lunes, 11 de enero de 2016

EL AVIADOR / SAINT-EXUPÉRY

“La vida crea al orden, pero el orden 
no crea a la vida”

Antoine de Saint-Exupéry: "¿Y de qué te sirve poseer las estrellas...?"
Por Valeria Tentoni

¿Hay dibujo más escandalosamente simple que podamos señalar, cuando se nos pregunta qué es la literatura, que la caja en la que está dibujado el cordero por el que ruega el Principito? En esa caja de tres agujeros está contenido el universo, ¡allí dentro podría haber cualquier cosa! Hasta un cordero perfecto. Es un auténtico punto del espacio que contiene todos los puntos, ¡el instante gigantesco! Lo que podría ser es lo infinito, y la literatura ¿no es, al fin, la probabilidad de lo improbable?

Alguien apunta su dedo a un libro y dice: “Ahí hay un libro”. Podría decir, en cambio: “Ahí hay un aviador al que se le estropea el motor en el desierto del Sahara, donde conoce a un Principito”. Pero podría decir también: “Ahí hay un avión, hay un desierto entero, con todos los granos de arena que lo colman y los pozos de agua que se esconden entre sus dunas. Ahí hay un asteroide diminuto donde se pone el sol tantas veces como lo decida su dueño, porque también hay un sol. Y hay una rosa con espinas que se cree única porque no sabe que ahí también, en ese mismo libro, hay otro planeta donde crecen, como ella, de a docenas”. El dedo no dejaría, en ningún renglón del parlamento, de señalar una pila de papel encuadernada.

El Principito, que “nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado”, no era precisamente alguien fácil de convencer: son tres los bocetos que le rechaza antes al aviador que acaba de conocer. Al primer cordero por estar “muy enfermo”. Al segundo por ni siquiera ser cordero. Al tercero por ser demasiado viejo. Hasta que pronuncia la fórmula (una máquina maestra, hermanada en su efectividad al preferiría no hacerlo de Melville):
—Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro.

Las últimas fotos que le tomaron a Antoine de Saint-Exupéry antes de que desapareciera en vuelo el 31 de julio de 1944 también fueron encontradas en una caja: “Era una simple caja de cartón perdida en un cuarto trastero de la familia Duriez, en la región de Anjou, al oeste de Francia. Pero una caja en la que el aviador Raymond Duriez guardaba recuerdos olvidados”. Alguien podría señalar esa caja y decir que ahí hay un comandante mayor junto a su Lightning P38 durante la Segunda Guerra Mundial. Rondaba los 40 años, mientras que a ninguno de sus compañeros se les permitía pilotear pasados los 32. No estaba, solamente, pasado de edad: las más de 7000 horas de vuelo que llevaba encima incluían heridas y secuelas de numerosos accidentes. Los aviones de entonces no estaban presurizados y la exigencia física era alta. Se viajaba con unos trajes que hoy consideraríamos obsoletos; en tierra, al calzarse uno de esos mamelucos, la temperatura arañaba los 45º centígrados. El piloto, empapado en transpiración, tardaba pocos minutos en alcanzar casi la misma temperatura, pero ¡bajo cero!, una vez en el aire.

Saint-Exupéry había logrado, después de insistir obsesivamente, que lo dejaran volar. Por su edad, solo le habían permitido realizar siete misiones de reconocimiento fotográfico, tomando imágenes del territorio enemigo. Por otra parte, no había otra cosa que pudiera hacer, desde que se negaba a tirar bombas. Creía que la guerra era una enfermedad. Los noveles pilotos del resto de la dotación estaban fascinados con tener entre ellos a una leyenda de la aviación, uno de los pioneros del aire, pero también a un escritor –ya había ganado reconocimiento, aunque abandonaría este mundo sin saber que El principito llegaría a ser, después de la Biblia, el libro más traducido del mundo. Para que Antoine no tuviera que volver a casa tan rápido, los soldados le contaban cada misión cumplida como media: así, duplicaban su estadía con ellos. Lo describen como a un hombre hermoso de tratar, que jugaba a las cartas, hacía trucos y hasta sabía hipnotizar (su esposa contó que una vez hipnotizó a un inspector de tránsito para que no le hiciera una multa).

