martes, 5 de julio de 2016

Messi no debe volver


Por Ernesto Tenembaum

Hace muchos años, en una frase muy recordada, el premio nobel de Economía, Simon Kusnetz, dividió a los países entre desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina. En esa descripción, Japón se distinguía porque, pese a no contar con muchos recursos naturales, se perfilaba como una gran potencia mundial. Y la Argentina, exactamente por lo contrario: favorecida por el destino, se hundía en la insignificancia.

En los días que siguieron a la derrota de la Copa América, hubo un gran movimiento en favor del regreso de Lionel Messi a la Selección, que fue contestado por quienes sostenían que Messi no nos merece, que si se quiere ir que se vaya, que no tiene derecho a ponerse la albiceleste y que incluso debe prohibirse su ingreso al país, entre otras pavadas. Tal vez, el caso Messi sirva para algo más y permita entender los reales motivos de la crisis que atraviesa la Argentina, y confirmar la clasificación de Kusnetz, al menos en lo que se refiere a este país.

Si hay un área donde la Argentina ha tenido recursos naturales y humanos que los demás envidian es, justamente, el fútbol. En la última Copa América seis de los doce directores técnicos de las selecciones fueron argentinos: los de Chile, el campeón, Argentina, el subcampeón, Perú, Colombia, Paraguay y Ecuador. Pero, además, son argentinas dos estrellas del Barcelona, y jugadores clave del Inter, del Milan, del Manchester City, del Paris Saint Germain.

Dos de los tres mejores jugadores de la historia, o tres de los cinco, fueron argentinos. Dos de los técnicos que deslumbran al fútbol europeo, Diego Simeone y Marcelo Bielsa, también lo son. Y, sin embargo, la última vez que el técnico convocó a su seleccionado solo concurrieron ocho jugadores, no se sabe cómo va a participar el equipo argentino en las olimpíadas, su estrella más notoria duda sobre si seguir en el equipo, la Asociación de Fútbol está intervenida, las selecciones juveniles, que solían ganar todo, ya ni siquiera entrenan, los mismos dirigentes le dijeron al técnico la semana pasada que no tenían dinero ni para darles de almorzar a los jugadores, la última copa en la vitrina de la AFA tiene casi un cuarto de siglo de antigüedad. Messi lo resumió en un tweet durante la Copa América: "Son un desastre los de la AFA".

Lo dicho: la suma de los recursos disponibles supera de manera exorbitante los resultados obtenidos.

Es un caso único. Simon Kusnetz tenía razón.

No se requieren arqueólogos ni especialistas para entender lo sucedido. Dos claves se pueden encontrar en noticias de la última quincena. Hace unos días, la jueza María Servini de Cubría procesó a una docena de políticos y dirigentes del fútbol por la estafa del programa Fútbol Para Todos. La historia que cuenta su fallo es notable. Cristina Kirchner había decidido arrancarle a un grupo mediático enemigo la transmisión de fútbol con dos objetivos clave: facilitarle al pueblo el fútbol gratuito y sanear los clubes que estaban todos sobreendeudados. Era un proyecto simbólicamente clave: un golpe mortal a un poder fáctico cuyo resultado favorecía al pueblo.

Sin embargo, un porcentaje significativo de los fondos se perdió. Los clubes recibían, ilegalmente, cheques posdatados, y los cambiaban en financieras vinculadas al poder político y futbolístico, donde se quedaba la cuarta parte del dinero. Una de esas financieras, la que más dinero recibió, estaba integrada por los mismos presidentes de los clubes. Otra había participado del escandaloso caso Ciccone y otra era la que cambiaba los cheques de Sueños Compartidos.

La lectura minuciosa de ese fallo permite percibir, al menos, tres elementos muy distintivos: la desesperación por el dinero de la dirigencia kirchnerista, que no dejaba afuera ni siquiera a sus proyectos más preciados; la extensión del fenómeno más allá del kirchnerismo, porque esto involucraba también a una red de dirigentes y financieras; y el funcionamiento de la Justicia, que siempre se expide luego de que los involucrados pierden el poder, y solo va contra los derrotados. Quienes conocen el caso, saben que la jueza realizó esfuerzos de artista plástico para dejar adentro a algunos y afuera a otros.

Cuando empezó el Fútbol para Todos, los clubes recibían $ 350 millones. En 2015, $ 1600 millones. Pero terminaron más endeudados que antes. ¿La plata? Se la robaron.

