viernes, 21 de agosto de 2020

La muerte de Solange, el sentido común y el símbolo de un país

Solange
Por Edgardo Litvinoff

Al padre de Solange no lo dejaron entrar a Córdoba a acompañar a su hija en sus últimas horas de vida. Lo único que falta con este caso tan conmocionante es que alguien salga a decir que fue la pandemia y no la cuarentena la responsable de tan inmensamente triste situación.

Algo así se adivinaba el día en que comenzaron a regir las sanciones por incumplir la cuarentena y una foto sensacional mostraba a dos policías multando a dos jóvenes en la plaza San Martín, que se habían bajado el barbijo para fumar.

Y esto no tiene nada que ver con la necesidad de cuidarse, de prevenir los contagios, de quedarse en casa todo lo posible o de cumplir cada consejo que evita la propagación del virus. Está claro que es para protegernos de un mal mayor.

Tiene que ver, en todo caso, con un sistema en donde las normas están pensadas siempre en función de quienes las violan de manera sistemática, aunque los castigados terminan por ser los desprevenidos que no estuvieron atentos el 100% del tiempo o que no supieron saltear las prohibiciones, como hacen otros.

Va más allá de que si el test rápido de Pablo Musse dio positivo, si fue un resultado dudoso o lo que fuera que pudiera suceder desde lo técnico. También excede el hecho de que Pablo Musse había obviado un requisito considerado esencial, como es llegar a la provincia con un certificado de hisopado negativo.

Ninguna norma, ninguna ley, ningún protocolo en ningún lugar del mundo puede aplicarse según su literalidad absoluta. Muchas veces se necesita una interpretación –de jueces, de policías, de inspectores o del funcionario que corresponda– basada en el contexto, en una historia, en una situación personal que no puede ser leída en términos jurídicos ante determinadas realidades.

Aun si el test del padre de Solange hubiera sido positivo con toda la certeza, todo el operativo que se realizó para enviarlo de nuevo a su hogar en Neuquén se podría haber hecho para acercarlo hasta el lecho de muerte de su hija.

Si existe o no existe el sentido común es una discusión inagotable. Pero está claro que algunas veces se pierde por completo.

Lo ocurrido es un síntoma de un sistema enfermo, pero no de coronavirus. Es la muestra de la aplicación deshumanizada de la norma, que suele ser catastrófica en cualquier contexto.

Este hecho invita a pensar en la forma en que se aplican los castigos, sus límites y sus consecuencias. Y por qué los obligados a cumplirlos son siempre los mismos.

© La Voz

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