sábado, 13 de enero de 2018

Social

Por Fernando Savater
Uno de los aciertos propagandísticos del franquismo fue llamar “rojos” a todos sus adversarios, desde democristianos a anarquistas. Los desafueros de unos contaminaban a los demás. 

Hoy se utiliza con idéntica amplitud de desdén el término “socialdemócrata” para descalificar cualquier medio o propuesta cercana al socialismo, sin matices.

Aprovechan que los socialistas se desacreditan rebajando su mensaje político a la defensa de excéntricos vocingleros y colectivizadores victimistas de derechos que pueden reivindicarse desde la libertad e igualdad ciudadana.

Peor, caen en la incoherencia de exigir fiscalmente a los contribuyentes adinerados mientras protegen en nombre de identidades fantásticas a quienes exigen privilegios para ciertos territorios. Sólo les falta proponer un referéndum pactado para preguntar a los ricos cuántos impuestos consideran justo pagar: ¡ahí sí que encontrarían independentistas entusiastas!

Pero eso no invalida el planteamiento socialdemócrata: la combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social para todos es desde la II Guerra Mundial el mínimo común denominador de la política europea respetable.

Y se puede ir más allá, como señaló hace casi un siglo Harold Laski en ¿Civilizar el mundo de los negocios? (en Los peligros de la obediencia, editorial Sequitur). La mercantilización del mundo no es la vía regia de la libertad ni su condición inapelable.

Cabe valorar la propiedad privada sin adorarla: “La propiedad nunca debe ser tan grande como para que su beneficiario pueda ejercer el poder meramente en razón de su magnitud; y nunca debe ser tan pequeña como para no permitir otra preocupación que la búsqueda del sustento material más inmediato”. Ni colectivismo ni oligarquía: un individualismo de la responsabilidad social.

© El País (España)

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