Mientras todo esto ocurría, en paralelo, los dirigentes del fútbol realizaban una alianza con grupos de homicidas, secuestradores y narcotraficantes. La otra noticia muy didáctica de la quincena cuenta que Marcelo Mallo, el jefe de la organización que nucleaba a las barras bravas con amparo de la Casa Rosada, esté prófugo, acusado de ser el autor del primer crimen narco de la historia argentina, mientras que en la misma causa fue detenido el Uruguayo, número dos de la barra de Boca Juniors, un club clave porque de allí salió el actual presidente de la Nación. Si el lector quiere más datos debe guglear "barras bravas narcotráfico". Es impresionante cómo queda claro el vínculo entre los dos fenómenos.

Las razones de esa alianza entre dirigentes y delincuentes eran obvias: nadie podía gobernar un club sin favorecer a los barras, porque entonces serían tropas de otro sector que se alzaría con el poder. Los barras extorsionaban a los jugadores, los amenazaban, los obligaban a reconocerle su poder. Uno a uno, conseguían fotos con presidentes, gobernadores, senadores, y hasta con el Papa. Esas fotos disciplinaban a los policías, que se rendían ante ellos, les armaban zonas liberadas y participaban de sus actividades delictivas. Frente a todo esto, ¿qué podían hacer los jueces? Lo que hicieron: nada, en el mejor de los casos; cajonear las causas complicadas, evitar problemas o, directamente, ser cómplices del sistema. ¿Y los políticos? Los llevaban a sus actos, les pagaban, los protegían, los contrataban. Los barras eran, son, el "derpo".

Resultado: las canchas empezaron a estar vacías porque la gente era asesinada cuando concurría.

Visto con retrospectiva, es como si se tratara de un grupo de gente decidida a romper algo, a chocar una y otra vez un auto valioso contra un muro hasta que se destruya completamente.

El autor y conductor de este sistema brillante se llamaba Julio Grondona. Era, sin dudas, un hombre que conocía cómo funciona el poder. Y así como él lo había armado, también sabía cómo manejarlo. Era un sistema violento y corrupto que giraba alrededor de un sol, que era él mismo. De estar vivo, seguramente estaría preso por una causa que, naturalmente, se tramita en el exterior del país, y por la que ya fueron detenidos algunos de sus colaboradores más cercanos.

Sin embargo, el día en que Grondona murió, fue homenajeado como un prócer: en su velorio estuvo Cristina Fernández, la presidenta de entonces, de quien se había hecho amigo; Mauricio Macri, el actual Presidente, quien lo había enfrentado circunstancialmente como presidente de Boca pero después había hecho las paces; y el animador de televisión más popular del país, Marcelo Tinelli, quien le destinó un bello y sentido homenaje. Pero no solo ellos tres: gran parte del poder de la Argentina desfiló frente al cadáver. Lo que Michael Corleone no había logrado, lo consiguió Don Julio.

Muerto Grondona, ya nadie pudo evitar el desastre anunciado.

Aquí no hay discusión sobre teorías económicas, ni historias políticas, ni juega ningún rol la dictadura militar, ni el nacionalismo populista ni el liberalismo gorila, no tiene ninguna influencia ni el keynessianismo desarrollista ni la ortodoxia aperturista. Nada de eso.

Es otra cosa.

Se trata de la dirigencia de un país que, por razones inexplicables, casi por un designio divino, recibe una fortuna envidiable. Los dirigentes que se apropian de ella resuelven que la mejor manera de administrarla es robándosela, agarrandose a tiros, enriqueciéndose en la cubierta del Titanic. Y el sistema resuelve protegerlos, financiarlos, se acomoda paulatinamente a esa decisión.

Todo eso, como se ve, no terminó el 10 de diciembre del año pasado.

Si Messi volviera, tal vez seamos campeones en Rusia y nos convenceríamos, una vez más de que, no importa lo que hagamos, estamos predestinados, que a pesar de los golpes no nos han vencido y que, finalmente, como todos sabemos, Dios es argentino. Y los vivos de siempre, seguirán financiándose de ese tesoro extraño que es el fútbol argentino.

Si viene y pierde, en cambio, tendremos una vez más a quién echarle la culpa de todo.

El tal Kusnetz debe haber sido muy brillante, para describir un país incomprensible en tan pocas palabras.

Raro, con perdón, en un economista.

© El Cronista

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