Restos del Lightning P38 con el que despegó desde la isla de Córcega para un vuelo rutinario por encima de los Alpes fueron hallados en el este de la isla de Riou en 2004. Catorce años antes, un pescador de la costa marsellesa encontró la pulsera con el nombre del aviador muy cerca de ahí. No se sabe por qué se cayó ese avión: las versiones van desde la hipótesis del suicidio hasta la de una falla técnica o el desgobierno del modelo (Saint-Exupéry, veterano, había volado los primeros aviones y estos eran más complejos, las cabinas de comando más llenas de palancas, perillas y medidores). También apareció un piloto alemán, Horst Rippert, que asegura fue él quien derribó el avión de su escritor favorito: “El avión volaba en forma extraña. Era una forma de volar que yo calificaría de modesta, un estilo inseguro. Cuando uno participa en un duro combate aéreo, esa forma de volar no es normal. Deduje, entonces, que se trataba de una misión de observación. Entonces, descendí en picada y tiré”, contó a La Nación. “Si hubiera sabido que era él, no hubiese disparado. Eso es seguro. Desde entonces me digo que ese día abatí al más amigo de mis enemigos”.

La hermana de Antoine supo por la BBC que no había vuelto a la base aérea de Cerdeña y estaba desaparecido. Intentó evitar que su mamá se enterara, pero un vecino le fue a dar el pésame en la calle. La mujer se negó a creerlo: “Pensó que había caído en algún pueblo montañoso del Piamonte, y que las mujeres del pueblo lo habían rescatado y cuidado y que había entrado en un convento donde había encontrado la fe que brillaba en Ciudadela y en sus últimas horas. Pensaba que estaba en un convento y que no quería revelarlo”, cuenta un sobrino en el documental El último vuelo.

Hay otras fotos de sus últimos días: las que tomó el fotógrafo John Phillips, de la revista Life. Él fue quien consiguió mover las influencias necesarias para que el General Eaker de las Fuerzas Aéreas le permitiera volar de nuevo a Saint-Exupéry. Negoció esa intervención a cambio de un texto para la revista: la “Carta a un americano”, que finalmente donó a Francia. Phillips publicóPoeta y piloto, donde aparecen esas imágenes, y también lo retrata por escrito en pasajes como el que sigue: “La razón por la que Saint-Ex no hablaba inglés era simple. Como buen perfeccionista, se negaba a manipular las palabras con torpeza en una lengua extranjera y distorsionar con eso sus pensamientos”. “Cuando necesito una taza de café, camino hacia una moza encantadora y le describo gestualmente una taza, una cuchara, café, crema y azúcar. Esto la hace sonreír. ¿Por qué tendría que complicarme la vida aprendiendo inglés, y perder así esa sonrisa?”, cuenta que le dijo en Nueva York. La línea parece suya, sobre todo cuando repasamos los párrafos de Carta a un rehén (que no es más que el prólogo para una obra de Léon Werth, su amigo, al que también dedicó El Principito), en la escena del almuerzo y en la del reportaje sobre la guerra civil española, donde lo detienen para pedirle sus papeles de periodista. “Lo esencial, lo más frecuente, no tiene peso. Aquí lo esencial solo fue, aparentemente una sonrisa. Una sonrisa es a menudo lo esencial. Una sonrisa paga. Una sonrisa recompensa. Una sonrisa anima. Y la cualidad de una sonrisa puede hacer morir”, escribe. La sonrisa, ese discreto milagro de la carta, que conduce a esa línea famosa: “Lo esencial es invisible a los ojos”. La amistad y la hermandad entre los hombres siempre son un tema en Saint-Exupéry. Esa alegre vocación universal y humanista quizás le haya venido de la perspectiva alada: a distancia de la tierra, es más claro que todos somos tan pequeños que lo mismo.

Al momento de su desaparición, hacía diez años que había tenido un accidente grave en Guatemala –y tuvo uno en el desierto del Sahara, junto al mecánico André Prevót, rescatados por un beduino en camello al tercer día de deshidratación-- y le venía prometiendo a su esposa, Consuelo Suncín, que no iba a volar más. No era muy prolijo para cumplir promesas: “El orden por el orden castra al hombre de su poder esencial, el de transformar tanto al mundo como a sí mismo. La vida crea al orden, pero el orden no crea a la vida”.

