miércoles, 26 de agosto de 2015

Síndrome de Tucumán

Por Román Lejtman
Vicente Leónidas Saadi, un caudillo catamarqueño que actuaba como senador, se subía a una chata con las mangas arremangadas para exhibir un reloj redondo con la imagen de San Perón detrás de las agujas plateadas. En un pueblo miserable de su provincia, bajaba de la chata, hablaba con los pobres de siempre y al final regalaba su reloj. "Me lo dio el General", decía en su conocido tono de farabute. 

Después subía a la camioneta y buscaba en una caja otro reloj de Perón, para seguir hipnotizando a un electorado que desconocía el agua potable y la vivienda digna.

Carlos Juárez, un barón santiagueño que fue gobernador peronista, recorría las villas de su provincia con centenares de zapatillas de un solo pie. Bajaba de su auto con aire acondicionado, pedía su voto a los pobres perpetuos de Santiago del Estero y entregaba una zapatilla para cada miembro de la familia. Al día siguiente del comicio, con la elección asegurada, entregaba la otra zapatilla.

Gildo Insfráan, el diminuto emperador de Formosa, ha mejorado la estrategia clientelar de sus compañeros Saadi y Juárez. Reparte cargos en la administración pública, entrega subsidios a los carenciados y presiona para que todos sus empleados voten por su fórmula a gobernador. Insfrán aplica un yanaconazgo político que pondría colorado a los Reyes Católicos.

Eduardo Fellner, gobernador de Jujuy, sofisticó la manipulación electoral de los pobres de su tierra. Entrega subsidios y fabrica ñoquis públicos, mientras permite que Milagro Sala organice su propio estado jujeño con los millones de dólares aportados por Néstor y Cristina Kirchner. Sala concede educación, trabajo y vivienda si te afiliás a la organización Tupac Amaru, tres derechos básicos que la piquetera usa al estilo Saadi, Juárez e Insfrán.

Jorge Capitanich, manda sobre el Chaco y asegura que no hay mucho desempleo en su provincia. Alcanza con llegar a Resistencia y observar cómo los pobres son mendigos por un plato de guiso. En su provincia, Coqui desplegó la típica batería del clientelismo peronista: subsidios, empleos públicos y promesas que jamás cumplirá.

José Alperovich, jefe absoluto de Tucumán, es un político creativo con una ambición sin límites. Será senador en diciembre, después de protagonizar una represión inédita y un comicio plagado de irregularidades. Viaja por el mundo en primera, mientras sus coterráneos no tienen agua corriente ni educación. Juntó muchos votos repartiendo bolsas de comida, cargos públicos y colchones. En la Cámara Alta, tiene su futuro asegurado.

En una campaña presidencial sin ideas programáticas, ni debates ideológicos, aparece la miseria ética sin eufemismos ni maquillajes. Una multitud de votantes independientes y hartos de la oscuridad buscan que un candidato entienda su pensamiento, su intención y su deseo de encontrar una propuesta destinada a terminar con la corrupción y la ausencia de moral.

El clientelismo en Catamarca, San Juan, Chaco, Jujuy, Santiago del Estero, Tucumán, por citar casos emblemáticos, siempre estuvo expuesto ante la mirada de la sociedad y de los medios. La diferencia, ahora, es que pesa al momento de votar. Y eso significa que, por fin, hay un hartazgo que va más allá de las coyunturas económicas. Los desconocidos de siempre buscan a un candidato que apoye la ética de las convicciones, que empuje un plan destinado a terminar con las cloacas de la corrupción.

Será presidente quien entienda este mandato y se comprometa a cumplirlo. Otro camino, otro discurso, nos lleva a las Nubes de Úbeda. Es cháchara.

© El Cronista

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