lunes, 4 de enero de 2016

Un crítico literario ejemplar

Por Guillermo Piro
En 1947, Maurice Merleau-Ponty escribió Humanismo y terror. En él hablaba de la violencia de los procesos de Moscú y las purgas estalinistas de fines de la década de 1930 como un medio, o mejor dicho como el único medio, de eliminar la violencia capitalista. Merleau-Ponty narra el curso y el decurso de los procesos contra los “enemigos” de Stalin para, al final, aceptar que esos procesos significaban un legítimo modo de lucha política por parte de un gobierno revolucionario amenazado, recalcando la necesidad del terror para defenderse.

La tesis no gustó nada a Albert Camus, al punto que, poco después de publicado el libro, en un encuentro fortuito en un ágape cualquiera, apenas lo divisó entre la multitud Camus se acercó muy educadamente a Merleau-Ponty y sin aviso le propinó una trompada antológica en la nariz.

Un año antes había tenido lugar aquella famosa escena conocida como “el atizador de Wittgenstein”, que tuvo como protagonistas al filósofo austríaco y al no menos austríaco Karl Popper. El evento duró apenas unos minutos, en medio de una sesión académica en Cambridge en la que circunstancialmente se encontraban dos de los más grandes filósofos del siglo XX. Wittgenstein, molesto por las palabras de Popper, tuvo la ocurrencia de ponerse a agitar el fuego de la chimenea con un atizador.

En un momento de la discusión blandió el arma como refuerzo de su argumentación y fue reprendido por ello por Popper (“Wittgenstein, por favor, deje el atizador donde estaba”). Wittgenstein abandonó la sala dando un portazo.

Motivado por esos dos ejemplos de crítica fue que en 1948, en Buenos Aires, el poeta Adolfo Curcio decidió ejercer una crítica similar con efectos más que fructíferos sobre la llamada generación del 40, que incluye a Enrique Molina, Olga Orozco, Juan Rodolfo Wilcock y Juan José Ceselli, entre otros. Ex púgil, poeta, decidió un buen día abandonar la crítica literaria escrita para comenzar a propinar castigo físico a aquellos poetas a quienes consideraba merecedores.

Sin dar explicaciones, sin esgrimir razones, acudía adonde podía encontrarlos y con poética sencillez le rompía la nariz de una trompada al poeta en cuestión. Hoy puede sonar un tanto brutal, pero si se mira bien su intervención eficaz explica la calidad inigualable de la producción de esa generación (de hecho, en la historia de la literatura argentina no ha vuelto a darse la convivencia, en un mismo lugar y en la misma época, de tantos ejemplares sublimes de poeta).

Tal vez obligó a que los vates, con la conciencia de la gran amenaza que pesaba sobre ellos, se cuidaran de publicar basura y se dedicaran a otra cosa. Lo sorprendente es que el poeta atacado siempre conocía a la perfección la razón por la que había sido ejemplarmente castigado, aunque Curcio no pronunciara ni una palabra. Adolfo Curcio falleció en 1979 (había nacido en 1909), el 22 de julio. Esa es la razón por la que secretamente los críticos literarios festejan su día en esa fecha infausta.

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