martes, 19 de abril de 2016

Seis apuntes sobre Brasil

Por Américo Schvartzman (*)

1. La escena se recordará por mucho tiempo. Un Congreso integrado por un 60% de diputados cuestionados judicialmente como corruptos aprobó el impeachment a una Presidenta cuya decencia nadie cuestiona pero que ha perdido casi toda su popularidad. El impeachment (impedimento) es un juicio político. Político, no jurídico. Por eso lo pone en marcha el poder legislativo.
Las razones no necesitan ser jurídicas o penales. Son políticas (perdón por la insistencia). Es por eso que en los países en que existe este mecanismo, las causales suelen ser amplísimas. En la Constitución brasileña (artículo 85) esas causales incluyen actos (del Presidente) que atenten contra "la existencia de la Unión", contra "la ley presupuestaria" o contra "el cumplimiento de las leyes y de las decisiones judiciales". En la Argentina (artículo 53 de la Constitución) es aun más amplio: incluye "mal desempeño". Casi cualquier cosa puede ser causal (en nuestro país, por ejemplo, de regir la disposición brasilera, podría haber sido motivo de juicio político el incumplimiento de cualquiera de los fallos de la Corte). Por eso mismo es que se establece una mayoría especial, por lo general de dos tercios, tanto en la Argentina como en Brasil (y hasta en los Estados Unidos, que los usaron de verdad solo una vez, antes de House of Cards: en 1868, aunque faltó un voto en el Senado, y el presidente Andrew Johnson no fue condenado. Con Nixon no fue necesario: renunció antes).

2. Desde que se trata de un mecanismo previsto en la Constitución, tiene poco sentido equipararlo con un golpe. Es más, creo que esa analogía trivializa lo que verdaderamente fueron las interrupciones institucionales y sus consiguientes dictaduras. Esto –los intentos de juicio político– deberían ser, le pese a quien le pese, un procedimiento relativamente normal de nuestras democracias, considerando los gobiernos que hemos tenido... si los poderes independientes funcionaran como fueron pensados (aquellos de los “pesos y contrapesos”). ¿Que el objetivo de este mecanismo es sacar del poder a la cabeza del Ejecutivo? Por supuesto, si para eso se incluyó en la Constitución. Y aunque se trata de países con presidencias fuertes, hay que recordar que los tres poderes son cabeza del Estado, no solo el Ejecutivo. En Brasil, para que este mecanismo prospere deben impulsarlo o aprobarlo dos de esos poderes. ¿Entonces, la Constitución es golpista? ¿La Constitución atenta contra… la Constitución? No tiene mucho sentido ¿verdad? Sin embargo, en gran parte la discusión pasa por qué palabra usar para definir lo que ocurrió en estas horas.

3. Los que empujaron el impeachment a Dilma (y la abrumadora mayoría de los legisladores que lo votaron) son horribles. Sin duda. Y ésa es otra cuestión. El presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, está denunciado por corrupción, fraude y lavado de dinero. Se lo acusa de haber recibido millones de coimas que depositó en Suiza. Este buen cristiano evangelista, dueño de 150 dominios de Internet con la palabra “Jesús”, presidió todo el debate del impedimento siendo, formalmente, un reo acusado por la Justicia Federal brasilera. El vicepresidente de Dilma, reelecto junto con ella, Michel Temer, es un político conservador –del PMDB igual que Cunha– y también está acusado ante la justicia por los escándalos de corrupción. Más de la mitad de los legisladores denunciantes de Dilma (38 de 65) aparecen enchastrados por los escándalos de corrupción. Lo resumió bien Jean Wyllys, del PSOL, al votar: "Esto es una farsa conducida por un ladrón, urdida por un traidor conspirador y apoyada por torturadores, cobardes, analfabetos políticos y vendidos ¡Canallas!”. Lo que no dijo Jean es que Cunha, Temer y la mayoría de esos "ladrones, traidores y vendidos" eran, hasta hace poco, los aliados del PT. La casta corrupta de la política brasilera con la que Dilma y Lula se aliaron para seguir en el poder. Y no con el partido de Wyllys, el PSOL, que se formó con militantes y dirigentes expulsados del PT por denunciar en lo que (según ellos) se había convertido esa fuerza política.

