martes, 19 de enero de 2016

Tributo a Nisman

Por Román Lejtman
El ataque terrorista a la AMIA fue una respuesta política de Irán, Siria y Libia a las promesas incumplidas de Carlos Menem, que en su campaña electoral de 1988 recibió millones de dólares sucios a cambio de dos centrales nucleares y el misil Cóndor.

Menem cerró ese acuerdo durante un encuentro que mantuvo con representantes de Muammar Gaddafi en Roma y una audiencia concedida en Damasco por Hafez al-Assad, adonde el entonces gobernador riojano le aseguró al dictador sirio que Michael Dukakis vencería a George Bush en las elecciones de Estados Unidos. 

Ya en Balcarce 50, Menem quebró su oscura promesa y optó por las relaciones carnales con la Casa Blanca. Todos pagamos su voracidad e imprudencia: la AMIA fue atacada por una célula terrorista que asesinó a 85 personas, el 18 de julio de 1994. Y aún sus responsables están impunes.

Cristina Fernández de Kirchner conoce la trama secreta del ataque terrorista a la AMIA y siempre fue consecuente respecto a Irán y Siria, hasta que ordenó a su canciller que abriera una negociación secreta con Teherán. Héctor Timerman, que también conoce la responsabilidad política de Menem, no dudó frente a la instrucción presidencial y diseñó una hoja de ruta que desembocó en el Memorando con Irán. Con esta sinuosa jugada política, Cristina y Timerman nos pusieron en las alcantarillas del sistema diplomático mundial.

Y el Memo, al final, fue declarado inconstitucional por los tribunales argentinos.

El fiscal Alberto Nisman asumió que CFK no había cambiado su posición histórica por una nueva perspectiva jurídica del caso AMIA. Nisman entendió que la entonces Presidente y sus esperpentos oficialistas apostaban al encubrimiento de los responsables del ataque a cambio de un formidable negocio de granos y petróleo. En este punto, desde la perspectiva del fiscal asesinado, Cristina y Menem actuaron parecido respecto a estados dictatoriales con ideología antisemita: se sentaron a negociar sin medir las consecuencias políticas e institucionales.

Cuando Nisman presentó su denuncia por encubrimiento contra la Presidente y sus militantes, el gobierno peronista inició una caza de brujas que incluyó la Procuración Nacional, los servicios de inteligencia, las Fuerzas Armadas, los bloques legislativos, ciertos jueces federales que soñaban con el perdón eterno, la Cámpora y los medios paraoficiales que aún recibían pauta del estado nacional. Todo ese aparato para incendiar una denuncia que sólo exigía investigar la posible comisión de delitos de CFK, Timerman y un puñado de exégetas oficialistas que hacían negocios con Teherán.

El fiscal federal jamás llegó al Congreso para explicar las evidencias e indicios del caso. Fue asesinado en su departamento de Puerto Madero y el gobierno aprovechó su muerte para profundizar su descalificación personal y forzar el archivo judicial de su denuncia penal. Nisman pagó con su vida, una jugada política que inició CFK para supuestamente encontrar a los responsables del ataque a la AMIA. Ahora, en lugar de 85 víctimas del atentado terrorista, deberíamos contar 86. El fiscal federal es el asesinado 86.

Hace unos meses, en un juzgado perdido en el norte de Italia, un magistrado investigaba un caso de corrupción que involucraba a empresarios locales que tenían contratos de limpieza con un municipio que apenas figura en el mapa. Ese magistrado se sorprendió cuando leyó en la desgrabación de ciertas escuchas legales que aparecían nombres de políticos y empresarios argentinos, venezolanos, uruguayos y bolivianos vinculados a la trama de un negocio oscuro con Irán. El negocio ilegal consistía en trasladar uranio argentino a Teherán.

A diferencia de Cristina Kirchner, el presidente Mauricio Macri recibió a las hijas del fiscal asesinado y se comprometió a encontrar a los responsables del crimen político. Macri tiene prevista una reunión con Barack Obama, aunque aún no se sabe si será en Washington o en Buenos Aires. La diplomacia de ambos países busca consensuar una agenda, pero está decidido que ambos jefes de Estado protagonizarán una cumbre antes que empiece el invierno en la Argentina.

En esa cumbre diplomática, Macri puede empezar a cumplir la promesa a las hijas de Nisman: una copia de la investigación del magistrado italiano ya está en Washington. Y en esa copia, se pueden leer nombres de ex funcionarios argentinos que trabajaron bajo las órdenes de Cristina, una presidente que conocía todo lo que pasaba en su gobierno. Son un puñado de fojas, pero su contenido permitiría presentar sin inconvenientes procesales la denuncia que le costó la vida al fiscal federal.

Parece una casualidad permanente, como le gustaba decir a Menem cuando se conocía un caso de corrupción de su gobierno, pero el dossier italiano refiere al tráfico ilegal de uranio justo cuando Timerman por orden de Cristina redactaba el Memorando con Irán. Hace 366 días, Nisman apareció muerto en su departamento. Aún no descansa en paz.

© El Cronista

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