lunes, 15 de agosto de 2022

La fórmula que tampoco le resultará a Juntos por el Cambio


Por Andrés Fidanza

Por si faltaba algo para moderar las expectativas de una sociedad entre enojada y apática, ahí apareció Elisa Carrió. La jefa de la Coalición Cívica improvisó un monólogo que no estaba incluido en el guión de Juntos por el Cambio. Justo cuando la amenaza de Javier Milei empezaba a desdibujarse, JxC exhibió sus cortocircuitos y limitaciones.

La lluvia ácida de la ex diputada chaqueña alimentó especulaciones conspiranoicas para todos los gustos: ¿Mauricio Macri le dio cuerda a Lilita en una reunión previa que mantuvieron? ¿Se trató de una pirueta para blindar a Horacio Rodríguez Larreta y perjudicar a Patricia Bullrich? ¿Ella misma quiere volver al ruedo electoral? La realidad suele ser más caótica y, por lo tanto, decepcionante.

Con o sin maquiavelismo adherido, la intervención de Carrió sirvió para dejar algo en claro. Dos cosas, en realidad. La más superficial es que la palabra de Lilita ya no despierta el pavor que generaba hace una década. Su papel de garante o de verdugo moral perdió poder de fuego. La conclusión más profunda es que la coalición opositora todavía no saldó sus diferencias. Las discrepancias cambiemitas son ideológicas, de egos y también de ambiciones.

Juntos por el Cambio ni siquiera alcanzó una evaluación mínimamente compartida sobre qué fue lo que falló durante la presidencia de Macri. ¿El egresado del Cardenal Newman no fue a fondo con las reformas que pretendía instaurar, tal como ahora evalúa el macrismo hard? ¿Faltó construcción y consensos políticos, incluso con actores del peronismo no kirchnerista, según lo que ahora sugiere el alcalde porteño? ¿No existió sensibilidad y pulso social, en la versión que ensayan algunos radicales? No abundan los puntos de acuerdo en la familia ensamblada de la oposición.

Si el frente de macristas, radicales y lilitos vuelve al poder en 2023 -una proyección más que probable frente al derrumbe cotidiano del oficialismo-, ese choque de miradas aflorará nuevamente. Y lo hará en plena gestión. La fórmula de ganar y después vemos no le funcionó al Frente de Todos. No hay motivos ni magia en el aire para que sí le resulte a la alianza opositora

Los encuentros semanales que celebran los 100 cuadros técnicos de JxC no van a suplantar, al momento de llegar a la Casa Rosada, el papel fundamental de la conducción política y la definición de un rumbo económico claro. En 1998, más de un año antes de las presidenciales en las que se impuso Fernando de la Rúa, se creó el Instituto Programático de la Alianza (IPA). Lo armaron la UCR y el Frepaso. Su conductor era el ex presidente Raúl Alfonsín

El objetivo del IPA era coordinar una hoja de ruta a ser aplicada a partir de 1999. Los delegados de los partidos que componían la Alianza se reunían hasta dos veces por semana. Dirigentes de primera línea asistían a los encuentros del instituto. Por ejemplo, los radicales Horacio Jaunarena, José Luis Machinea, Alfredo Neri, Oscar Shuberoff y Aldo Ferrer. Por el Frepaso asistían Adriana Puiggrós, Raúl Zaffaroni, Guillermo Estévez Boero, Nilda Garré, Enrique Martínez y Julio Godio. Pese a las buenas intenciones del IPA, la crisis macro-económica y la falta de liderazgo se llevaron puesto el experimento programático de la Alianza.

Por las dudas, el diputado Facundo Manes mira de reojo por fuera del corset de Juntos por el Cambio. ¿Qué hay afuera de la caja ? Al momento, no demasiado. Figura el gobernador cordobés Juan Schiaretti, quien promete que esta vez sí saltará el cerco confortable de su provincia. 'El Gringo' mantiene conversaciones con algunos perseverantes de la tercera vía, como Florencio Randazzo y Juan Manuel Urtubey. Y también con Manes, para disgusto de macristas y peronistas republicanos. Miguel Ángel Pichetto le hizo saber de su malestar.
Pero esa alquimia electoral todavía necesita volumen o, como ocurrió en 2003, que el sistema político se vuelva a astillar. Ese desenlace significaría que no prosperó la hoja de ruta encabezada por 
Sergio Massa.

El Gobierno, mientras tanto, se aferra a su veranito de estabilidad política. Se trata de un verdadero oasis, tras meses de desgaste público y tiros en los pies. Ese capital, pese a una mejora de la curva en los últimos días, todavía no alcanza para frenar drásticamente la sangría diaria de dólares. Tampoco para ser demasiado optimista respecto a que la inflación vaya a ir sostenidamente a la baja tras el pico de julio.

El frenazo en la emisión que ensaya Sergio Massa, con suba de tasas incluida, puede conducir a un escenario indeseable: recesión con una inflación de 90 puntos. Y cuando el ajuste apriete el zapato, recién ahí se pondrá a prueba de qué está hecha la alianza entre Massa y Cristina Kirchner.

© El Cronista

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