martes, 8 de marzo de 2016

La chica cargada con tres mochilas

La cineasta Isabel Coixet, ganadora
de cinco goyas. (Foto: Jordi Socías)
Por Manuel Vicent

Le hubiera gustado no tener otra identidad que la huella digital y ser reconocida solo por su talento, pero Isabel Coixet lleva a cuestas tres pesadas mochilas, las tres recibidas en herencia, el doble pecado original de haber nacido mujer en un país de machistas, la de verse obligada a demostrar cada día que es una buena catalana y la de dar cuenta también de que es una buena española. Su lucha consiste en que esta triple carga no le reste energía para hacer cine, pero, aunque quisiera, no podría evitar el haber nacido en Sant Adriá de Besós, el 9 de abril de 1960, en una familia obrera en la que confluían antepasados de uno y otro bando de la guerra civil, con diversos encastes de inmigrantes, entre los cuales el que procede de la rama valenciana ha conformado gran parte de su carácter.

La mujer de un labrador de Beniopa, por tierras de Gandía, tenía la costumbre de parir una criatura al año y así lo hizo hasta diecinueve veces. El labrador trabajaba una pequeña heredad cerca del pueblo cultivando alcachofas, berenjenas, pimientos y por ahí todo seguido hasta la última cebolla. Cuando su mujer daba a luz, alguna vecina llegaba por una vereda de la huerta a darle la noticia. Desde lejos le gritaba: “¡Eeeh, ven a casa que tu mujer acaba de parir!”. El labrador se erguía y preguntaba qué había sido. Si era niño, este hombre corría lleno de entusiasmo hasta el pie de la cama de la recién parida, le preparaba él mismo un caldo de gallina y luego invitaba a los amigos a una copa en el bar. Si era niña torcía el gesto, volvía a doblar el espinazo sobre los terrones y continuaba trabajando. ¿Qué era más importante una niña o una cebolla? Para aquel labrador, una cebolla. La abuela valenciana de Isabel Coixet fue, entre aquellas diecinueve criaturas salidas del mismo vientre, una por la que el labrador no se molestó en abandonar la azada. Este repudio lo lleva Isabel Coixet en la sangre como la mochila más pesada. La repulsa innata del machismo constituye en ella una actitud militante recibida como una vacuna desde que su madre le contó esta historia de familia.

Demasiado lista

Que a esta vida no has venido a bailar el mambo si eres niña, lo supo muy pronto Isabel Coixet al tener que afirmar su personalidad en el patio de las Escuelas Betsaida contra los compañeros de colegio que se burlaban de ella, lo de siempre, por llevar gafas o por ser demasiado lista. Puede que por este motivo Isabel Coixet sea una mujer fuerte e insegura, inteligente y complicada, libre y obsesiva en el trabajo, con salidas de pata de banco producto de una timidez, que unas veces la paraliza y otras la obliga a montárselo de rara para que la dejen ir a su bola.

A muy temprana edad ella también se planteó el dilema de ser o no ser, luchar contra la adversidad o limitarse a soñar. ¿Y por qué no las dos cosas a la vez?, pudo haberse preguntado mientras diluía sus turbulencias de adolescente en la pantalla del cine Texas, en el barrio de Gràcia, adonde su padre, un eléctrico de FECSA, la llevaba a ver películas de Visconti y de Losey. Tal vez en la oscuridad fantasmagórica del cine, ante la visión de tantos héroes derrotados pero invencibles, ella soñó con medir sus fuerzas frente a una vida aperreada.

Deja que estudie Historia en la universidad de Barcelona, que escriba en la revista Fotogramas, que se meta en el mundo de la publicidad, que cree una agencia de prestigio con anuncios de las primeras marcas, que imponga su oficio rodando documentales, que sea con 26 años la primera directora de cine catalana desde la República, que fracase su ópera prima, pero el caso de esta mujer es que emergió a la superficie como una cineasta de éxito. ¿Quién es esa chica catalana, que, de pronto, rueda en inglés sus películas en Canadá, en Estados Unidos, en Tokio, en una plataforma petrolífera y aceptan sus guiones los mejores actores del momento, Tim Robbins, Sarah Polley, Ben Kingsley, Juliette Binoche? Isabel Coixet demuestra una extraordinaria sensibilidad a la hora de analizar las pasiones complejas, los sentimientos envenenados de los personajes, siempre a una distancia íntima, como la que va despojando las sucesivas capas hasta llegar al corazón de la cebolla, muy distinta de aquellas que cultivaba el huertano machista. Es una carga muy pesada tener que conquistar cada día tu libertad como mujer. No es el caso. Para Isabel Coixet ser feminista, catalana o española es tan natural como llevar gafas de pasta, porque por fortuna hoy el talento comienza a ser la única y verdadera patria sin fronteras.

© El País (España)

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