martes, 3 de abril de 2018

El imperio de la ley

Sede de la constructora Odebrecht en Lima, Perú. (Foto/JANINE COSTA-REUTERS)
Por Antonio Navalón

En el año en el que más del 75% de los habitantes de la América que no habla inglés acudirán a las urnas para elegir a sus nuevos presidentes y representantes, se hace más evidente que nunca la crisis de los sistemas democráticos, pero también la necesidad de reestructurar su supervivencia. Baste recordar que en los últimos 30 años, 19 presidentes elegidos en el subcontinente no han logrado terminar su mandato, el último Pedro Pablo Kuczynski.

De todos los países, Brasil, México y Colombia son especiales porque sufren ahora mismo la pulsión y la presión de los tribunales en la persecución y desmantelamiento de los casos de corrupción. El sistema de partidos está en crisis, y lo está por la pérdida de la autoridad moral frente a los pueblos y la consiguiente escalada de la falta de fe democrática que se va reflejando cuando se pulsa el ánimo de la población.

El problema es grave en todo el mundo, pero en América Latina es peor por varias razones. La primera, porque solo recupera el perfil democrático a finales de los ochenta, ya que la libertad fue un anhelo largamente esperado y casi siempre abortado por la injerencia de EE UU. La segunda, porque ese desembarco en la democracia fue a través de la experiencia, por agotamiento de las dictaduras y por el éxito del modelo de la transición española.

La América que va a votar tiene en este momento —por alguna u otra razón— procesos judiciales en marcha y el imperio de la ley es lo que marca la atmósfera política. Odebrecht no solo ha sido un virus como el ébola, no solo ha sido la demostración de que todo era peor de lo que se suponía, sino que ha sido —y sigue siendo— la demostración de que, cuando se habla de democracia en América, se habla de corrupción e impunidad.

Odebrecht y Petrobras están a punto de lograr que el favorito de las listas y de las encuestas en Brasil, el expresidente Lula da Silva, no pueda llegar al palacio de Planalto por tercera vez a causa de sus problemas legales. Esa preeminencia del imperio de la ley y de los jueces plantea cuestiones que tienen que ver con el futuro, de una manera decisiva.

Los jueces están para cumplir y hacer cumplir la ley en todas partes. Tienen, también, la obligación de comportarse según las mismas leyes que tienen que interpretar y aplicar, aunque ellos no son quienes las hacen. ¿Es posible un gobierno de los jueces? Ese tipo de experiencias siempre fracasaron. No hay más que recordar que el mítico juez Oliver Wendell Holmes —el presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos más longevo de la historia— terminó su mandato queriendo anular el New Deal de Franklin D. Roosevelt, después de la gran crisis de 1929.

Los jueces pueden lograr que haya justicia, perseguir delitos e interpretar las leyes, pero no está en su ámbito, ni en su formación, ni en sus capacidades definir cómo es el juego de la Administración y de la democracia. Este imperio de la ley necesita una salida política y esa salida no puede ser solo seguir contabilizando el número de presidentes en la cárcel o las condenas por delitos varios. El problema es que tienen una misión diferente a la de gobernar o a la de generar las ilusiones necesarias del sistema democrático.

Solo hay una experiencia muy importante y reciente, que conviene recordar: la operación Mani Pulite (Manos Limpias), que acabó con el sistema político italiano, metió a un sinnúmero de políticos en la cárcel e invalidó el sistema que había gobernado Italia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La consecuencia, además de la justicia, fue la llegada al poder de Silvio Berlusconi como alternativa a la crisis del sistema. La pregunta que hay que hacerse es: después del gobierno de los jueces, ¿solo hay lugar para los populistas?

© El País (España)

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