sábado, 17 de agosto de 2019

Razones y negaciones de una Argentina fracturada

Mauricio Macri
Por Laura Di Marco

Un psicoanalista del poder, que atiende a varios funcionarios del Gobierno, lo describía en forma genérica: "Todos me dicen lo mismo: Macri oye, pero no escucha". Es que, a diferencia de prestar el oído, escuchar es estar dispuesto a cuestionar las creencias personales y dejar de imponer la propia subjetividad.

Es lo que, precisamente, no sucedió en la mesa chica del poder durante los últimos meses, cuando María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta intentaban advertirle a Macri que el costo político del programa económico que habían adoptado era mucho más alto de lo que estaba percibiendo. El Presidente, sin embargo, prefería refugiarse en el diario de Yrigoyen que le armaba Marcos Peña. Solo 72 horas después de las PASO pareció despertar de aquella ensoñación. Como admite, sin apelaciones, Iván Petrella, uno de los referentes intelectuales del macrismo: "En algún momento, dejamos de escuchar lo que había que escuchar".

Cerca de la gobernadora Vidal acusan, en silencio, al gobierno nacional de "aislacionismo" y se reprochan a sí mismos haber quedado atrapados en el "negacionismo serial" del jefe de Gabinete y de campaña. A la luz de la estrepitosa derrota las facturas internas hacia Peña se multiplican. "No podés ser el genio cuando ganás elecciones y no hacerte cargo cuando sufrís una derrota de semejante envergadura. Si tuviera algo de dignidad, debería renunciar", deduce, en la intimidad de su despacho, uno de los dirigentes vidalistas. El equipo bonaerense aún no terminó de procesar del todo el catastrófico mensaje de las urnas. Sufrieron derrotas en municipios controlados por Cambiemos, cuyos intendentes tienen índices de aprobación de entre el 50 y el 60 por ciento. Es el caso de Garro, en La Plata, o de Grindetti, en Lanús. Hasta las PASO fueron un equipo, pero de aquí a octubre Vidal planifica pegar un volantazo y provincializar su campaña. La idea es salvar lo que se pueda.

Pero más allá del rechazo a la política económica -el motivo verdadero de la derrota macrista-, las PASO dejaron al desnudo la puja de fondo entre las dos Argentinas enfrentadas. No solo se trata de dos modos de ver la política sino, también, la vida. A una se la podría llamar cultura democrático-republicana. A la otra, sensibilidad populista. Ambas Argentinas tienen sus propias interpretaciones, biblias, valores, héroes y villanos. El populismo lleva décadas de entrenamiento, de allí su éxito. Si nos guiamos por las dos últimas PASO, el voto que representa a la cultura democrático-republicana abarca entre un 30 y un 35 por ciento de la sociedad. Expresa el voto duro de Cambiemos y, en general, al no peronismo. De ese lado del universo se cree en la división de poderes, las visiones de largo plazo, respetar las reglas del Estado de Derecho, una prensa independiente. Del lado populista de la vida, digamos, las cosas son muy distintas. Allí funciona la dicotomía patria/antipatria. Macri -claramente la antipatria- vino a abortar un proceso popular, bajarles el salario a los trabajadores y destruir a las pymes. La felicidad de unos es la desgracia de otros.

Ambas Argentinas habitan universos paralelos. Cada una acusa a la otra de ser la fuente de todos los males nacionales. Encerradas en sus guetos mentales, ambas enfrentan el peligro de confundir la verdad con sus propias percepciones. Un caldo de cultivo perfecto para el autoengaño: una distorsión cognitiva que cobra víctimas en uno y otro lado de la grieta. Un ejemplo al azar: apenas lanzada la operación "esconder a Cristina", que catapultó a Alberto Fernández al frente de la fórmula presidencial, la interpretación de gran parte del núcleo duro anti-K era que Alberto no le agregaría demasiado a la reina de El Calafate. El guion era así: se trata de una figura sin carisma y sin votos propios. Es decir: la nada misma. Pero las PASO revelaron todo lo contrario. Más aún, el Alberto post-PASO creció en volumen político con respecto a su versión anterior. Durante la última semana, Fernández apareció rodeado por los gobernadores peronistas, su base de sustentación, en una exhibición de su novedoso empoderamiento. ¿Un show off para Cristina? Es que también dentro del Frente de Todos se juega la fractura ideológica, hoy disimulada por la apabullante victoria. Alberto y La Cámpora son dos universos políticos radicalmente diferentes. De allí que los enigmas en torno al funcionamiento de este nuevo doble comando albertista-cristinista (o viceversa) son tantos como los que rodean al futuro de las principales figuras cambiemitas.

El único que, por ahora, parece que quedará en pie en medio del tsunami es Horacio Rodríguez Larreta, quién durante la última semana ha recibido ponderaciones, incluso, del lado albertista de la grieta. Finalmente, el tsunami no pareció ser tan malo para él y sus sueños ocultos de proyección hacia el futuro: una carambola del destino dejó inesperadamente golpeados a todos sus competidores internos. Hay que tener cuidado con lo que uno desea porque se puede cumplir.

La paliza al oficialismo venía dando señales -sutiles y no tanto- para quien estuviera dispuesto a ver más allá de sus deseos, pero sobre todo para un equipo de gobierno que se jactaba de saber leer como nadie el comportamiento de los "ciudadanos del siglo XXI". Desde que arrancó el año electoral, el oficialismo venía sufriendo derrotas en, prácticamente, todas las provincias. Pero las distorsiones del gueto confundieron esas derrotas con datos meramente regionales. El guion era así: "Es un error nacionalizar un resultado provincial". O varios. El politólogo de la Universidad de San Andrés Diego Reynoso fue testigo privilegiado de estas negaciones del oficialismo. En julio pasado, el área de Opinión Pública de Udesa elaboró una encuesta que no solo se acercó mucho más que otras al resultado real de las PASO, sino que escondía el verdadero voto culposo. Allí había un 15 por ciento de indecisos y otro inquietante 18 por ciento que prefería no contestar. Es decir: sabía quién era su candidato, pero no quería comunicarlo. Este último grupo estaba compuesto por sectores de clase media y clase media baja, los más castigados por la economía M.

Reynoso se reunió con funcionarios del Gobierno, que lo despacharon con un tajante: "Esos son todos nuestros". Pero, con los datos de hoy, la realidad era exactamente al revés: quiénes preferían no contestar eran los avergonzados votantes de Alberto, a quienes no les resultaba sencillo blanquear que elegirían -o volverían a elegir- a una fuerza atravesada por la corrupción que, para colmo de males, nos quiere llevar a Venezuela. Como se sinceraba esta semana un ministro del gobierno nacional: "Pensábamos que había un voto vergonzante hacia Macri y, al final, fue todo en contra de nosotros". El sondeo de Udesa, con un margen de error de entre 3 y 4 puntos, le daba un 43 por ciento a Fernández y un 36 a Macri.

Las crisis cíclicas de la Argentina son primero políticas y luego económicas. Macri llegó al poder en 2015 con la promesa de terminar con esa montaña rusa, pero no pudo lograrlo. El diálogo entre Macri y Fernández de la última semana fue un intento de calmar el caos desatado después de las PASO. Podría ser el atisbo de un cambio. O un nuevo manotazo de ahogado en medio del espanto.

© La Nación

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