domingo, 24 de julio de 2016

Lo que está en juego en la Argentina

Por Jorge Fernández Díaz
En la sobremesa de los megamillonarios, Macri tuvo un leve presentimiento. 

Para muchos de los integrantes de la exclusiva conferencia de Sun Valley -el más pobre de esos tiernos muchachos tiene diez mil millones de dólares- la Argentina es hoy la única buena noticia en un planeta convulsionado y ominoso. 

El Presidente se llevó de aquel idílico pueblo de Idaho ofertas concretas de inversión y también promesas vaporosas, pero un breve semblanteo le dejó la impresión personal de que no pocos de esos magnates de las exclusivas listas de Forbes le hablaban únicamente con los ojos: "Todo muy lindo, pero vuelvan en diez años, amigos. ¿Saben las veces que nos clavamos con esa republiqueta de giros copernicanos?" Tu desconfianza me inquieta y tu silencio me ofende, decía Unamuno, aunque es un hecho que los argentinos despertamos en el mundo recelos y escepticismos, y entonces no podemos sentirnos tan ultrajados: nuestro tremendo descrédito lo ganamos a pulso. Y a fuerza de hiperinflaciones, depresiones, defaults, corralitos, exotismos, coimas, bravuconadas y transgresiones estúpidas.

Cualquier lector europeo pudo haberse tropezado hace unos días con un titular que traía El País, de Madrid: los fondos de los argentinos en el exterior exceden siete veces las reservas nacionales. Si este extraño lugar que expulsa las ganancias y fortunas de sus propios habitantes le sacudió la curiosidad, aquel mismo lector quizá se haya adentrado después en las noticias de los periódicos locales: el 47% de los vecinos del conurbano carece de agua corriente y el 77% no tiene servicio de cloacas. Y si este escandaloso cara y ceca de una hecatombe naturalizada le llamó morbosamente la atención, es posible incluso que el lector se haya aventurado en la Web sólo para confirmar que en este paraíso de corrupción e ineficiencia hay trece millones de pobres, el 45% del empleo permanece en negro y más de la mitad de la población tiene alguna carencia social básica: salud, alimentos o educación. Esta pequeña navegación le habría permitido así sacar una conclusión objetiva que nosotros, porfiados negadores, prolijamente eludimos: el proyecto llamado Argentina fracasó.

Sólo aceptando en toda su plenitud esta tragedia tal vez tengamos alguna chance de comenzar a revertir la estrepitosa ruina que supimos procurarnos sin ayuda de nadie, solitos con nuestra propia mediocridad disfrazada de grandeza. Socialdemócratas, neoliberales y nacionalistas naufragaron por igual; nos fue mal con la inflación y con el cambio fijo, con las privatizaciones y con los estatismos: toda receta consiguió al principio levantar vuelo, pero terminó inevitablemente estrellándose de manera indecorosa y traumática. ¿Qué falla cuando fallan las distintas teorías económicas y las más antagónicas ideologías de manual? Una hipótesis podría ser que el gran culpable fue el sistema político, heredero de una cultura social poco propensa a practicar su aparente y declamado deseo: la democracia republicana. Aseveran los historiadores modernos que tuvimos muchos períodos de República sin democracia, y otras etapas donde reinaba la ecuación inversa. La politología sólo reconoce que esa mágica combinación tuvo un arranque promisorio en 1983; por diferentes factores, sufrió una rápida disolución en el aire: tres años más tarde estábamos de nuevo en la intemperie. El peronismo, salvo algunas excepciones que surgieron de la renovación ochentista, rechazó siempre ese sistema, puesto que tendía a verse a sí mismo como un movimiento patriótico en pugna con una partidocracia entreguista e infame. Ese desprecio autocrático hizo imposible un bipartidismo real, y por lo tanto, también la división de poderes, el control mutuo, las políticas de Estado acordadas y una gestión encadenada, sin crisis recurrentes ni bandazos. Por lo contrario, el "movimiento nacional y popular" logró asentarse como una corporación borracha de poder y con ansias de llevarnos hacia una democracia de partido único, donde la alternancia era un devaneo de derechistas.

Es necesario recordar cada tanto que las dos principales incógnitas de la política no han sido aún despejadas. La primera pregunta es simple: ¿sólo el peronismo puede gobernar? La segunda también: ¿puede una gestión no peronista terminar en tiempo y en forma su mandato? Ciertos pensadores de súbita pereza intelectual (últimamente abandonaron el pincel y andan a los brochazos) sustraen del debate estas dudas obvias y abiertas, que construyen en términos marxistas la contradicción fundamental. El sistema jurídico y económico que permitió el desarrollo de los grandes países occidentales y que aquí brilló por su ausencia es la única prueba que los argentinos no realizamos todavía. Invisibilizar, por lo tanto, sus dilemas y encrucijadas no hace más que recordarnos una vez más por qué perdimos el eje y el tren de la historia.

Sólo desde estas coordenadas es posible contemplar el dramatismo de los días. Que el propio gobierno de Macri, abrazado a su fe tecnocrática, no alcanza a dimensionar. Uno de sus principales colaboradores suele recurrir a Jonathan Swift para alegorizar la estrategia de Cambiemos: la economía era ese Gulliver exhausto que se desvanece en la arena y a quien liliputienses le aplican cientos de ataduras porque lo presienten peligroso. "Para liberar al noble gigante, nosotros fuimos cortando una a una las cuerdas que lo mantenían prisionero e inerte", explica. Ahora, Gulliver, levántate y anda. Pero el gigante está entumecido y tarda en despertarse: verlo caminar de nuevo parece un milagro, sobre todo si depende de una lluvia de inversiones que los megamillonarios del mundo tienen en suspenso, no por la política exterior de Macri, sino por nuestra pésima reputación acumulada. Nadie sabe con certeza si esta administración logrará verdaderamente sacarnos de la emergencia; sí, en cambio, es claro que si no lo hace el partido de Perón conseguirá el cometido de eternizarse. Esto vuelve mucho más exigente la performance del oficialismo, y las demandas críticas que debemos formularle: no está en cuestión el destino de los macristas ni la felicidad de los radicales, que a muchos ciudadanos los tiene sin cuidado, sino la chance de que se inicie un inédito ciclo virtuoso. Si el republicanismo se asienta y reduce las desigualdades, es posible tener un peronismo republicano. El peronismo sólo copia el éxito. Alfonsín logró que experimentara su primera y única elección interna, y el proyecto de Cafiero y de Bordón propiciaba un modelo institucional y político acorde con ese juego: por eso, para muchos peronistas, ambos traicionaban el ideario del Movimiento. A pesar de que cada vez hay más cuadros justicialistas en el Gobierno, existen miles de simpatizantes de Cambiemos que registran un antiperonismo rabioso y en el fondo muy ingenuo. Es tan irracional cristalizar un partido hegemónico como borrar de un plumazo a esa fuerza vigorosamente representativa, y no contar con ella para un futuro país posible. De poco serviría una próspera era republicana si al cabo de ella sobreviene un movimientismo que tira del mantel y refunda un monólogo excluyente y desquiciante. ¿Seremos capaces los argentinos de levantar la mirada y abandonar el facilismo cortoplacista? La sociedad argentina es también reconocida en el mundo por su insólita vocación freudiana. Y Freud sostenía que la madurez es la capacidad de posponer la gratificación. ¿Podremos madurar?

© La Nación

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