martes, 17 de febrero de 2015

Porno y baratijas de vanguardia

Por Manuel Vicent
Si al entrar en una galería de arte encuentras un urinario expuesto sobre un pedestal y al contemplarlo no piensas en tu vejiga sino en la emoción que te provocan las formas puras de ese objeto situado fuera de contexto, Marcel Duchamp dirá que tu mirada te ha convertido en un creador. Si fuera verdad, como afirmó el pintor Kurt Schwitters que “todo lo que escupe el artista es arte”, darás por bueno que para cualquier artista el acto de expulsar el propio excremento es equiparable a la inspiración que llevó a Tiziano a pintar la Venus de Urbino

De hecho, en 1961, Piero Manzoni expuso 90 latas de 5x6,5 centímetros etiquetadas como Mierda de Artista, que vendió al precio de su peso en oro según la cotización del día. Algunas de estas latas fueron adquiridas para su colección por la Tate Gallery de Londres, por el MoMA de Nueva York y por el Pompidou de París.

Parece que la primera regla del artista contemporáneo es dar que hablar con cualquier clase de locura. El neoyorquino Dash Snow presentó un collage contra las brutalidades de la policía sobre el que había derramado su semen. Antes, Andy Warhol ya había pintado con orina y Chris Ofili con boñiga de elefante, pero fue Dalí el primero en percibir que el genio de un artista moderno no está en su obra sino en su vida y en este sentido invirtió la mayor parte de su talento en fabricar de sí mismo un personaje equiparable a una marca comercial. El acto iniciático de su consagración consistió en romper un escaparate en la Quinta Avenida de Nueva York ante una batería de fotógrafos. Parece fácil, pero solo algunos privilegiados consiguen transformar el escándalo en una creación personal que conlleve fama y dinero. Uno de ellos es Jeff Koons.

Si arte es todo lo que hace el artista, el problema consiste en saber quién es ese ser tan poderoso que a su vez crea al artista y le otorga el don misterioso de despertar pasiones estéticas y monetarias fulminantes e ineludibles. En la cultura clásica era Apolo el encargado de transferir al artista el carácter sagrado de la belleza. A lo largo del tiempo este dios se ha transfigurado bajo los nombres de famosos mecenas, príncipes renacentistas, cardenales de la Iglesia, burgueses hanseáticos. En el arte contemporáneo hoy Apolo dice llamarse Larry Gagosian, White Cube, Paula Cooper o hasta su fallecimiento Sonnabend, marchantes y galerías estrellas con poder suficiente para convertir a sus pintores en una marca a través de la publicidad. Es el caso de Jeff Koons.

El artista Jeff Koons posa junto a una de las esculturas
por las que se pagaron 50 millones de euros. 
Al contrario de cualquier artista bohemio, lejos de exhibir una pinta excéntrica, Jeff Koons tiene el diseño de un ejecutivo medio con corbata, el pelo cortado a cepillo como un teniente de West Point, que confundirías con una de las miles de hormigas iguales que suben y bajan de las oficinas de los rascacielos de Nueva York. Nació en Pensilvania en 1955, estudió Bellas Artes en Chicago, se licenció en 1976 y lo primero que aprendió del galerista Gagosian fue que una obra de arte está sometida como cualquier otra mercancía a las leyes del mercado y solo vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella. Su precio justo, como decía el crítico Robert Hughes, siempre es el más alto que pueda alcanzar. Por pura lógica, Jeff Koons se hizo agente de bolsa en Wall Street durante cinco años para financiarse la carrera artística y se aplicó a sí mismo la cuota de mercado como una receta.

El sociólogo Jean Baudrillard afirmó que en esta sociedad postindustrial la realidad ha sido suplantada por un juego de signos, imágenes y símbolos. La publicidad no vende productos reales sino un estilo de vida. Puestos así, en el arte contemporáneo los artistas, los marchantes y los coleccionistas famosos para existir deben convertirse previamente en una marca publicitaria reconocible en el mercado.

Consciente de que el negocio del arte es una representación que se realiza sobre un escenario teatral planetario, Jeff Koons primero entró a saco a través de banalidades de carácter industrial en la estéticakitsh con el famoso perro Puppy de más de doce metros cubierto de flores, con anuncios de bebidas, corazones de plástico, popeyes, elefantes, conejos, pelotas de baloncesto suspendidas en un tanque de peces, pulidoras de vitrinas, panteras rosas, aspiradoras y otras baratijas convertidas en trofeos con colores brillantes; luego dio otra vuelta de rosca y trató de convertir la pornografía en vanguardia exhibiéndose a sí mismo como mercancía con sucesivas imágenes explícitas de coitos, incluido el sexo anal, practicados con su exmujer, la actriz porno Ilona Staller, la famosa Cicciolina de la política italiana.

Hoy es el artista vivo más caro del mundo. Ballom Dog, uno de sus perros hinchables, ha alcanzado el precio de 51 millones de euros en una subasta de Christie’s en 2013. Pero un coleccionista solo estará dispuesto a pagar esta cifra si con ello experimenta la pulsión erótica que se produce cuando el arte entra en contacto con el dinero y le ofrece ante el mundo la marca oficial de hombre rico y caprichoso. Los galeristas como Gagosian, Sonnabend o Saatchi, modernos representantes de Apolo en la tierra, lanzaron el siguiente oráculo: en la inversión de arte no hay reglas, el tiburón de Damien Hirst es bueno, las latas de mierda de Manzoni son buenas, un perro de Koons es bueno; cualquier bagatela que el artista decida que es arte es buena, siempre que haya coleccionistas dispuestos a pagar por ella.

© El País (España)

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