente, con la raza germana. Ahí se forjó su obsesión por la pureza de esta y su defensa de la eugenesia, la muerte de los más débiles o imperfectos, para preservarla. No es de extrañar la admiración de Haeckel por la antigua Esparta, que eliminaba a aquellos recién nacidos que no fueran 100% sanos. Otro alemán que adaptó las tesis evolucionistas de Darwin al nacionalismo alemán fue Friedrich Karl Gunther (1891-1968), autor de El caballero, la muerte y el diablo. La idea heroica, obra en la que refunda el romanticismo pagano alemán, dándole la forma del ‘nacionalismo biólogo’ que tanta influencia tendría en organizaciones nazis como las SS de Heinrich Himmler.

La lista de filósofos de los que tomó ideas Hitler incluye a otros, como Ludwig Feuerbach (1804-1872), quien consideraba a los judíos como irracionales y primitivos, o Julius Langbhen (1851-1907), que los consideraba directamente veneno, y como tal defendía tratarlos. No obstante, Hitler no podía basarse solo en frases y posturas de filósofos antiguos. Necesitaba otra cosa: su propio equipo de filósofos actuales, que vendieran su idea y la convirtieran en realidad.

Los colaboradores

El número de filósofos que se adhirieron a la causa nacionalsocialista es amplio, cerca de unos cincuenta intelectuales, por lo que nos ocuparemos aquí solo de la crème de la crème.

Hitler tenía un objetivo claro: encontrar una filosofía que conceptualmente arrasara la democracia y creara un nuevo estado identificado con el ideal nazi. Su mentalidad tóxica y violenta debía ser transformada en una idea filosófica, y encontró un personaje inestimable para ello, Alfred Rosenberg, un intelectual y fanático nacionalsocialista en la misma línea de Hitler con una ventaja añadida: un carácter frío pero débil, perfecto para ser dominado por el Fürher. Al igual que Hitler, Rosenberg había dedicado sus estudios a filósofos antisemitas y que defendieran una idea de Alemania como nación superior, especialmente influenciado por el pensador inglés nacionalizado alemán, Houston Stewart Chamberlain, y cuando se le dio el control del Völkischer Beobachter, el periódico oficial del NSDAP, asumió su papel como filósofo-jefe de la Alemania nazi.

Rosenberg se encargó de elaborar una lista de filósofos protonazis que incluían desde las lecturas tempranas de Hitler hasta Platón y Homero, así como el darwinista social Wilhelm Marr, autor de La victoria del judaísmo sobre el teutonismo. Rosenberg se lanzó con pasión a la creación de una religión de ‘sangre aria’, sosteniendo que Jesucristo era miembro de un enclave nórdico en Galilea que había luchado contra los judíos. Así, dio a luz El mito del siglo XXI, código ideológico del nazismo junto a Mein Kampf. Elaboró teorías como la ‘escala racial humana’, que situaba a negros y judíos en lo más bajo y a la ‘raza suprema’, los arios alemanes, en lo más alto, seguidos de arios nórdicos y británicos.

Sin embargo, Rosenberg no estaba solo. Contó con la ayuda inestimable de Ernst Krieck, pedagogo que escribió El primer nazi: manual oficial para la educación de la juventud hitleriana, en el que la raza es el aspecto definidor del ser humano, y la contaminación de esta, especialmente judía, la mayor amenaza.

Los nazis sabían que había que pulir aún más su filosofía. Un conjunto filosófico-científico podía ser enseñado, pero necesitaba de unas leyes que lo sustentaran, y esta responsabilidad llegó a las manos de Carl Schmitt, un filósofo del derecho de gran prestigio internacional que, si bien se mostró muy crítico con el NSDAP antes de su llegada al poder, sufrió una abrupta conversión en 1933, quizá viendo una oportunidad de escalar socialmente.

El nazismo había dado a su ideología todo lo que necesitaba: un cuerpo legal, teórico, científico y práctico con el que moldear la mente de la sociedad alemana, pero ciertamente todos los referentes del nazismo eran alemanes y, salvo excepciones, totalmente desconocidos en el extranjero. Hitler no podía permitirlo. Encontraría un auténtico Übermensch de la cultura que fuera un referente mundial, que hiciera brillar el nacionalsocialismo de Alemania al mundo.

El supermán del nazismo

Martin Heidegger era la gran promesa de la filosofía alemana, y ahí radicaba su utilidad. Un hombre diferente, con una filosofía diferente. Había sido el abanderado de Edmund Husserl, el filósofo más importante de los últimos años en Europa y catedrático de la Universidad de Friburgo, con una fama de sabio y un poder de seducción sobre los estudiantes como no se había conocido antes. El “mago de Messkirch” llenaba aulas y su obra Ser y tiempo (1927) le había aupado a lo más alto de la filosofía internacional. Un hombre misterioso de mirada profunda y penetrante cuya filosofía era romántica, nueva y refrescante. Esa combinación era exactamente lo que Hitler buscaba.

Heidegger se afilió al NSDAP el 1 de mayo de 1933, en una ceremonia desmesurada en la que se comprometió a “la construcción de un nuevo mundo intelectual y espiritual para la nación alemana” y considerando la nazificación de las universidades como “la tarea nacional de más alto rango”. Tres semanas después, el autoproclamado “Führer de la vida académica” era nombrado Rector de la Universidad de Friburgo y se puso alegremente a la tarea, poniendo en marcha los Decretos de Baden, que expulsaban a todos los elementos no arios de las instituciones alemanas. Eso incluía a su antiguo amigo, Husserl, que perdió su condición de emérito. Heidegger rompería todo contacto con él.

La relación de Heidegger con el nazismo es curiosa. Glorificaba a Hitler, con el que compartía su nacionalismo, su pasión por la naturaleza, sus críticas a la modernidad, etc. Pero en otros aspectos era la antítesis de un nazi. Mantuvo una relación prolongada con una judía, Hannah Arendt, y hasta la llegada del nazismo mantuvo colaboraciones y amistades con famosos judíos. Ciertamente no era una actitud que sostendría un nazi convencido. ¿Era un simple oportunista o realmente compartía aspectos de la visión hitleriana del mundo? Lo cierto es que, si bien abandonó el rectorado un año después al sentir que había sido ‘usado’ en cierta manera, continuó siendo miembro del partido y su fe en Hitler se mantuvo intacta.

El peso filosófico

En la destrucción de los viejos valores y la nazificación de la sociedad alemana, los cambios en los planes de estudios y la creación de nuevas instituciones, la expulsión sociocultural de los judíos y la deificación de la guerra y el conflicto, los filósofos jugaron un papel fundamental. Ofrecieron la explicación académica, los principios teóricos y el apoyo docente que los nazis necesitaban para llevar a cabo su política. No solo apoyaron el proyecto y el ascenso de Hitler, sino que le dieron su base intelectual hasta llevarlo al mismo extremo. Y ese es un hedor que tardará en desaparecer de la cultura alemana.


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