4. El hecho de que el Gobierno del PT perdiera en los últimos años tanto respaldo social como para que esta “farsa" haya sido posible, debería llevar antes que a nadie al propio PT a reflexionar y preguntarse los porqués (entre los cuales sus políticas de alianzas no son un aspecto menor, y deberían incluirse en la lista de graves yerros que hicieron que el PT sea visto hoy por buena parte de la ciudadanía que antes confió en él, como un partido más de la corrupta casta política brasilera). El colmo de las paradojas es que Jair Bolsonaro, el diputado fascista que dedicó su voto al militar que torturó a Dilma, fue electo por Rio de Janeiro por el PP (el partido de Paulo Maluf, también acusado de corrupción), un partido conservador que era aliado del PT hasta hace pocos días. Si el PT no revisa estas cuestiones, correrá el riesgo de profundizar su extravío, de no volver jamás al poder y –lo que es peor– de ser el principal responsable de que la izquierda pierda definitivamente algo que fue bandera de esperanza e inspiración para muchas personas de todas partes del mundo.

5. El dilema de la izquierda brasilera ante esta coyuntura da material para mucho debate. Partidos como el PPS, el PSOL o el PSB, que alguna vez fueron parte de la coalición de Lula, coinciden en sus durísimas críticas por izquierda al gobierno del PT: más allá de los consabidos cuestionamientos por la corruptela, desde hace mucho lo acusan de consolidar la desigualdad, el extractivismo y a la gran burguesía, bajo un discurso "progre". Sin embargo, tuvieron posiciones diferentes respecto del impeachment. El PSB (Partido Socialista Brasilero) del fallecido Eduardo Campos (que fue ministro de Lula y el gobernador electo con mayor porcentaje en Brasil) votó a favor del impedimento. Lo mismo hizo el PPS (Partido Popular Socialista, ex PC), que tiene diez diputados. El partido de Jean Wyllys (PSOL, Partido Socialismo y Libertad), se formó con ex dirigentes del PT y creció, precisamente, por la sumatoria de ex militantes petistas ante la corruptela del mensalao. Sin embargo sus cinco diputados votaron contra el impedimento a Dilma, a cuyo gobierno consideran pésimo, pero entienden que quienes la destituyen son peores. Gran parte de la izquierda brasilera hace ya tiempo que no se siente contenida por el PT, cuya gestión cuestionan desde hace años. Y aunque todos parecían tener claro ese lugar común que advierte que "el fracaso del progresismo abre la puerta a la derecha", las diferencias entre ellos estriban en determinar qué sería peor: si poner el pie en la puerta o ayudar a empujarla. El eterno dilema de la izquierda frente a los gobiernos populistas: si con ellos se aleja o se acerca a sus objetivos. Un dilema demasiado parecido a la impotencia de la izquierda argentina.

6. La grieta en versión brasilera es diferente a la argentina, pero tiene rasgos en común. Uno de ellos es que a ambos lados se puede encontrar gente decente y consecuente, y también ferviente apoyo ciudadano, aunque las encuestas indican que en Brasil el desbalance es mucho mayor: solo uno de cada tres brasileros se expresaba en contra del impeachment. Lo cierto es que la corrupta dirigencia del país vecino no tiene nombres con aval ciudadano para completar el mandato de Dilma (Temer no llega al 2% de intención de voto); y a su vez, en un presidencialismo tan fuerte, parece claro que solo una elección popular permitiría dar vuelta la página. Por eso el desconcierto actual, así como la tristeza que não tem fim, no debería llevar a perder de vista lo que, por ahora, aparece como una tímida propuesta de sectores minoritarios: "Diretas Já!", es decir elecciones presidenciales inmediatas. El slogan recupera la consigna con la que los brasileros empujaron el final de la dictadura, en movilizaciones tan masivas como las que ahora reclamaban la salida de Dilma. Y comienza a ser planteada por referentes de ambos lados de la grieta que la ven como la única forma democrática de abrir la puerta a algo mejor, más esperanzador, más sensato, que sea capaz de conservar avances y corregir horrores, que la horrible derecha brasilera.

(*) Periodista de El Miércoles Digital. Docente. Licenciado en Filosofía. Autor de Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa (Prometeo 2013).

© La Vanguardia

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