![]() |
| Por Alfredo Leuco |
Aimé siempre fue el cancherito del barrio y de la facultad.
Fachero con las minitas, carismático y seductor con los gomías, el líder de una
barra de muchachos pícaros que luego se transformó en una banda de
delincuentes. El hilo conductor de su vida no es la ideología ni la vocación de
servicio hacia los demás desde el compromiso político. La columna vertebral es
su actitud desprejuiciada, ese lenguaje coloquial del que se siente impune y se
anima a todo. Es piola, pero se cree más piola que todos y eso fue su
perdición.

