miércoles, 15 de julio de 2020

La "odiadora" preferida de Cristina

Graciana Peñafort
Por Laura Di Marco

Mientras el Presidente encabezaba anteayer una terapia grupal de approach con la oposición para restablecer el diálogo político y pedir apoyo para un plan pospandemia, Graciana Peñafort, el alter ego judicial de Cristina, le apuntaba con saña a Mauricio Macri por su viaje a Paraguay. 

En un ataque compulsivo de tuits (similar a los raptos de su jefa), en el mismo momento en el que Alberto Fernández llamaba a Mario Negri "mi amigo cordobés", Peñafort retuiteaba al usuario La Lucha Continúa, Esto Recién Empieza, con el hashtag #Macrisefuga. El tuit reproducía una captura de pantalla de la TV paraguaya, con quejas por la ruptura de la cuarentena. "Ni en Paraguay lo quieren", concluyó la abogada predilecta de la vicepresidenta. El último fin de semana, Graciana fue un paso más allá: sorprendió reivindicando a Montoneros incluyéndose en la primera persona del plural: "Que conste que no tuvimos miedo de discutirle al mismo Perón e irnos de esa plaza".

Los hilos incendiarios que abre en la red del pajarito, donde degrada por igual a medios, jueces, oposición, miembros de la Corte -a los que acusa de "cachivachismo"- y, en fin, a todo lo que esté por fuera del universo ultra-K, reducen a Violencia Rivas, el personaje de ficción de Capussoto, a una émula de Heidi. Hace bien Luis Naidenoff en dudar de que el clima de convivencia política que pretende reflotar Fernández -al menos discursivamente- para encarar la pospandemia pueda replicarse en el Senado, el reino de Cristina, donde Peñafort, como directora de Asuntos Jurídicos, es la generala de todas sus batallas. Fue Graciana la que, en abril, redactó el planteo presentado por la vice -que finalmente fue desechado- para que la Corte se expidiera sobre la validez de las sesiones remotas en la Cámara alta, mientras apretaba a los cortesanos argumentando que "los argentinos van a escribir la historia con sangre o con razones". Resulta paradójico que quienes reinstalaron la cultura política del amigo-enemigo, que parecía superada desde el regreso de la democracia -una lógica que no solo usó Montoneros, sino que también tuvo una línea de continuidad con la dictadura de Videla-, acusen de "odiadores seriales" a un sector de la oposición. Se supone que en democracia no hay "enemigos" a demonizar, sino adversarios legítimos.

Aquel tuit furibundo fue replicado por Cristina, validando así aquella argumentación tan singular de quien parece oficiar como su Mr. Hyde. Graciana puede liberar, con menor costo, los razonamientos más políticamente incorrectos de la expresidenta. En el proyecto de ampliación de la Corte, que agita el oficialismo, algunos observadores del backstage judicial mencionan a Peñafort como posible postulante en nombre del cristinismo. No suena descabellado.

El discurso del odio es, tal vez, el recurso más rendidor que tienen Cristina y sus adláteres para fidelizar a la platea del 30 por ciento que integra el núcleo duro K y que incluye a gran parte del mundo cultural e intelectual, que la sigue ciegamente. Pero es ese mismo recurso, que ensalza a su socia, el que viene limando sistemáticamente el capital político de Fernández: desde que arrancó la cuarentena, el Presidente pierde entre dos y tres puntos de imagen positiva por semana, según el consultor Alejandro Catterberg.

Alberto Fernández admitió, en la charla con los líderes parlamentarios de Juntos por el Cambio, algo inquietante: no previó la reacción popular contra la expropiación de Vicentin, que parte la sociedad leyó como la resurrección del "vamos por todo", más allá del caso específico de la cerealera. La misma sorpresa experimentó la abogada defensora de Lázaro Báez por la manifestación de indignación y repudio contra su defendido en el country Ayres, que empujó al empresario, emblema de la corrupción K, a buscar un plan B para pasar su arresto domiciliario (¿acaso esperaba un homenaje?). El peronismo siempre se jactó de su habilidad para sintonizar con el humor social. Un GPS que siempre fue un activo, pero que ahora no parece tan certero. Los últimos ejemplos muestran hasta qué punto el oficialismo fue perdiendo la conexión con el 41 por ciento de la sociedad que le votó en contra y que también ganó la calle.

Salvando las distancias, algunos ven en Graciana un aire de familia con otra abogada polémica del otro lado de la grieta. Una de verba filosa, también intelectualmente formada y que ganó fama por su incorrección política. Aunque ambas son fumadoras obstinadas, las dos tomaron distancia, aunque por distintas razones, de la fumata de la paz propiciada por Fernández. ¿Será Graciana la nueva Lilita Carrió del mundo ultra-K?

© La Nación

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