lunes, 31 de agosto de 2015

Pierde el que se cansa

Por Gabriela Pousa
Extraña relación la de los argentinos con el tiempo: lo pierden inexplicablemente mientras luchan contra él justificando lo indecible. 

Así, los días que faltan para los comicios transcurren como si nada fuera a cambiar cuando quizás, lo único incapaz de cambiar sean ellos mismos.

Hay varias alternativas para analizar lo que pasa: o el mortífero aparato comunicacional del kirchnerismo ganó la pulseada y el impúdico “Scioli ya ganó” fue consumido del mismo modo como Sócrates bebió la cicuta, o estamos esperando que “otros” solucionen la calamidad de un sistema que no da para más. El problema es que no hay “otros” que no seamos nosotros. 

El pus aflora por los cuatro puntos cardinales, cada elección es un bisturí cortante que penetra en un cuerpo con metástasis. Tucumán es la biopsia realizada que corrobora lo dicho. El mismo feudalismo de Alperovich es el que instauró Néstor Kirchner en Santa Cruz. No se trata de un mal del Norte. Las fronteras provinciales se desdibujan a la hora de evaluar los métodos. Todo vale si se trata de llenar urnas, y a esta realidad, suma la insoslayable levedad del ser argentino.

Ya no somos siquiera una unión con aquello que nos rodea. La fórmula de Ortega y Gasset se desarma y no existe “uno y sus circunstancias”. Aquí y ahora, somos solo uno, liberamos a las circunstancias. “Yo estoy bien, el resto no interesa. Yo vivo en Buenos Aires, qué me importa Tucumán“, pero Tucumán mañana puede ser Buenos Aires… 

Aceptamos el modelo de sustitución de progreso por electrodomésticos, bancamos la economía de la cuota para el plasma, y nos sedujo la cultura del ocio y la militancia. Estas son las consecuencias, no las causas. De allí que el final de Agosto nos encuentre más concentrados en el próximo verano que en el deber cívico de votar y generar un cambio.

Apenas un 30% de la población se interesa por la política, pero guste o no, la política digita la vida de todos en Argentina. La elección se dará en un clima enrarecido donde un escenario de caos no genera asombro ni espanto. Vivimos en el escándalo. 

Es común la compra-venta de votos, lo que no es, es normal. Pero acá se naturalizó el escándalo a punto tal que siete noches con una sociedad movilizada en Tucumán no es noticia ni prioridad. Sin embargo, el clientelismo que naturalizamos ha dejado de reducirse al puntero político del barrio. En ese sentido, Cristina ha cumplido. Fue, va e irá por todo, todo cuánto le permitamos llevar. 

Ahora los limites se pasaron: urnas quemadas, fiscales amenazados, periodistas golpeados, armas en las unidades básicas, gendarmes heridos, robo de boletas, urnas llenas antes de votar, muertos votando… La realidad superada por la ficción una vez más. Frente a este escenario, pocas semanas, insuficientes y demasiado veloces para intentar cambiar. 

Nadie se acostó nunca en la edad antigua y amaneció al otro día en la modernidad. Modificar el feudalismo implica un proceso que si bien puede estar por empezar, lejos de está de su final. Hay que dar el primer paso, el más difícil porque el temor se hace notar.

A la vez, es necesario aceptar la cuota de tolerancia y complicidad que se ha tenido con lo que hay. A esta ignominia no se llegó en uno o dos años. La ansiedad ahora no coopera a la racionalidad. ¿Cómo creerle a un Sergio Massa irrumpiendo de pronto con todas las ideas que no esbozó cuando fue jefe de Gabinete del gobierno actual? Es casi como creerle a Scioli que de ganar, gobernará sin La Cámpora.

Al gobernador le están quemando el cajón. La oposición puede no convencer en demasía pero el oficialismo es todo ebullición. Las encuestas perdieron credibilidad tanto como los encuestados. Muchos de quienes dicen detestar el kirchnerismo, se sienten cómodos conviviendo con el mismo, aprendieron sus mañas, idearon sus trampas. Es un atajo, no es el camino, por eso nunca llegamos a buen destino.

El laberinto se cierra y las salidas no se vislumbran a simple vista, de allí la inacción y la calma de una tensión que gravita. La satisfacción no prima por sobre la resignación. Es como si el precio de esta degradación no fuera lo suficientemente caro. Sin embargo, el precio no puede ser más alto porque no se salda con emisión, ni con una variación del tipo de cambio, ni con devaluación. Este corso a contramano solo se lo paga con años, esos que no tenemos ya para vivir mejor. 

Después de más de doce años observando este teatro, los actores que decimos malos, aún tienen chance de renovar el contrato. Esto es lo verdaderamente grave que está pasando porque en la normalidad, cualquier espectador de una obra mal actuada no vuelve a comprar entradas. 

Todo lo que sucede no cambiará únicamente con una modificación tecnológica en la votación, no caigamos en la trampa que el gobierno nos tendió. Nada más funcional al kirchnerismo que debatir durante un mes y medio el voto electrónico sí o no, cuando el tiempo ya se consumió. 

El fraude se puede frenar con participación ciudadana, en primer lugar en las urnas, como debe ser; en última instancia en las plazas. Si solo se denosta la represión y no el fraude en la elección tucumana, nos quedamos a medio camino sin avanzar nada. 

La solución a lo que pasó en el jardín de la República está en la plaza. Pierde el que se cansa. Es simple la deducción. Una elección malversada debe ser anulada como sucedió en marzo del 2003 en Catamarca. Lo que allí suceda puede marcar definitivamente el rumbo de lo que suceda en Octubre a nivel nacional.

Quizás los argentinos tengamos un problema personal más que político. Ya estamos en la selva donde gana el más fuerte, para salvarse hay que espantar al león, huyendo o haciendo ruido. Hoy el silencio es complicidad, no es sigilo.


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