martes, 31 de mayo de 2016

Macri y el Papa militante

Por James Neilson
Los resueltos a ver en el Papa Francisco, ex Jorge Bergoglio, la máxima autoridad moral del género humano, un prodigio de sabiduría preternatural, tienen buenos motivos para sentirse incómodos. 

Entre los más inquietos están aquellos macristas que se suponen comprometidos con las doctrinas de la Iglesia Católica. 

¿Cómo es posible –se preguntan– que, además de enviar un rosario a Milagro Sala, el Santo Padre haya maltratado a una señora tan buena como Margarita Barrientos para entonces abrir las puertas del Vaticano a Hebe Bonafini, una kirchnerista de opiniones contundentes que suele festejar las hazañas sanguinarias de terroristas, como los que derribaron las Torres Gemelas neoyorquinas, matando a tres mil personas, y que, entre otras lindezas, lo había calificado de “fascista”?

Algunos sospechan que es porque Bergoglio odia tanto a Mauricio Macri, por creerlo un agente del capitalismo salvaje y el imperialismo norteamericano, que al vincularse con él Barrientos cometió un pecado mortal imperdonable. Recuerdan la frialdad del encuentro que los dos mandatarios celebraron en febrero y la mueca dispéptica que eligió el Sumo Pontífice al posar para la foto de rigor, pero los hay que, después de interpretar a su modo la carta protocolar enviada por el Vaticano en ocasión del nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, conjeturan que está por producirse una reconciliación.

Es posible, pero sería mejor no apostar a que el Papa deje de criticar sibilinamente a los macristas por no oponerse a los malditos mercados con el fervor deseable. A partir de su metamorfosis en jefe del catolicismo, Bergoglio, un hombre de formación peronista, ha procurado reeditar en escala planetaria, la estrategia exitosa de Néstor y Cristina que, luego de mudarse a la Capital, decidieron congraciarse con la progresía izquierdista por entender que, si bien era minoritaria, desempeñaba un papel muy influyente en los medios de comunicación, el mundo de la cultura y una multitud de organizaciones no gubernamentales caritativas. Lograron hacerlo con facilidad sorprendente, lo que les resultó muy beneficioso.

Por un rato, la maniobra emprendida por Bergoglio pareció funcionar como había previsto. Tanto aquí como en Europa, América latina y América del Norte, se hizo habitual rendir homenaje a su “calor humano” ya que, a diferencia de su antecesor, el cerebral alemán Joseph Ratzinger, sabe manejarse como un político populista, pero últimamente las actitudes han cambiado. Al darse cuenta de que en verdad Bergoglio no es tan progresista como a los laicos hedonistas les gustaría hacer pensar, que a pesar de todo sigue siendo un católico, quienes esperaban que los ayudara a asestar un golpe demoledor contra el statu quo en la Iglesia lo miran con escepticismo creciente.

Por lo demás, su convicción aparente de que no hay grandes diferencias entre el cristianismo contemporáneo y el islam, y que por lo tanto Europa debería permitir el ingreso de más millones, tal vez decenas de millones, de musulmanes, sin preocuparse ni por los costos enormes que acogerlos supondría ni por la presencia de yihadistas que no ocultan su intención de matar a sus anfitriones, indigna a los muchos que temen por el futuro del bien llamado Viejo Continente.

En Europa, la irrupción descontrolada de refugiados e inmigrantes económicos mayormente musulmanes está detrás del regreso político de la llamada “ultraderecha”, es decir, de agrupaciones tan extremistas que sus simpatizantes se sienten alarmados por la llegada masiva de antisemitas, partidarios de la violencia contra las mujeres para que se comporten mejor, violadores y amigos de la costumbre entrañable de tirar homosexuales desde los techos de edificios altos. En la muy católica Austria, casi la mitad del electorado –y el grueso de la clase obrera–, acaba de votar por un candidato presidencial “extremista” que no quería saber nada del multiculturalismo cueste lo que costare reivindicado por el Papa.

Si bien parecería que Bergoglio sigue manifestando un vivo interés en los pormenores de la laberíntica política de su país natal, no puede sino entender que, como Papa, le es forzoso prestar atención a asuntos que son un tanto más urgentes para la cristiandad en su conjunto que las presuntas deficiencias del macrismo. Le tocó encabezar la iglesia más poderosa justo cuando se intensificaba una ofensiva genocida, de exterminio, que amenaza con culminar muy pronto con el aniquilamiento total de lo que aún queda del cristianismo en África del Norte, buena parte del Oriente Medio –el único país en que los correligionarios de Bergoglio están a salvo es Israel–, Afganistán, Pakistán, Bangladesh e Indonesia. No es cuestión de sólo un puñado de fanáticos feroces como los guerreros santos del Estado Islámico y Al-Qaeda; los decididos a limpiar las tierras que dominan de los vestigios del cristianismo se cuentan por millones.

