sábado, 25 de agosto de 2012

Cosas que no encajan

Por Roberto García
“Si me la piden, la sacamos. Con un poco de billetera, claro.” Crudamente, un peronista kirchnerista de la Cámara de Diputados confesaba la feliz travesía de la reforma constitucional para llegar a buen puerto, antes de las elecciones del año próximo, siempre y cuando bajara la orden desde la Casa Rosada. “No hay que esperar a los comicios de 2013, a conseguir resultados más ventajosos para intentarlo: los votos ya están hoy, aunque parezca que no dan los números”, añade.

Y completa con un dato: tampoco Carlos Menem, en su momento, tenía los dos tercios para promover la reelección, pero como algunas voluntades ajenas estaban aseguradas –basta ver ahora los que fueron al baño con la expropiación de Ciccone y la expiación de Amado Boudou– no había forma de parar la iniciativa y a Raúl Alfonsín no le quedó, en apariencia, otra alternativa que doblegarse y cederle un nuevo mandato. Mejor que pareciera un pacto y no un robo fue la excusa para justificar un error monumental. Parte de un “relato”, sin duda, si uno no desea entrar en otras consideraciones menos infantiles.

Optimismo total entonces para diputados dentro del oficialismo (recordar que algunos legisladores saldrán de la política al vencer sus ciclos y, como suele decirse, procuran una indemnización), nadie discute a su vez la consagración obvia en el Senado por posición dominante siempre y cuando se dispare la orden desde la Casa Rosada para el trámite de la reforma. Así se expresan algunos conocedores del enjuague parlamentario. Para reforzar tibios en la Cámara alta, además, se especula que hasta podría haber una carta firmada por gobernadores alentando la re-reelección de CFK y la imperiosa conveniencia del Estado para modificar, agregar y podar derechos y obligaciones según los intereses partidarios. Hay quien especula que esa carta de fe cristinista podría ser encabezada por Daniel Scioli, al menos es el requerimiento que temen en su entorno bonaerense. O no fue él, dirán como pregunta los cristinistas, quien anticipó su intención de ser candidato presidencial siempre y cuando la mandataria no expresara su propósito de continuarse a sí misma. Ella, además del silencio, lo mantiene distante al gobernador: fue obligado el comentario en la Bolsa, entre los asistentes vip al último encuentro, que a Scioli lo mudaron de silla por instrucción de la Presidenta, estuvo parca en exceso con él en el saludo mientras curiosamente desplegaba una simpatía transitoria con Mauricio Macri, a quien invitó con humor platense a su cercanía: “Venga para acá que nadie lo va a morder”. Tan dulzón como efímero el respiro de la dama.

Al abundar las declaraciones sobre el proyecto Cristina eterna, al cual repentina y sospechosamente se subieron intendentes, gobernadores y más de un seguidor original caracterizado por la reserva (el senador Marcelo Fuentes, por ejemplo), distintos políticos de la oposición, hasta ahora perdidos en el desierto, encontraron para protestar un refugio y una brújula presunta. Y una razón para reunirse. A pesar, incluso, de que comparten muchos de los cambios que imagina el Gobierno para la Constitución. Así han empezado deserciones, los reclamos dinerarios de las provincias, las fotografías que nunca se imaginaban (De la Sota-Macri), los encuentros de fracciones diferentes. Y el repaso histórico sobre aquella decisión de Alfonsín que favoreció a Menem con la reforma, cuando prefirió la continuidad de éste en la Presidencia para evitar que llegara a su lugar Eduardo Duhalde, a quien consideraba un aprendiz de fascista. Singularidades de la vida, más tarde se asoció a ese cacique que encerraba en la derecha, cambió de opinión sobre el personaje y juntos se embarcaron en atender una crisis, la de 2001, de la que tampoco habían sido ajenos.

Se inició por tanto una campaña casi imprevista, la del “no va más Cristina en 20l5” y la que apresuró el Gobierno con “Cristina para siempre”. Para algunos, hay que mirar el tono con el cual la oposición castigó a Boudou en el caso Ciccone, utilizando casi lenguaje kirchnerista. Más habría que mirar, sin embargo, la prudencia de algunos oficialistas en la defensa del vice, casi perezosos en la protección (como ejemplo, el titular del bloque, Agustín Rossi, quien dedicó casi todo su discurso a tecnicismos de ingeniería o de impresión de billetes sin aludir a la prescindencia supuesta de Boudou en el affaire).

Tal vez menos endeble se vuelva la oposición en el caso de que arrastre algún desprendimiento del glaciar cristinista: uno medianamente importante por lo territorial o influencia supondría conmover la hegemonía oficialista, el fin de ciertos sueños. Por el momento, sea por la disponibilidad de caja o el sometimiento jerárquico, nadie vaticina un desguace. Ni mínimo. Pero la política ha adquirido una notable fluidez en los últimos días, tanto que junto a la teoría de “Cristina eterna” florece un justificativo personal: más que seguir en 2015, lo que desea ella es que no se le desfleque y disuelva el poder dos años antes, cuando empiece a regir lo que los norteamericanos llaman “el pato rengo”, esa figura decadente a la cual tanto le temía el finado Néstor.

Esa claudicación progresiva, esa pérdida de autoridad, tan común en algunos países, parece que inquieta a la Presidenta. Sea por represalias, enconos o falta de experiencia en la materia en la Argentina. En ese esquema, la re-reelección sería un entretenimiento para la etapa final, una disuasión contra los exaltados, una garantía de que el poder no ingresa en el ocaso dos años antes del final. Aunque se habla de esta eventualidad, como del cansancio de Cristina al frente de la gestión, no se encuentra a ningún cristinista que participe de este criterio. No encaja con el “vamos por todo”.

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