Se casaron en Niza en 1931, pero se conocieron tres años antes en Buenos Aires. La escritora salvadoreña había estudiado derecho y periodismo, y ya había sido dos veces viuda. La última vez de otro escritor, Enrique Gómez Carrillo. A Argentina llegó rica y con 25 años, para liquidar unas propiedades. Benjamin Crémieux, a cargo de la Compañía Aeroposta, le presentó al hombre al que, según insiste en esta entrevista, inspiraría el libro que lo hizo más famoso. La rosa del principito no sería otra que esta mujer asmática venida del país de los volcanes (en el asteroide también los hay); por eso la flor tose, por eso la escena con el zorro, cuando manda al Principito a ver las rosas (hasta entonces, creía que no había más que ella en el universo por ejemplar de la especie) para comprender que la suya es la única en el mundo. “Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin”, las ofende. Y advierte: “Mi flor es efímera y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y la he dejado allá sola en mi casa!”. Consuelo dice que en las cartas que le escribía (y que le robaron) le confesaba que ese personaje delicado y caprichoso era ella. Y cuenta que, ni bien la conoció, la invitó a volar con él. Todas estas cosas aparecen en un libro de memorias que escribió y publicó bajo el nombre Memorias de la rosa.

Saint Exupéry había llegado un 12 de octubre de 1929 a Buenos Aires para ocupar el cargo de director de la empresa Aeropostale S.A., filial recién creada de la Compagnie Générale Aéropostale, nacida en Toulouse en 1918 bajo el nombre de Latécoère. Veinte años más tarde se fusionaría con otras firmas y daría origen a lo que hoy conocemos como Aerolíneas Argentinas. En el Museo Nacional de Aeronáutica hay un Latécoère XXV que piloteó el mismísimo Antoine de Saint Exupéry en uno de esos primeros servicios aéreos nacionales que avanzaron sobre la patagonia y en rutas a Asunción del Paraguay y Santiago de Chile. El escritor tenía por misión organizar la red de América Latina. De hecho, comandó el vuelo inaugural de Aeroposta Argentina, en noviembre de 1929, desde Harding Green en Bahía Blanca, con destino Comodoro Rivadavia. En ese par de años que pasó en nuestro país, aterrizó también en lugares como Trelew, Río Gallegos, Mendoza y Posadas, entre otros destinos, incluyendo los accidentales, como Concordia. Su paso por ese último lugar está documentado en la película Oasis, rodado en los años 60. Edda Fuchs, una de las hijas de los dueños del castillo en el que le dieron hospedaje para pasar la noche, cuenta cómo lo conoció, andando a caballo, cuando lo encontró en pleno trabajo con el mecánico sobre el avión averiado. Ella y su hermana hablaban, como él, francés. “No era un piloto comercial, era un poeta. De repente se iba y se olvidaba su misión”, dice.

Antes de que la compañía fundiera, en 1931, el poeta alcanzó a escribir la novela Vuelo nocturno, con prefacio de André Gide, donde aprovechó los escenarios que veía en nuestro país. El libro está dedicado a su jefe, Monsieur Dider Daurat, a quien retrató en el personaje de Riviére. Con él ganó el premio Prix Femina y una adaptación homónima al cine. Ya había redactado El aviador y Correo del sud. “Escribía cien páginas para dejar quizás media. Me despertaba a cualquier hora de la noche para leerme. Pero me decía: ‘Yo no soy para nada un escritor’”, contaba Consuelo. Y dejaba dicho, para que nadie tuviera dudas de su cualidad de musa y de partícipe necesaria: “Yo me casé con un aviador”. Vuelo nocturno, de hecho, empezó como una carta de más de 80 páginas que le mandó a ella. “Pero eso no es una carta, ¡es un libro! ¿Por qué no lo escribís?”, le respondió. Antoine le dijo que si aceptaba casarse con él, lo terminaba.