Lo mismo que tantos políticos progresistas de Europa y América del Norte, Bergoglio privilegia su propia relación con clérigos musulmanes amables que le aseguran que el islam es “la religión de la paz”, que dudarlo es propio de “ultraderechistas”, razón por la que hay que atribuir la violencia de los exaltados a la prepotencia occidental, el capitalismo salvaje, la xenofobia y otros males. Dicho dogma, compartido por las elites occidentales, está detrás de la grieta que se ha abierto entre el establishment político, mediático y clerical de los países de tradiciones europeas por un lado y el pueblo por el otro, de ahí el surgimiento rápido de movimientos automáticamente estigmatizados como “derechistas” que, para alarma de quienes quisieran creer que las diferencias culturales carecen de importancia, han sabido aprovechar la negativa de los demás políticos a reconocer que no será del todo fácil incorporar el islam al acervo nacional.

En Europa, el buenismo de Bergoglio ya parece anacrónico, pero la mayoría lo tolera por entender que tiene que continuar pronunciando las piadosas banalidades papales de siempre, pero los cristianos de Siria, Irak y, sobre todo, Pakistán, no se sienten reconfortados por “los copiosos dones de misericordia” a los que aludió en su misiva reciente a Macri. Antes bien, se sienten abandonados a una suerte cruel por un hombre que les parece mucho más preocupado por el destino de los musulmanes en Europa que por los peligros enfrentados por quienes en teoría son sus propios correligionarios en otras partes del mundo. Están habituados a la indiferencia, o peor, de los izquierdistas laicos que, por ignorancia, suponen que se trata de una reacción comprensible de los nativos de las tierras en que el cristianismo nació frente a un residuo imperialista, pero aun así esperaban algo más del Papa Francisco.

A Bergoglio no le faltan oportunidades para asumir una postura menos pusilánime ante la agresividad islamista. Podría movilizar su grey en defensa de una católica paquistaní, Asia Bibi, una mujer pobre que en 2010 fue condenada a muerte por blasfemia luego de beber agua de un vaso que podrían utilizar sus vecinas y, pasando por alto sus protestas airadas, negarse a convertirse al islam, diciéndoles que sería mejor que ellas adoptaran el cristianismo. Desde entonces, Asia Bibi está en una cárcel a la espera de la horca, sus familiares han tenido que ocultarse, algunos de los escasos políticos que se animaron a oponerse a la pena capital en su caso han sido asesinados y, cada tanto, turbas enfurecidas salen a las calles de las ciudades para exigir que se cumpla ya la sentencia de la “justicia”. Aunque Bergoglio recibió una carta de la víctima de un grado de odio religioso apenas concebible en otras latitudes, ha preferido no organizar una campaña mundial que podría molestar a sus interlocutores musulmanes y perjudicar el “diálogo” que, imagina, serviría para apaciguar a los islamistas.

Se equivoca. Por conmovedores, desde el punto de vista occidental, que sean los gestos del Papa hacia quienes están huyendo de la barbarie en Siria e Irak, en sociedades de valores muy distintos los toman por síntomas de debilidad. La sensación de que los occidentales, antes tan temibles, se han transformado en ovejas, es una de las causas principales del resurgimiento de la militancia islámica. Los guerreros santos realmente creen que les será dado triunfar sobre sus enemigos infieles. Confían en que, aun cuando sean derrotados en los campos de batalla del Oriente Medio y África del Norte, continuarán obteniendo una concesión tras otra en la yihad blanda que sus aliados menos violentos están librando en los partidos políticos y tribunales de los países tecnológica y económicamente más avanzados.

Con el apoyo de personajes como Bergoglio y el presidente estadounidense Barack Obama, han conseguido instalar la idea de que el islam forme una parte fundamental de la cultura europea y norteamericana y que a los demás les corresponde adaptarse a la situación así supuesta. Por cierto, a esta altura no sería del todo ridículo prever que resulte profética la novela “Sumisión” del francés Michel Houellebecq en que sus compatriotas, asustados por la posibilidad de que la “ultraderechista” Marine Le Pen conquiste la presidencia, votan mayoritariamente por un musulmán “moderado” que, con la aquiescencia, entre resignada y entusiasta, de las elites, reemplaza el código legal antes imperante por otro basado en la ley islámica.

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