miércoles, 26 de junio de 2019

La verdad más transparente

Por Isabel Coixet
Cuando Hédi Fried, una superviviente de Auschwitz, fue invitada a un programa debate de televisión en Alemania y preguntó que con quién tendría que debatir, le contestaron que con un neonazi recién salido de la cárcel, que sostenía que el Holocausto y las cámaras de gas nunca existieron. El argumento del neonazi era que nadie había visto una cámara de gas por dentro.

Hédi Fried repuso que nadie había podido describir una cámara de gas por dentro porque nadie había salido vivo de ellas y que no pensaba ir a ningún programa a debatir con ningún pirado. El problema de muchos debates y programas de televisión o radio es que en el momento en que los participantes se sientan en un terreno común, la audiencia legitima, de alguna manera, a todos los que en él participan. Y pienso que hay cosas que no pueden de ninguna manera ser legitimadas. Los negacionistas del Holocausto, por ejemplo.

En el libro Questions I am asked about the Holocaust, Hédi Fried contesta a todas las preguntas que le han hecho sobre su vida, a raíz de la publicación de su autobiografía The road to Auschwitz: fragments of a life. Las preguntas son las que todos nos hemos hecho alguna vez leyendo o viendo películas sobre ese fatídico periodo en la historia. Las preguntas van desde lo muy general («¿Qué recuerda de su llegada a Auschwitz?») hasta lo místico («¿Siguió creyendo en Dios?»), pasando por una pregunta que, estoy convencida, muchísimas mujeres se han hecho a menudo: ¿qué pasaba cuando las mujeres internadas en los campos tenían su periodo? La autora contesta a todas las preguntas con una serenidad y una lucidez que sólo una persona en paz consigo misma puede poseer.

Cuando le preguntan si sintió miedo a morir, contesta que no. Que lo que le aterraba era la angustia de la incertidumbre. Describe esa angustia como un sonido chirriante constante en la parte de atrás de su cabeza, como si fuera un larguísimo preludio a un mazazo que nunca llegaba. Cada mañana se levantaba con la pregunta: ¿llegaré viva a la noche? La estrategia nazi era causar todo el dolor posible, y ese dolor y sufrimiento e incertidumbre eran lo más temido.

Pero, de todas las cuestiones planteadas en el libro, la que a mí más me impresiona, por lo que tiene de tristemente contemporánea, es la que se refiere a los grupos neonazis que sostienen que nada de lo que pasó pasó. Un día, la autora se encontró a unos jóvenes neonazis repartiendo folletos que decían que el Holocausto nunca ocurrió. Se acercó a ellos y les enseñó el número tatuado en el campo de concentración A51972. Los chicos se rieron de ella y le dijeron que el número se lo podía haber tatuado ella misma. En un mundo en que se niega la verdad más transparente, ¿cómo podemos sobrevivir sin estar en un perenne estado de furia? Me lo pregunto mientras lleno la cafetera e intento respirar acompasadamente sin éxito.

© XLSemanal

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