El Principito fue escrito en un hotel de Nueva York y en Long Island, en 1940. No supo que se traduciría a 26 alfabetos diferentes, más de 260 lenguas y dialectos. Fue él mismo quien ilustró las páginas de ese mundo de mundos, aprovechando sus estudios en Bellas Artes aunque, como su personaje, se quejaba de no saber dibujar muy bien. Acá se pueden ver algunos de sus bocetos, manchados con café y con quemaduras de los cigarrillos rubios Comander que le colgaban todo el día de la boca. Y ahí también se cuenta que Saint-Exupéry le entregó, en una bolsa de papel marrón, el manuscrito de ese libro a su amiga Silvia Hamilton diciéndole: “Quisiera darte algo maravilloso, pero esto es todo lo que tengo”, antes de partir a Algiers como piloto militar. En Francia, el libro no se publicó sino hasta dos años después de su muerte. Desde 1968, el manuscrito pertenece a la Morgan Library de Nueva York.

Siempre andaba con una libretita en el bolsillo donde hacía anotaciones para sus libros, pero le gustaba demasiado andar vivo por la vida como para quedarse horas redactando frente a un escritorio. Tierra de hombres, por ejemplo, lo completó en unos meses que tuvo que pasar en cama después de que estallara su avión en un vuelo desde Nueva York a Tierra del Fuego. Con ese libro ganó el Gran Premio de la Academia Francesa y el National Book Award en Estados Unidos. Pero Antoine de Saint-Exupéry quería volar. Y volar y volar. Le dijeron que no desde el principio y le importó un cuerno. Lo rechazaron en 1918 en el ingreso de la Ecole Navale y la Ecole Centrale, y ahí fue que se puso a tomar clases de Arquitectura en la Escuela de Bellas Artes de París. En 1921 hizo el servicio militar, ingresando en el 2º Regimiento de Aviación de Caza, en Neuhof, cerca de Estrasburgo, donde aprendió a pilotear. Meses más tarde tendría su primer accidente, en el que se fracturaría el cráneo. La familia de su novia de entonces, Louise de Vilmorin, le prohibió insistir con el aire y tuvo que buscarse otros trabajos. Esta rendición finalmente fue inútil, porque ella rompió el compromiso un tiempo después. Sí pudo hacer, con mejor suerte, vuelos civiles. En 1926 ingresó en Latécoère, para volar la ruta Toulouse-Casablanca y Dakar-Casablanca y después tuvo la experiencia sudamericana que ya narramos, de la que pasó, en 1934, a integrar la nueva compañía Air France.

Trabajó también como corresponsal de guerra, e intentó romper récords de aviación: en 1939, por ejemplo, quiso batir el de la travesía del Atlántico. En Estados Unidos, donde también vivió y donde lo conoció Phillips, lo entrevistaban, lo recibían como a un escritor notable, y a él lo preocupaba no estar volando. Su mente estaba en eso –sus libros también están, como su mente, en eso. Hay una lista de patentes para aviones que dejó, compiladas por G. Pélissier: inventó sistemas, dispositivos y métodos de arranque, aterrizaje y propulsión, aparatos para trazar rutas, un Goniógrafo. Lo último que patentó fue un nuevo método de localización por ondas electromagnéticas, en 1940. Quizás, si no le hubiesen otorgado la patente recién en 1977, hubiese servido en 1944 cuando salió del alcance del radio dos horas después de despegar para nunca más reaparecer.

Había nacido un domingo 29 de junio en 1900 en Lyon, Francia, en el número 8 de la rue Peyrat. Era el tercero de cinco hermanos, hijo del Conde Jean-Marie de Saint-Expuéry (quien falleció cuando él tenía solo cuatro años de edad) y de Marie Boyer de Fonscolombe.

Hay dos asteroides que llevan el nombre del aviador francés: el 2578 Saint-Exupéry, descubierto por Tamara M. Smirnova en 1975, y el 46610 Bésixdouze --en francés, “B seis doce”, y B612 (tal el nombre de la tierra del Principito) equivale a 46610, en notación hexadecimal. También hay una luna que se llama El Principito, la del asteroide 45 Eugenia: fue el primer asteroide sateroidal descubierto con un telescopio desde la tierra.

—¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
—Me sirve para ser rico.
—¿Y de qué te sirve ser rico?
—Me sirve para comprar más estrellas.

© Eterna Cadencia

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